El árbol de la vida

Cuando fui a verla hace ya año y medio mi opinión cambió sensiblemente en la semana siguiente. Quizás fuera por el sueño atrasado el día que la vi en el cine, por las angustias motivadas por la oposición, por otras razones relacionadas con el desasosiego existencial, que en ese primer momento no me gustó. Y la razón era la misma por la que odio, tengo que confesarlo, la filosofía oriental. Más bien considero que ni siquiera es filosofía, sino un conjunto de sentencias consideradas como inmutables, como un refranero pero transmutado por una insulsa poética, cuya base es: no preguntes, no formules dudas, sométete a estos dictámenes como leyes universales. Precisamente lo contrario de la filosofía occidental: rebélate, crea nuevos mundos, pregunta, duda, estalla, convulsiona tu existencia, reflexiona, nunca des por hecho. De algún modo, la película de Terrence Malick me pareció lo primero: esto es la vida. Sin embargo la ambición de Malick es demasiado grande para reducirse a eso, tremenda, su esfuerzo es titánico, demasiado grande, explicar la vida como un conjunto de belleza, de suprema belleza, de conflictos, de amarguras, de pasiones, de decepciones. Probablemente se trate de la película que mejor retrata qué significa ser humano, o mejor dicho, qué es la memoria, que en verdad no presenta una estructura lineal, sino rota en fragmentos, descompuesta, a menudo tergiversada. Ésta fue la segunda interpretación que le di: la obra de Malick es un intento de representar la memoria del universo a partir de los recuerdos de unas pocas personas. Mas no me quedé ahí, poco a poco otra tercera interpretación fue abriéndose paso mientras en mi mente surgía la pregunta: ¿Cuál es el sentido de la muerte?, precisamente la pregunta que da pié a la película “El árbol de la vida”. Y de repente, cuando llegas a esto, en cierto modo el conjunto adquiere sentido. De la filosofía oriental ha cambiado drástricamente a la occidental, aún más, retrotrayéndose a los orígenes de ésta, a las obras del teatro griego donde los héroes se hallaban sometidos al capricho de los dioses y su acción regurgitaba en un grito desde el abismo preguntándose por el porqué de todo aquello, cuál era el sentido del mal del mundo, desgañitándose, tratando de rebelarse inútilmente. Quizás el sentido de la tragedia no se encuentre en eso que se ha considerado habitualmente donde una tragedia es una obra en la que los personajes terminan peor de cómo comenzaron, sino que descansa en la sensación de impotencia, en un intento de ebullición por parte del protagonista, que es impedido y constreñido por algo invisible que nos rodea. Y si embargo no nos resignamos, lo siento pero no somos orientales, ésa no es nuestra cultura, ni nuestra naturaleza. ¿Quién lo iba a decir? Dos mil quinientos años más tarde Terrence Malick ha reinventado el teatro griego.

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