Trasgos

Mi abuelo creía en trasgos. Y eso que ya era un hombre de setenta años poco dado a las fantasías. Recuerdo que cuando de pequeño iba a la granja en el pueblo, le veía cada noche dejar en el establo de las vacas un cubo con un fondo de leche, y cuando le preguntaba que para qué lo hacía, me confesaba: “Ya sabes, para que no se ofendan”, y señalaba con un dedo a la oscuridad.

Según mi abuelo los trasgos eran gente menuda, poco más altos que niños, delgados, de cabeza chata, pelo estropajoso blanco, orejas puntiagudas y una nariz larga y afilada. No se dejaban ver por los seres humanos, pero eso no era impedimento para que entablaran pactos con estos. Si los granjeros les dejaban leche, huevos, cecina o fruta por la noche, los trasgos se encargarían de arreglarles cosas mientras dormían. Eran tremendamente habilidosos con las manos, tanto que podían hacer cualquier cosa en la mitad de tiempo que una persona normal. Zurcían zapatos y ropa, reparaban utensilios, afilaban cuchillos, limpiaban la herrumbre de las herramientas o lijaban la madera de las puertas y vigas para que no se pudriera. No obstante, por contra, si al labriego se le olvidaba dejarles la ofrenda acostumbrada, los trasgos podrían no tomárselo demasiado bien y hacer cosas como agriar la leche, que las gallinas dejaran de poner, conjurar una tormenta, o cambiar el hierro por plomo y la plata por níquel.

Mi abuelo solo tuvo una hija, y de esa hija, que no era otra que mi madre, nacimos sus tres nietos. Primero estaba mi hermana, Lucía, después Ramón, y cinco años más tarde nací yo, al que bautizaron como Benicio. Por decirlo de algún modo yo era el más pequeño de la casa. Y no sé si el ser el más pequeño tuvo alguna ventaja. Dicen que somos los más mimados, que nuestros padres suelen comportarse mejor con nosotros que con nuestross hermanos mayores. Claro que, como yo no estuve cuando Lucía o Ramón eran chicos, no puedo asegurar si en verdad se portaron mejor con ellos que conmigo, o viceversa, o simplemente igual. Lo único que sé es que durante años no hice otra cosa que heredar su ropa, así como me chafaron todos los cuentos.

Muchas tardes de invierno antes de cumplir yo diez años, encendíamos el fuego en la chimenea de la casa del pueblo y me quedaba embelesado escuchando las narraciones de mi abuelo sobre trasgos u otras criaturas mágicas de los bosques, montañas y valles de alrededor. Como los zamparrones, más grandes y fuertes que los trasgos, pero más torpes y feos. O los ojáncanos y los mulachinos, que tenían un solo ojo. O los mouros, de piel oscura, que vivían bajo tierra siempre cavando minas y buscando metales. O los “encantados” que se escondían entre los árboles y manantiales, y de los que había que desconfiar puesto que solían odiarnos a nosotros los humanos. Y los duendes, muy pequeños, casi como bebés, escurridizos y no muy inteligentes.

Y cuando mi abuelo terminaba y se iba a dormir, ya que era hombre de acostarse y levantarse temprano, como las gallinas, yo me quedaba un rato más junto a la hoguera recordando sus palabras e imaginándome en qué mundos residirían estos seres.

Mas esto no duraba mucho porque allí estaban Lucía y Ramón para fastidiármelo todo. Me decían que no eran más que cuentos, que yo no era más que un niño chico si acaso me los creía, y la prueba estaba en que ellos durante años se habían dedicado a poner trampas para ver si cazaban alguno sin resultado. Una vez hasta me retaron a verter la leche que mi abuelo dejaba en el cubo en el establo para ver si en verdad los trasgos acometían su venganza. Al principio yo no quería, me aterraba la posibilidad de encolerizarles. Hasta que un día, harto de las burlas de Ramón y Lucía, me atreví.

Esa misma noche, en plena madrugada, me desperté al escuchar un tremendo estruendo que provenía de la cocina. Enseguida deduje que se trataba de los trasgos que en su enfado se dedicaban a romper todo lo que encontraban a su paso. Me sentí culpable, y en más de una ocasión me levanté dispuesto a ir allá y decirles que no la tomaran con mi abuelo, que él no tenía la culpa, que la falta había sido mía, que había sido yo quien había tirado la leche preguntándome si ellos existían o no.

No obstante, no llegué a hacerlo. Cada vez que llegaba al pomo de la puerta de mi dormitoría volvía sobre mis pasos. La razón era sencilla: simple y llanamente estaba muerto de miedo. A fin de cuentas yo no tenía más de diez años, y ellos eran criaturas mágicas, y a saber si mi abuelo me lo había contado todo, o había algo más, como que los trasgos se dedicaban a raptar niños o a convertirlos en rana. Así que me quedé toda la noche en el cuarto. Y a la mañana tenía tanto miedo de salir al pasillo que tuvo que ser mi madre quien viniera a por mí. Y ya me esperaba yo encontrar afuera un estropicio de platos y vasos rotos, cajones tirados por el suelo o mesas volcadas, cuando para mi sorpresa contemplé que todo permanecía intacto, impoluto, como si nada hubiera sucedido.

Y es que nada había sucedido. Allí estaban mis hermanos, felices y burlones, con una sonrisa de oreja a oreja. Al parecer habían sido ellos los que habían montado aquel escándalo para hacerme creer que eran los trasgos los que se estaban resarciendo. En definitiva, me habían hecho partícipe de una broma pesada.

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