El distanciamiento crónico de Alejo

La historia de Alejo era bien particular, motivada por un particularísimo posicionamiento ante el universo. Cuando nació, en sus primeros años, su madre pensó que era autista. No se relacionaba con nadie, hablaba muy poco, en ocasiones contadas. Cuando ella, o sus tías, o su abuela, le hacían morisquetas, no reaccionaba. Y ya se había resignado a tener un hijo con aquel problema cuando, a los cuatro años, mientras paseaba por la calle con el niño de la mano, este se dignó a preguntar: “Mamá, ¿qué es una boutique?” Lo de boutique lo había leído en el cartel de una tienda, y la madre quedó estupefacta, porque no solo era que su hijo pudiera hablar, sino que encima ya sabía leer. Y aún más, recapacitando y reflexionando sobre aquel suceso, se percató que no era que su hijo fuese autista, sino que simplemente no le interesaba lo que veía. Alejo había sido dotado de una extraordinaria capacidad de razonamiento y análisis. Tanto que mientras otros niños a su edad mareaban a sus padres con las típicas frases como: “¿Y por qué el cielo es azul? ¿Y por qué la hierba es verde? ¿Y por qué los niños tenemos pito y las niñas no? ¿Y por qué, mamá? ¿Y por qué, papá?”, por su parte, Alejo observaba, analizaba, asimilaba y aprehendía. Y ante esta extraordinaria capacidad curiosamente lo único que le interesaba, lo único que le hacía abrirse al mundo, era aquello que por sí solo no era capaz de comprender, ya fuera porque resultaba demasiado complejo, o porque no tenía datos suficientes.

Por ejemplo, en aquella ocasión. Él sabía lo que era el pan. Sabía que le gustaba el pan, sabía cómo se escribía la palabra “pan”, estaba al corriente de que el pan se vendía en sitios especiales para ello, y por lo tanto dedujo al leer la palabra “panadería” que sería la tienda donde se vendería el pan. O pescadería. Él sabía lo que era el pescado, odiaba el pescado, sabía como se escribía la palabra y que se ofrecía en puestos específicos para ello, por lo que pescadería sería la tienda donde se vendería el pescado. Ahora bien, boutique. Mentalmente trataba de relacionar los productos con el nombre boutique: boutes, boutiques, boutis,… Y descubrió que no conocía ninguna cosa que estuviese nombrada bajo aquellos epítetos. Por lo tanto, la pregunta: “Mamá, ¿qué es una boutique?”

En los siguientes años otras circunstancias que no fue capaz de comprender del todo y que le hicieron salir de su distanciamiento fueron por ejemplo los acertijos matemáticos, los fenómenos físicos, o la historia. En especial le fascinaba la historia, que se podía decir que era una materia infinitamente compleja. Por ejemplo, el profesor en clase decía: “Julio César conquistó las Galias”. Pero la historia no se quedaba en esa simple frase. Si uno profundizaba en un libro descubría que Julio César no conquistó las Galias solo, sino que que lo hizo con un ejército, una hueste que tenía su particular organización, su particular disciplina, que tenía sus necesidades, que debía avituallarse sobre el terreno, construir campamentos fortificados para protegerse del enemigo, etcétera, etcétera. O propiamente, se podía investigar sobre dicho enemigo: las diferentes tribus galas, con sus creencias, con sus ropajes, con sus formas de gobiernos, su manera de pensar,… O sobre los sucesos que integraron aquella acción de conquista: los movimientos de tropas, la batalla de Gergovia, la de Alesia, el sufrimiento de los galos que eran esclavizados por los romanos, la desesperación de las madres que perdían a sus hijos en la batalla,… En definitiva, un hecho histórico no se queda en la frase que lo describe sucintamente. Sino que se pueden sonsacar infinitas líneas, con infinitos recorridos, que jamás podría llegar a averiguar del todo. Por eso le fascinaba especialmente la historia.

Aunque contradictoriamente Alejo no llegó a estudiar la carrera de historia. Puede parecer duro, pero si Alejo, en vez de nacer en una familia normal y feliz, hubiera sido abandonado en la puerta de un convento, como Marcelino Pan y Vino, en especial de uno de esos antiguos monasterios medievales donde los monjes hacían voto de silencio, y se dedicaban todo el día a copiar libros para mantener la cultura a flote, él hubiera llegado a ser realmente feliz, y probablemente hubiera podido convertirse en el mayor historiador de todos los tiempos.

Pero en lugar de eso creció en un entorno de seres emocionales y repletos de sentimientos, cuestión, la emotividad, que le intrigó particularmente a raiz de la adolescencia. Como todos sufrió la descarga hormonal de la pubertad, aunque en lo relativo a su comportamiento los cambios no fueron tan notables como en el resto de sus compañeros. Y eso fue lo que definió su destino: su incapacidad para comprender por qué de repente los seres a su alrededor se conducían de maneras tan extrañas y desproporcionadas. De este modo, en vez de estudiar historia, entró en la carrera de psicología, y la terminó en un tiempo record. No obstante, el tiempo suficiente como para comprender que se había equivocado de elección. Porque a fin de cuentas, si de adolescente no fue capaz, durante aquellos años sí descubrió lo que motiva el comportamiento de las personas, hasta tal punto que llegó a aburrirle. Es cierto que cada persona es un mundo, que siempre queda espacio para la incertidumbre, mas llegó a la conclusión de que en su mayor parte son excesivamente predecibles. Al terminar la carrera entró de prácticas en un gabinete de psicología, y después siguió allí como empleado. Sin embargo, eso no quitaba que odiara aquel trabajo, puesto que le aburría soberanamente denotar en tan solo unos pocos segundos, y a veces con tan solo mirarles, las líneas maestras de la problemática de cada paciente.

Y aquello también afectó a su vida sentimental. Era un hombre atractivo, por ese lado no había problema. Por contra la cuestión descansaba en encontrar a mujeres lo suficientemente enigmáticas y misteriosas para interesarle. Y en esas contadas ocasiones, o ellas no le correspondían, o si surgía la relación esta se agotaba rápidamente porque o bien él alcanzaba a revelar demasiado pronto el misterio, o bien ellas quedaban extenuadas de ser sus conejillos de indias.

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