La cotidiana convivencia con lo prodigioso

Hoy es ya la tarde del día de Reyes, lo que quiere decir que se acabaron las vacaciones de navidad. En estas fechas tan entrañables para unos, tan odiadas por otros, es hasta cierto punto habitual que la televisión programe películas basadas en la Biblia. Es curioso, ninguna película sobre la vida de Cristo, no obstante dos sobre el Éxodo, es decir, sobre la vida de Moisés y la salida de Egipto de los esclavos hebreos. A decir verdad, las dos que hay: “Los diez mandamientos” y, esta misma tarde, “El príncipe de Egipto”.
Esta noche quiero recalcar una cosa. No sé si se habrán parado a pensarlo alguna vez. La escena es bastante conocida. El faraón deja por fin que Moisés se lleve a los hebreos y estos llegan al mar Rojo. Pero se arrepiente en el último momento y con su ejército acude a ellos para masacrarlos. Sin embargo, algo se interpone en su camino: la furia de Dios que en forma de columna de fuego desde el cielo protege al pueblo elegido de la furia del monarca. Y cuando por fin se apaga se encuentran con que ese mismo Dios ha abierto las aguas del Mar Rojo y por él escapan los israelitas, y es tal la inquina de los egipcios que se deciden a perseguirles, hasta que la deidad decide cerrar las aguas y ahogarlos a todos.

 Fijarse en la incongruencia. Los egipcios se encuentran con una columna de fuego que les corta el paso. Y en vez de huir, en vez de asustarse, como si fuera cosa de todos los días, algo habitual con lo que se encuentran a diario desde el desayuno hasta la comida, se quedan allí buscando la manera de salvar el obstáculo para dar caza a sus enemigos. Cuando por fin la columna se desvanece, descubren que el Dios de sus antiguos esclavos tiene tal poder que como un cuchillo en la mantequilla ha partido el mar en dos y ha apartado las aguas. Y aún así, sin extrañarse, sin quedarse atónitos, sin maravillarse de que pueda existir alguien o algo tan poderoso en el universo, siguen adelante. ¿Es tal el odio de los egipcios que no son capaces de darse cuenta de que un ser omnipotente se halla ante ellos, que podría fulminarlos en cualquier instante, que del mismo modo que ha abierto el mar podría cerrarlo, y aún así no se asustan, no se arredran, siguen como si tal cosa?
O una de dos. O somos escépticos y pensamos que los hechos del Antiguo Testamento son invenciones que escritores escribieron siglos más tarde de haber acaecido los hechos, edulcorando y glorificando las hazañas de sus héroes. O desde una perspectiva un tanto literaria, un tanto poética y, por qué no decirlo, un poco friki, constatar que en aquella época las personas estaban más acostumbradas a los prodigios de lo que pudiéramos llegar a pensar, que lo sobrenatural se hallaba a la orden del día, que los seres humanos veían normal el encontrarse y convivir con el poder de los dioses y enfrentarse al mismo, y que lo prodigioso, más que algo extraordinario, se trataba de un hecho cotidiano.
Publicado originalmente el día 6/01/2013
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