Archivos Mensuales: enero 2013

Six feet under

O “A dos metros bajo tierra” en España. Probablemente una de las mejores series de todos los tiempos. La que más me ha conmovido, desde luego, viéndola durante semanas, a veces tragándome cinco capítulos en un día, otras dejando una pausa de hasta un mes para descansar, para dejar sopesar a fuego lento. Una serie completamente atípica, jamás se ha hecho nada similar, acerca de una familia dedicada al negocio de las funerarias, de caracteres contrastados, muy complejos, que a veces parecen volverse locos cada día que pasan.

No puedo recomendar verla. Eso dependerá de cada uno, de su fortaleza mental, de sus creencias, de su postura ante la vida, y ante la muerte. Se habla de temas demasiado trascendentales, hay reflexiones en su interior verdaderamente geniales, ideas que te hacen pensar, discurrir, remover los cimientos de tu conciencia. Los periodos de descanso que antes he comentado era porque de algún modo tenía miedo a que me marcara, a que me impactara demasiado hondo. Pero aún así se sigue adelante porque engancha, como la propia vida.

Y tras cinco temporadas y 63 capítulos ese final merece la pena contemplarlo, los diez mejores minutos finales para una serie de televisión. Qué lástima que hoy haya terminado de verla, que pena que todo terminó. Pero la vida sigue, y nosotros con ella.

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Teorizando sobre el terror

Hace tiempo asistí a un concurso de relatos que consistía en escribir un pequeño cuento de terror ambientado en un albergue en la sierra. Los resultados fueron todos de lo más convencional. Un fantasma del pasado, un hombre lobo, un vampiro que poco a poco va anulando tu voluntad, un demonio ultradimensional que engulle el universo entero, sectas satánicas, sacrificios humanos, una horda de zombies devorando cerebros,… Como he dicho, todo de lo más normal. Los que me conocerán sabrán que me gusta rizar el rizo así que traté de hacer algo diferente.

Plena madrugada, desde el dormitorio nuestro protagonista cree escuchar mal cuando le llegan los sonidos del agua cayendo en la ducha. Se levanta con los ojos legañosos a la par que intrigado. Que él sepa, en su habitación no hay nadie más que él. Sigilosamente se acerca y cuando corre la cortina de la ducha sus ojos casi se salen de sus órbitas y su garganta lanza un grito que se escucha en todo el valle, como si le estuvieran desollando. Peor aún que si le estuvieran desollando. La visión es tan horrible que no puede describirla, sale corriendo tratando de huir, tratando de que aquella imagen se desvaneciera de su mente. Pero otra aparición aún peor le espera en el salón. No puede creerlo, no puede concebir quien pudiera querer gastarle semejante broma o hacerle padecer de esa manera. Porque si fuera un zombie podría soportarlo, igualmente si se tratase de un hombre lobo o de un vampiro. Pero aquello… Esas tetas recauchutadas, ese pelo lacio y teñido, la piel prematuramente envejecida a base de sesiones de rayos ultravioleta, esos labios hinchados de colágeno… Ocurría que su habitación del albergue se había convertido en el escenario de un gran hermano de celebrities. En el sofá estaba sentada Belén Esteban, a su lado John Cobra y el Conde Lecquio, y desde la ducha ahora llegaba Carmen de Mairena con una minitoalla cubriéndola. En ese instante nuestro protagonista descubre la cámara en la pared e intuye que tras ellas se encuentran millones de espectadores contemplando su estupefacción. Es en ese momento cuando el alma se le cae a los pies, al entender que ante sí tiene un país al que se le agota la imaginación, que rechaza todo aquello resulta diferente, controlado por unos políticos corruptos e incapaces que sin embargo doman a las masas a base de pan y Belén Esteban. Entiende que no hay lugar para él, que ese mundo que paulatinamente va creándose a su alrededor le excluye y que no quiere vivir en él. Desesperado vuelve al cuarto de baño y con las bragas de Carmen de Mairena se ahorca de la barra de la ducha.

A mí esta versión me parece mucho más terrorífica que otras. Aunque por supuesto nadie la entendió.

Lincoln

Lincoln es todo lo que uno espera del Spielberg de los últimos tiempos. Metraje largo, excelente fotografía y dirección, ensalzamiento de los valores familiares, de los héroes de la patria americana, y sentimentalismo melifluo. El discurso político que entraña a veces es complicado de entender. Hay demasiados debates, demasiados discursos, a veces casi parece una obra de teatro más que una de cine.

A destacar tres cuestiones. Una la curiosidad histórica. Hoy en día los medios informativos, sobre todo aquellos más de izquierdas, demonizan a los repúblicanos y ensalzan a los demócratas. Pero curiosamente en aquel tiempo, precisamente porque eran más piadosos y creían más en Dios, y que este había hecho a todos los hombres iguales, fueron los repúblicanos, y Lincoln entre ellos, los que abolieron la esclavitud mientras los demócratas estaban en contra.

La segunda es una frase, que para mí es la mejor de la película. En el momento de crisis que todo superhéroe tiene, Lincoln pronuncia algo así como: “A veces me pregunto si en verdad hay alguien en el mundo capaz de afrontar la época en la que ha nacido”.

Y finalmente, el actor, Daniel Day-Lewis. Una actuación soberbia. La cuestión es que no sé si me lo parece pero en los últimos tiempos, sobre todo a raiz del Joker de “The Dark Night” interpretado por Heath Ledger, el cine está derivando, se está dando una moda encaminada a buscar guiones en donde los actores puedan lucirse, en donde un actor sea el que principalmente lleve prácticamente todo el peso de la película mostrando todo el caudal de sus artes interpretativas.

Nobleza otorga

Septiembre de 1230

Llevaban ya meses enteros de camino con los bueyes y el carromato a cuestas, meses de incomodidad y de penalidades, durmiendo apiñados en la parte trasera del carro, y parándose a buscar trabajo en cada localidad que se encontraban con el fin de procurarse alimento. Mas si la recompensa era como aguardaban, todo habría valido la pena.

Habían partido de Digne, en el sur de Francia, en la primavera. Hacía ya casi dos décadas que en la ciudad se venían escuchando los ecos de una descomunal victoria de la cristiandad sobre los musulmanes en España. Y ahora los reyes de aquellos horizontes se hartaban de reconquistar tierras a los moros, y eran tantas y tan magras que apenas daban abasto con su súbditos para repoblarlas. Los llamamientos a colonos era constantes. Prometían parcelas, prometían animales de granja, y semillas con las que comenzar una nueva vida.

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El distanciamiento crónico de Alejo

La historia de Alejo era bien particular, motivada por un particularísimo posicionamiento ante el universo. Cuando nació, en sus primeros años, su madre pensó que era autista. No se relacionaba con nadie, hablaba muy poco, en ocasiones contadas. Cuando ella, o sus tías, o su abuela, le hacían morisquetas, no reaccionaba. Y ya se había resignado a tener un hijo con aquel problema cuando, a los cuatro años, mientras paseaba por la calle con el niño de la mano, este se dignó a preguntar: “Mamá, ¿qué es una boutique?” Lo de boutique lo había leído en el cartel de una tienda, y la madre quedó estupefacta, porque no solo era que su hijo pudiera hablar, sino que encima ya sabía leer. Y aún más, recapacitando y reflexionando sobre aquel suceso, se percató que no era que su hijo fuese autista, sino que simplemente no le interesaba lo que veía. Alejo había sido dotado de una extraordinaria capacidad de razonamiento y análisis. Tanto que mientras otros niños a su edad mareaban a sus padres con las típicas frases como: “¿Y por qué el cielo es azul? ¿Y por qué la hierba es verde? ¿Y por qué los niños tenemos pito y las niñas no? ¿Y por qué, mamá? ¿Y por qué, papá?”, por su parte, Alejo observaba, analizaba, asimilaba y aprehendía. Y ante esta extraordinaria capacidad curiosamente lo único que le interesaba, lo único que le hacía abrirse al mundo, era aquello que por sí solo no era capaz de comprender, ya fuera porque resultaba demasiado complejo, o porque no tenía datos suficientes.

Por ejemplo, en aquella ocasión. Él sabía lo que era el pan. Sabía que le gustaba el pan, sabía cómo se escribía la palabra “pan”, estaba al corriente de que el pan se vendía en sitios especiales para ello, y por lo tanto dedujo al leer la palabra “panadería” que sería la tienda donde se vendería el pan. O pescadería. Él sabía lo que era el pescado, odiaba el pescado, sabía como se escribía la palabra y que se ofrecía en puestos específicos para ello, por lo que pescadería sería la tienda donde se vendería el pescado. Ahora bien, boutique. Mentalmente trataba de relacionar los productos con el nombre boutique: boutes, boutiques, boutis,… Y descubrió que no conocía ninguna cosa que estuviese nombrada bajo aquellos epítetos. Por lo tanto, la pregunta: “Mamá, ¿qué es una boutique?”

En los siguientes años otras circunstancias que no fue capaz de comprender del todo y que le hicieron salir de su distanciamiento fueron por ejemplo los acertijos matemáticos, los fenómenos físicos, o la historia. En especial le fascinaba la historia, que se podía decir que era una materia infinitamente compleja. Por ejemplo, el profesor en clase decía: “Julio César conquistó las Galias”. Pero la historia no se quedaba en esa simple frase. Si uno profundizaba en un libro descubría que Julio César no conquistó las Galias solo, sino que que lo hizo con un ejército, una hueste que tenía su particular organización, su particular disciplina, que tenía sus necesidades, que debía avituallarse sobre el terreno, construir campamentos fortificados para protegerse del enemigo, etcétera, etcétera. O propiamente, se podía investigar sobre dicho enemigo: las diferentes tribus galas, con sus creencias, con sus ropajes, con sus formas de gobiernos, su manera de pensar,… O sobre los sucesos que integraron aquella acción de conquista: los movimientos de tropas, la batalla de Gergovia, la de Alesia, el sufrimiento de los galos que eran esclavizados por los romanos, la desesperación de las madres que perdían a sus hijos en la batalla,… En definitiva, un hecho histórico no se queda en la frase que lo describe sucintamente. Sino que se pueden sonsacar infinitas líneas, con infinitos recorridos, que jamás podría llegar a averiguar del todo. Por eso le fascinaba especialmente la historia.

Aunque contradictoriamente Alejo no llegó a estudiar la carrera de historia. Puede parecer duro, pero si Alejo, en vez de nacer en una familia normal y feliz, hubiera sido abandonado en la puerta de un convento, como Marcelino Pan y Vino, en especial de uno de esos antiguos monasterios medievales donde los monjes hacían voto de silencio, y se dedicaban todo el día a copiar libros para mantener la cultura a flote, él hubiera llegado a ser realmente feliz, y probablemente hubiera podido convertirse en el mayor historiador de todos los tiempos.

Pero en lugar de eso creció en un entorno de seres emocionales y repletos de sentimientos, cuestión, la emotividad, que le intrigó particularmente a raiz de la adolescencia. Como todos sufrió la descarga hormonal de la pubertad, aunque en lo relativo a su comportamiento los cambios no fueron tan notables como en el resto de sus compañeros. Y eso fue lo que definió su destino: su incapacidad para comprender por qué de repente los seres a su alrededor se conducían de maneras tan extrañas y desproporcionadas. De este modo, en vez de estudiar historia, entró en la carrera de psicología, y la terminó en un tiempo record. No obstante, el tiempo suficiente como para comprender que se había equivocado de elección. Porque a fin de cuentas, si de adolescente no fue capaz, durante aquellos años sí descubrió lo que motiva el comportamiento de las personas, hasta tal punto que llegó a aburrirle. Es cierto que cada persona es un mundo, que siempre queda espacio para la incertidumbre, mas llegó a la conclusión de que en su mayor parte son excesivamente predecibles. Al terminar la carrera entró de prácticas en un gabinete de psicología, y después siguió allí como empleado. Sin embargo, eso no quitaba que odiara aquel trabajo, puesto que le aburría soberanamente denotar en tan solo unos pocos segundos, y a veces con tan solo mirarles, las líneas maestras de la problemática de cada paciente.

Y aquello también afectó a su vida sentimental. Era un hombre atractivo, por ese lado no había problema. Por contra la cuestión descansaba en encontrar a mujeres lo suficientemente enigmáticas y misteriosas para interesarle. Y en esas contadas ocasiones, o ellas no le correspondían, o si surgía la relación esta se agotaba rápidamente porque o bien él alcanzaba a revelar demasiado pronto el misterio, o bien ellas quedaban extenuadas de ser sus conejillos de indias.

La soledad del escritor de fondo

El escritor de repente entendió por qué todas sus relaciones habían fracasado, y era que, aunque precisamente buscaba pareja para alejarse de este estado, sentía un cierto apego a su soledad, se reconfortaba en ella. Sus amantes a menudo habían necesitado demasiados mimos, demasiado cariño, que le alejaban de esa cuota diaria de soledad que requería. Quizás por ello era por lo que se había dedicado con tanto ahínco a escribir. Podría haberse dedicado a correr, a ser un corredor de fondo. O haber sido un pianista solista, o un compositor de música electrónica, gente que trabaja en solitario alejado de distracciones. Pero ni tenía condición física ni oído musical. En su lugar se dedicaba a escribir, que como había descubierto, se trataba de un acto misántropo, misógino y andrófobo.

Así habló Frodo Bolsón

Un aire gélido sopló del sur, “un aire impropio” lo denominaron algunos ya que era final de primavera, el trigo amarilleba en los campos esperando a ser recogido y las praderas junto a los arroyos verdeaban sobre “La Comarca”. Tan impropio que les cogió a todos de sorpresa, la mayoría de los hobbits trataron de resguardarse dentro de sus camisas y de sus chales, y ni siquiera el calor de las pintas ni de la carne asada pudo consolarles.

Mientras tanto la novia lloraba a mares dentro del cómodo agujero hobbit. Que aquel frío llegara precisamente el día de su boda con todos sus invitados esperándola, era lo peor que podía ocurrirle. Fuera el novio golpeaba la puerta y la llamaba. Ésta se dispuso a abrirle, llegados a ese punto daba igual que la viera con el vestido de novia, bastante mal presagio suponía ya aquel desconcierto. El novio, un apuesto joven de buena catadura, le dijo que todos se había reunido en el granero del tío Tom para un consejo. La novia, la muchacha más hermosa en varias millas a la redonda, a regañadientes transigió a salir al exterior. Sobre todo al contemplar cómo el viento se había transformado en ventisca y una capa de nubes plomizas cubría el cielo.

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