Conan el bárbaro

¿Por qué gusta tanto “Conan el bárbaro”? Me refiero a la película de 1982, protagonizada por Arnold Schwarzenegger y dirigida por John Milius, no a la estrenada hace pocos años. Pecaba de falta de medios y de presupuesto, muchos menos extras, no existían los efectos digitales, actores hercúleos, pasados de músculos, pero francamente inexpresivos, en algunas partes de la película hay fallos patentes, cortes demasiado bruscos, comentarios absurdos. Para colmo, este Conan ideado por John Milius apoyado en un guión de Oliver Stone se aleja bastante del personaje original. Conan nunca fue un esclavo, ni un gladiador, así como difiere en otros detalles biográficos tal que los fan enfervorizados del personaje rechazan la película.

Sin embargo, la película de 1982 es francamente superior a todos los libros y cómic que se hayan podido escribir alguna vez sobre Conan y en general sobre cualquier bárbaro. La razón hay que retrotraerla a otra película, probablemente la mejor dirigida y una de las más originales de la historia: “El bueno, el feo y el malo”, de Sergio Leone. “Conan el bárbaro 1982” es un western, con cascos y espadas y ambientado en una era fantástica, pero al fin y al cabo un western. Y no un simple western, sino un spaghetti western al estilo de Leone.

En primer lugar está rodada casi íntegramente en Almería. Esto, quieras que no, ayuda enormemente. Rodada en los parajes semidesérticos, agrestes, místicos, ascéticos e hipnóticos de Almería.

En segundo lugar, la banda sonora. Antes de “El bueno, el feo y el malo” la música era un simple acompañamiento. Sergio Leone conjunto con Ennio Morricone, fue el primero que hizo que la música no fuera meramente parte de la escena, sino la escena en sí, capaz de diferenciar un instante de otro, de crear un ambiente, de marcar la tensión, la emoción que predomina, el nerviosismo, el ahogo, la tensa espera, el saber que te estás jugando la vida, un paso en falso y estás muerto. Esto último se continua prodigiosamente en “Conan el bárbaro” en una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos, compuesta por Basil Poledouris, incluso superando a su predecesora puesto que la variedad de emociones es mayor: soledad, desolación, desamparo, abatimiento, esperanza.

Aparte, otra similitud es que los personajes no son meramente personajes, los personajes son propuestos como dioses. Estos títulos destacan por la abundancia de los primeros planos, tanto que llegamos a aprendernos de memoria sus líneas de expresión. En “El bueno, el feo y el malo” los personajes no son solamente unos forajidos. Gracias a los primeros planos casi podemos saber lo que piensan, sus ojos con demasiada frecuencia ocupan la enorme pantalla del cine o del televisor, como si quisieran hipnotizarnos, hasta tal punto que llega el momento en que no nos son unos desconocidos, si el rostro es el espejo del alma, con demasiada asiduidad durante el transcurso de la película contemplamos el alma del personaje, llegamos a conocerla perfectamente, se transforman en seres omnipresentes. Lo mismo ocurre con Conan. En ocasiones, el personaje de Conan ha sido menospreciado. Un matón de tres al cuarto, ladrón, mercenario, guerrero, un borrachuzo que mata, fornica, come, disfruta, y que lo único que le diferencia con la ralea es una mayor inteligencia y cultura, y un raro sentido del honor que le lleva a cumplir lo que promete. Sin embargo, la historia de Conan nos dice que llega a convertirse en rey. ¿Cómo? Esto se muestra muy bien en la película, donde debido a los primeros planos Conan se nos muestra como un ser especial, dotado de un carisma apabullante, su mera presencia, su aspecto físico, atrayente, es suficiente para que tanto las mujeres como los hombres no tarden en rendirle pleitesía.

Otro aspecto que remarca su función de dioses es que tanto los personajes de Sergio Leone como los de John Milius no son personajes que hablen mucho, que se enzarzen en largos discursos, que se hagan preguntas fundamentales sobre la existencia, que divaguen sobre sus sentimientos. Son más bien lacónicos, se limitan a vivir, a seguir adelante, y las únicas frases que pronuncian son frases cortas, llenas de significado, que marcan claramente y sin dudas el carácter del personaje. Como el “Mientras se dispara no se habla” de “El feo”, o la famosa respuesta de Conan a “¿Qué es lo mejor de la vida?” Esto es, no son seres confusos, más bien claramente delimitados, con los cuales el espectador se reconoce rápidamente.

Por último, la mayor bondad de Conan versión de 1982, por la cual por fin se diferencia de su predecesora “El bueno, el feo y el malo”, es que, aparte de una película de aventuras, se trata de una portentosa radiografía de una época, de un mundo, de un universo. Puede que la última versión de Conan, dirigida por Marcus Nispel y protagonizada por Jason Momoa, sea más fiel al personaje de las novelas y de los cómics, que tenga mayor presupuesto, que los efectos especiales sean mejores por haber sido hechos por ordenador, pero su argumento peca de pobre. Conan, para Marcus Nispel, es un ser que mata, mata, mata, folla, mata, bebe, se emborracha, mata, folla, mata, etc., etc., y la película es poco más. Sin embargo, para John Milius y Oliver Stone, Conan es un ser que se desenvuelve en un mundo donde él no es ni la única persona que existe, ni la más importante. Hay dioses a los que se reza y a menudo no escuchan, hay ciudades enteras con mercados, templos y oscuros contrabandistas, hay reyes con hijas descarriadas, hay movimientos religiosos que se retiran a orar en el desierto, campesinos que recorren las praderas, magos ermitaños junto al mar, gente que piensa por sí misma, que actúa por su cuenta, y que no parece que tenga que llegar Conan para comenzar a existir. Y, sobre todo, hay tumbas. El Conan de John Milius es un personaje que sabe, que se percata perfectamente que antes de él hubo reyes legendarios, seres gloriosos que sin embargo acabaron muriendo. El Conan de John Milius tiene que en cuenta que igualmente él un día morirá, y que otros le precederán. El Conan de 1982, su mayor bondad, su mayor logro, es crear un personaje que tiene en cuenta perfectamente que por muy alto, por muy épico, que su destino le lleve, acabará en el olvido, pero sin embargo no se rinde por ello, vive, no descansa, continua, no se para a meditar, no se para a reflexionar, sencillamente actúa. El “Conan el bárbaro” de 1982 es un monumento al Carpe Diem, el Conan el Bárbaro de John Milius y Oliver Stone es un grito al esplendor de Occidente, lo importante no es, como indica la filosofía oriental, doblegarse al curso de las mutaciones, sino precisamente estallar, rebelarse, ser como la estrella que vive deprisa, porque su brillo es más intenso, o como la ola que golpea la roca y que se desvanece en la nada, porque mañana volverá a hacerlo.

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