Archivos Mensuales: febrero 2013

The man from earth

The man from earth es una película rodada en el 2007 con poco presupuesto. Tal es así que la acción únicamente se desarrolla en torno a una casa, las afueras y su salón. No obstante, la película está bien narrada, bien estructurada, los guiones son interesantes, atractivos y no cansan, y se ve con facilidad. Háganse a la idea de que ver esta película es casi como asistir a una obra de teatro.

La historia narra una reunión de amigos, todos profesores universitarios, que se disponen a despedir a uno de ellos que ha decidido marcharse para tomarse un descanso sabático. No entienden por qué se va y tras preguntarle enconadamente este decide responderles. La cuestión es que no es un ser humano normal, sino una persona que por una razón que él desconoce es inmortal, de hecho lleva ya catorce mil años sobre la faz de la tierra, desde la época de las cavernas. Sus amigos no le creen. Y en eso consiste la película, en una disquisición sobre si es verdad o se trata de una broma.

La clave de “The man from Earth” es entenderla como una película sobre la duda razonable, sobre cómo demostrar o cómo rebatir que ese hombre tiene en verdad catorce mil años, o en cambio no los tiene, sino que se trata de un charlatán. En el fondo recuerda a la anécdota que Carl Sagan relata sobre el dragón rosa en el garage en su libro “El mundo y sus demonios”. Imaginad que un amigo vuestro os dice “tengo un dragón en el garage”. No os lo creéis, váis al garage de vuestro amigo y por supuesto no lo véis. “Sí, pero es que es invisible”, os dice vuestro amigo. “Pues por lo menos lo podré tocar, ¿no?” “Es que es impalpable”. La cuestión es la dificultad para rebatir un hecho, cuando sabemos a ciencia cierta que es falso. Pero, ¿cómo demostrarlo? ¿Cómo llegar a la conclusión de que es falso?

Origen

A Leonardo diCaprio muchos todavía no le hemos quitado el sambenito de ser el protagonista románticon de “Romeo y Julieta” y sobre todo “Titanic”. Sin embargo, hay que reconocerle el mérito de haber sido el actor más valiente de Hollywood en los últimos años: Shutter Island, El aviador, Gangs of New York,… y ahora “Origen”. Esa es la diferencia entre un actor que sabe escoger películas y otro que no. Por ejemplo, Will Smith no sabe elegir películas. Más allá de su carisma, en su filmografía no queda nada relevante. Rechazó Matrix en su momento, y se ha contentado con dos títulos de segunda fila de clara vocación comercial para todos los públicos como “Soy Leyenda” o “Yo Robot”. Por contra se halla Brad Pitt, que tiene carisma y encima pasará a la historia del cine de culto: “El club de la lucha”, “Babel”, “Snatch”, “12 monos”, “Malditos bastardos”,… aunque ésta última no es de mi predilección. En cualquier caso, volviendo a DiCaprio, es para levantarse del asiento y desgastarse las manos aplaudiendo. “Origen” es una película difícil, que muchos no comprenderán. Habla de la estructura de los sueños, de algo tan volátil como lo onírico, y lo hace construyendo un mundo propio con sus propias reglas, introduce una serie de leyes, de matices, es capaz de separarse del sentido de la realidad, de lo que vemos cotidianamente. En este sentido “Origen” es ciencia ficción en su estado puro, crear una ficción bajo principios razonables que se hace materia, que adquiere sustancia. Con “Origen” DiCaprio ha superado definitivamente Titanic, los límites del romanticismo fácil. ¿Y qué decir de su director: Christopher Nolan? Que lo ha vuelto a hacer. Ya nos dejó patidifusos con Memento, uno de los planteamientos más revolucionarios, originales, y a la vez difíciles de llevar a la práctica. Ahora se ha lanzado al vacío y ha logrado el más difícil todavía. “Origen” es la película que más me ha satisfecho desde “Matrix Reloaded”, en ese sentido que en dos horas es capaz de crear una realidad paralela, un universo capaz de evolucionar por sí mismo, sólo que si Matrix 2 excedía demasiado de escenas de acción y efectos especiales, “Origen” tiene el equilibrio justo. En definitivas cuentas y concluyendo, “Origen” es, con casi toda certeza, la película de culto del futuro.

El árbol de la vida

Cuando fui a verla hace ya año y medio mi opinión cambió sensiblemente en la semana siguiente. Quizás fuera por el sueño atrasado el día que la vi en el cine, por las angustias motivadas por la oposición, por otras razones relacionadas con el desasosiego existencial, que en ese primer momento no me gustó. Y la razón era la misma por la que odio, tengo que confesarlo, la filosofía oriental. Más bien considero que ni siquiera es filosofía, sino un conjunto de sentencias consideradas como inmutables, como un refranero pero transmutado por una insulsa poética, cuya base es: no preguntes, no formules dudas, sométete a estos dictámenes como leyes universales. Precisamente lo contrario de la filosofía occidental: rebélate, crea nuevos mundos, pregunta, duda, estalla, convulsiona tu existencia, reflexiona, nunca des por hecho. De algún modo, la película de Terrence Malick me pareció lo primero: esto es la vida. Sin embargo la ambición de Malick es demasiado grande para reducirse a eso, tremenda, su esfuerzo es titánico, demasiado grande, explicar la vida como un conjunto de belleza, de suprema belleza, de conflictos, de amarguras, de pasiones, de decepciones. Probablemente se trate de la película que mejor retrata qué significa ser humano, o mejor dicho, qué es la memoria, que en verdad no presenta una estructura lineal, sino rota en fragmentos, descompuesta, a menudo tergiversada. Ésta fue la segunda interpretación que le di: la obra de Malick es un intento de representar la memoria del universo a partir de los recuerdos de unas pocas personas. Mas no me quedé ahí, poco a poco otra tercera interpretación fue abriéndose paso mientras en mi mente surgía la pregunta: ¿Cuál es el sentido de la muerte?, precisamente la pregunta que da pié a la película “El árbol de la vida”. Y de repente, cuando llegas a esto, en cierto modo el conjunto adquiere sentido. De la filosofía oriental ha cambiado drástricamente a la occidental, aún más, retrotrayéndose a los orígenes de ésta, a las obras del teatro griego donde los héroes se hallaban sometidos al capricho de los dioses y su acción regurgitaba en un grito desde el abismo preguntándose por el porqué de todo aquello, cuál era el sentido del mal del mundo, desgañitándose, tratando de rebelarse inútilmente. Quizás el sentido de la tragedia no se encuentre en eso que se ha considerado habitualmente donde una tragedia es una obra en la que los personajes terminan peor de cómo comenzaron, sino que descansa en la sensación de impotencia, en un intento de ebullición por parte del protagonista, que es impedido y constreñido por algo invisible que nos rodea. Y si embargo no nos resignamos, lo siento pero no somos orientales, ésa no es nuestra cultura, ni nuestra naturaleza. ¿Quién lo iba a decir? Dos mil quinientos años más tarde Terrence Malick ha reinventado el teatro griego.

Conan el bárbaro

¿Por qué gusta tanto “Conan el bárbaro”? Me refiero a la película de 1982, protagonizada por Arnold Schwarzenegger y dirigida por John Milius, no a la estrenada hace pocos años. Pecaba de falta de medios y de presupuesto, muchos menos extras, no existían los efectos digitales, actores hercúleos, pasados de músculos, pero francamente inexpresivos, en algunas partes de la película hay fallos patentes, cortes demasiado bruscos, comentarios absurdos. Para colmo, este Conan ideado por John Milius apoyado en un guión de Oliver Stone se aleja bastante del personaje original. Conan nunca fue un esclavo, ni un gladiador, así como difiere en otros detalles biográficos tal que los fan enfervorizados del personaje rechazan la película.

Sin embargo, la película de 1982 es francamente superior a todos los libros y cómic que se hayan podido escribir alguna vez sobre Conan y en general sobre cualquier bárbaro. La razón hay que retrotraerla a otra película, probablemente la mejor dirigida y una de las más originales de la historia: “El bueno, el feo y el malo”, de Sergio Leone. “Conan el bárbaro 1982” es un western, con cascos y espadas y ambientado en una era fantástica, pero al fin y al cabo un western. Y no un simple western, sino un spaghetti western al estilo de Leone.

En primer lugar está rodada casi íntegramente en Almería. Esto, quieras que no, ayuda enormemente. Rodada en los parajes semidesérticos, agrestes, místicos, ascéticos e hipnóticos de Almería.

En segundo lugar, la banda sonora. Antes de “El bueno, el feo y el malo” la música era un simple acompañamiento. Sergio Leone conjunto con Ennio Morricone, fue el primero que hizo que la música no fuera meramente parte de la escena, sino la escena en sí, capaz de diferenciar un instante de otro, de crear un ambiente, de marcar la tensión, la emoción que predomina, el nerviosismo, el ahogo, la tensa espera, el saber que te estás jugando la vida, un paso en falso y estás muerto. Esto último se continua prodigiosamente en “Conan el bárbaro” en una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos, compuesta por Basil Poledouris, incluso superando a su predecesora puesto que la variedad de emociones es mayor: soledad, desolación, desamparo, abatimiento, esperanza.

Aparte, otra similitud es que los personajes no son meramente personajes, los personajes son propuestos como dioses. Estos títulos destacan por la abundancia de los primeros planos, tanto que llegamos a aprendernos de memoria sus líneas de expresión. En “El bueno, el feo y el malo” los personajes no son solamente unos forajidos. Gracias a los primeros planos casi podemos saber lo que piensan, sus ojos con demasiada frecuencia ocupan la enorme pantalla del cine o del televisor, como si quisieran hipnotizarnos, hasta tal punto que llega el momento en que no nos son unos desconocidos, si el rostro es el espejo del alma, con demasiada asiduidad durante el transcurso de la película contemplamos el alma del personaje, llegamos a conocerla perfectamente, se transforman en seres omnipresentes. Lo mismo ocurre con Conan. En ocasiones, el personaje de Conan ha sido menospreciado. Un matón de tres al cuarto, ladrón, mercenario, guerrero, un borrachuzo que mata, fornica, come, disfruta, y que lo único que le diferencia con la ralea es una mayor inteligencia y cultura, y un raro sentido del honor que le lleva a cumplir lo que promete. Sin embargo, la historia de Conan nos dice que llega a convertirse en rey. ¿Cómo? Esto se muestra muy bien en la película, donde debido a los primeros planos Conan se nos muestra como un ser especial, dotado de un carisma apabullante, su mera presencia, su aspecto físico, atrayente, es suficiente para que tanto las mujeres como los hombres no tarden en rendirle pleitesía.

Otro aspecto que remarca su función de dioses es que tanto los personajes de Sergio Leone como los de John Milius no son personajes que hablen mucho, que se enzarzen en largos discursos, que se hagan preguntas fundamentales sobre la existencia, que divaguen sobre sus sentimientos. Son más bien lacónicos, se limitan a vivir, a seguir adelante, y las únicas frases que pronuncian son frases cortas, llenas de significado, que marcan claramente y sin dudas el carácter del personaje. Como el “Mientras se dispara no se habla” de “El feo”, o la famosa respuesta de Conan a “¿Qué es lo mejor de la vida?” Esto es, no son seres confusos, más bien claramente delimitados, con los cuales el espectador se reconoce rápidamente.

Por último, la mayor bondad de Conan versión de 1982, por la cual por fin se diferencia de su predecesora “El bueno, el feo y el malo”, es que, aparte de una película de aventuras, se trata de una portentosa radiografía de una época, de un mundo, de un universo. Puede que la última versión de Conan, dirigida por Marcus Nispel y protagonizada por Jason Momoa, sea más fiel al personaje de las novelas y de los cómics, que tenga mayor presupuesto, que los efectos especiales sean mejores por haber sido hechos por ordenador, pero su argumento peca de pobre. Conan, para Marcus Nispel, es un ser que mata, mata, mata, folla, mata, bebe, se emborracha, mata, folla, mata, etc., etc., y la película es poco más. Sin embargo, para John Milius y Oliver Stone, Conan es un ser que se desenvuelve en un mundo donde él no es ni la única persona que existe, ni la más importante. Hay dioses a los que se reza y a menudo no escuchan, hay ciudades enteras con mercados, templos y oscuros contrabandistas, hay reyes con hijas descarriadas, hay movimientos religiosos que se retiran a orar en el desierto, campesinos que recorren las praderas, magos ermitaños junto al mar, gente que piensa por sí misma, que actúa por su cuenta, y que no parece que tenga que llegar Conan para comenzar a existir. Y, sobre todo, hay tumbas. El Conan de John Milius es un personaje que sabe, que se percata perfectamente que antes de él hubo reyes legendarios, seres gloriosos que sin embargo acabaron muriendo. El Conan de John Milius tiene que en cuenta que igualmente él un día morirá, y que otros le precederán. El Conan de 1982, su mayor bondad, su mayor logro, es crear un personaje que tiene en cuenta perfectamente que por muy alto, por muy épico, que su destino le lleve, acabará en el olvido, pero sin embargo no se rinde por ello, vive, no descansa, continua, no se para a meditar, no se para a reflexionar, sencillamente actúa. El “Conan el bárbaro” de 1982 es un monumento al Carpe Diem, el Conan el Bárbaro de John Milius y Oliver Stone es un grito al esplendor de Occidente, lo importante no es, como indica la filosofía oriental, doblegarse al curso de las mutaciones, sino precisamente estallar, rebelarse, ser como la estrella que vive deprisa, porque su brillo es más intenso, o como la ola que golpea la roca y que se desvanece en la nada, porque mañana volverá a hacerlo.

Concursante

“Concursante” es el título de una película española. No esperen la mejor película del mundo, algunos ni siquiera consideraran que se trata de una buena película. Sin embargo que trata un tema interesante dados los tiempos que corren.

El argumento es el siguiente: una pareja conformada por Leonardo Sbaraglia y Miriam Gallego ganan el mayor premio de la televisión consistente en 500 millones de pesetas (sí, pesetas, la película ya tiene sus años) entre dinero metálico, una avioneta, un barco, un coche, etc., etc. La historia cuenta cómo ese premio que debería haberles cambiado la vida para bien, en realidad acaba convirtiéndose en una trampa. Tienen que pagar el 56% a hacienda, para hacer frente a los gastos de mantenimiento de la avioneta, del barco, etc., tienen que pedir un préstamo poniendo como aval todo lo que tienen. Eso hace que a partir de ese instante, y aunque todavía no ha escindido el periodo del préstamo, sus posesiones es como si ya le pertenecieran al banco. No pueden hacer nada, por mucho que intenten comerciar con lo que tienen no consiguen avanzar. Lo más interesante, o lo más instructivo a mi parecer, es cuando contactan con un economista subversivo que les cuenta la verdad sobre el sistema: tan solo el 5% del dinero que existe en el mundo es real. El resto es virtual, un invento de los bancos para hacer creer a los usuarios que al pedir un préstamo pueden generar dinero, pero al no poder hacerlo, las propiedades que han puesto como aval pasan a pertenecer a los bancos.

Sobre otros asuntos, la película está narrada como una serie de secuencias paralelas que conviven en el tiempo con una gran carga figurativa y estética. Su fin no es como en las películas de Aranoa o Rosales el expresar lo cotidiano a través de una reducción a mínimos, sino expresar los estados de ánimo del personaje mediante quizás un excesivo uso de las metáforas.

Lost in La Mancha

“Lost in La Mancha” es un documental de 2002 considerado como el primer Unmaking off de la historia, el primer cine sobre cine que retrata cómo “no” llegó a terminarse una película de cine. La víctima en cuestión es “The man who killed Don Quijote”, bajo guión y dirección de Terry Gilliam. La imaginación de Terry es desbordante, en el metraje se contempla cómo a veces sus propios colaboradores le llegan a decir: “Por favor, deja de tener ideas”. Los mundos que inventa son oníricos y fabulosos, surrealistas y siempre soprendentes.

Sin embargo, “The man who killed Don Quijote” parece estar maldita. Reducciones de presupuesto, tormentas en el rodaje, el actor principal al que de repente le surge una hernia por la cual tiene que estar de baja varios meses,… La cuestión es que el rodaje tuvo que suspenderse. Y aunque Terry Gilliam sigue erre que erre, dispuesto a terminarla, la maldición sigue su curso. En 2009 se retomó el proyecto, y en 2010 se volvió a suspender por una crisis total en el presupuesto. Esperemos que algún día pueda finalizarla y contemplar la versión de Don Quijote vista bajo el prisma de Terry Gilliam.

En cualquier caso, aparte de si les encandila el cine de este hombre o la figura de Don Quijote, o sienten curiosidad por saber cómo un rodaje fue tan desastroso, el documental “Lost in La Mancha” es interesante porque retrata como pocas veces he visto los múltiples factores que intervienen en la producción de una película. La importancia del dinero, recortar aquí y allá, el casting previo, los problemas a la hora de compatibilizar los horarios de los diferentes actores, la organización de las tomas, la ingente cantidad de personal y el descomunal talento invertido hasta en el más mínimo detalle de la producción.