Nobleza otorga

Septiembre de 1230

Llevaban ya meses enteros de camino con los bueyes y el carromato a cuestas, meses de incomodidad y de penalidades, durmiendo apiñados en la parte trasera del carro, y parándose a buscar trabajo en cada localidad que se encontraban con el fin de procurarse alimento. Mas si la recompensa era como aguardaban, todo habría valido la pena.

Habían partido de Digne, en el sur de Francia, en la primavera. Hacía ya casi dos décadas que en la ciudad se venían escuchando los ecos de una descomunal victoria de la cristiandad sobre los musulmanes en España. Y ahora los reyes de aquellos horizontes se hartaban de reconquistar tierras a los moros, y eran tantas y tan magras que apenas daban abasto con su súbditos para repoblarlas. Los llamamientos a colonos era constantes. Prometían parcelas, prometían animales de granja, y semillas con las que comenzar una nueva vida.

No es que para Cunégonde fuera la primera vez que oía de aquellas noticias. Solo que la situación en la que se residía se había vuelto insostenible. Estaba harta, de su vida miserable, de servir, de trabajar para otros, de ser una mera pinche en el palacio de un noble, de que el capataz la tratase despóticamente, y el barón, sin que ella pudiera contraponerse, la tomase cada vez que le viniese en gana. A saber cuantos de los cinco vástagos que tenía eran realmente de Bastien, su marido por la Iglesia. Pero menos mal que este era un hombre bueno, comprensivo y amable. Y la situación no podía continuar así. Porque ya no era solo que el barón la deshonrase, o que Bastien se sintiese burlado, sino que encima la baronesa se revestía celosa y la maltrataba. El día anterior la había acorralado, la había golpeado con saña, y de no haber mediado el propio barón, le habría arrancado la cabellera.

Aparte, daba la casualidad de que por los alrededores pasaba en aquellos momentos una caravana con otras familias que, como ellos mismos, buscaban un futuro mejor: librarse de la tiranía de la nobleza, ver nuevos horizontes, obtener tierras propias, cultivarlas, criar ganado en ellas, ver su condición mejorada, y ser una señora.

Definitivamente, era el momento. Vendieron todo lo que tenían y con ello compraron bueyes, un carro, ropajes de abrigo y vituallas para el camino, y se unieron a la caravana. Había allí gente de villas cercanas como Sisteron, Forcalquier o Manosque. Y de otras provincias y regiones colindantes. Hasta de reinos extranjeros, como italianos de la Lombardía, suizos de las montañas, o incluso provenientes de la Germania. Cruzaron los Pirineos cerca ya del verano. Unas pocas familias empezaron a quedarse en las villas con las que se topaban. Sin embargo, ellos siguieron adelante, hacia el sur, donde se decía que estaba el botín más jugoso. Y durante el camino se les fueron agregando otros colonos ahora ya provenientes de la península, como cántabros, astures, castellanos, leoneses, gallegos o navarros. En Plasencia, tras bajar por valles y desfiladeros, el grupo se escindió. Unos fueron hacia el sur, para Cáceres y Mérida. Y ellos entre otros marcharon hacia el oeste, hacia Coria. Para entonces Cunégonde ya se había hecho en parte a las lenguas de la tierra, y había cambiado su nombre por Cunegunda adaptándose a aquellas fonéticas bárbaras. Ahora incluso tenían apellido, todo el mundo les conocía por los Diñé. En Coria había buenas perspectivas para quedarse. Se trataba de una ciudad de realengo. En otras palabras, la villa no se situaba ni bajo el vasallaje de un abad o el de un noble, sino bajo el del rey, que normalmente eran señores más magnánimos y que permitían más libertades. Y había tierras de labor de sobra con las que prosperar.

No obstante, justo antes de solicitar al Concejo una parcela de terreno, Cunegunda oyó mencionar de otra ciudad recién conquistada al sur mucho más grande que Coria. Mejor dicho, nada más y nada menos que una de las urbes más grandes e importantes de la península Ibérica, tanto que apenas unas décadas atrás fue la capital de un reino moro. No se lo pensó dos veces, la ambición se le había despertado. Mejor que habitar en una ciudad de provincias era hacerlo en toda una capital. Recogieron los bártulos y siguieron su periplo. Cruzaron las tierras de la Orden de Alcántara próximas a la frontera con portugal y pasaron cerca de Alburquerque. Ya solo quedaban seis familias. Entre ellas cabía destacar el caso singular del matrimonio formado por Blas y Orsina, oriundos de la frontera entre León y Galicia. Si mientras Cunegunda y Bastien habían tenido cinco hijos, todos varones, ellos en cambio habían traído al mundo a cinco hijas, y Cunegunda a veces fantaseaba. Era gente que le parecían agradables, asemejaban ser afectuosos y sinceros, y se le ocurría si acaso no sería bueno que llegasen a unir lazos.

Pero ya habría tiempo para eso. Finales de septiembre y ante sus ojos por fin aparecía su destino. Las murallas de Batalyaws se levantaban imponentes al otro lado del río Guadiana. Atardecía y no podía creer que por fin hubieran llegado, que ya estuvieran allí, y con lágrimas en los ojos se preparó para el futuro que en adelante les aguardaba.

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