Si me rindiera

19 de febrero, jueves

Mi muy querida Eloïse,

Si estás leyendo esto es que he decidido enviártelo. Todavía estoy confuso por el momento de intimidad aquella noche. A aquellos a los que he pedido consejo no dejan de comentarme que es un error, que nuestro pasado ha sido demasiado largo y tortuoso, hay tantos sentimientos confrontados, como para que una hipotética relación tenga buen término. No obstante, si aún así hemos seguido adelante, si incluso bajo estas circunstancias nos hemos encontrado, algo tiene que significar.

En ocasiones he intentado cavilar sobre cómo sería mi vida de no haber acontecido la crisis, o al menos si los acontecimientos se hubieran desarrollado de otra manera tal que sus efectos no me hubiesen alcanzado prácticamente desde los inicios, si el desempleo no me hubiese acogotado durante tantos años. A veces me lo planteaba de una manera idílica. Hubiera tenido un trabajo más o menos estable, hubiera conocido a alguien, la verdad es que alguna vez pensé en ti, me hubiera casado, hubiera tenido hijos, y habría comprado un apartamento.

En otras ocasiones, cuando me hallo más taciturno, suelo pensar en otro planteamiento bien diferente. Ora trabajo en una empresa seis meses, posteriormente en otra corporación distinta seis meses o un año, me canso y acepto la oferta en una tercera multinacional, y así sucesivamente, viajando de ciudad y ciudad, de país en país, incapaz de mantener una relación estable, de echar raíces, solitario, sin amistades duraderas. En estas ocasiones tengo la ensoñación de encontrarme en una habitación en un lugar muy alto, completamente a oscuras y sin nadie alrededor, recostado en una butaca observando por un amplio ventanal las luces nocturnas de una urbe extraña que se extiende ante mí mientras reflexiono con melancolía sobre lo que he dejado atrás, sobre las amistades y amores que no han llegado a cuajar, sobre el sentido de mi existencia. Hay una cierta connotación amarga y negativa en esta última versión. Jamás conoceré a alguien, jamás encontraré verdadera estabilidad, siempre me comportaré como un proyecto no germinado.

Y sin embargo, extrañamente, prefiero esta versión a la otra, a la idílica. No entiendo la razón, nadie elegiría esta opción, casi todos los que conozco prefieren la versión idílica. Pero sin embargo es así, soy una persona extraña, encuentro más placer cuando me imagino como un ser solitario y sin un lugar fijo que como alguien casado y con hijos.

Lo diferentes que somos. Nada más salir de la carrera ya lo tenías claro, enseguida te metiste en una academia a estudiar oposiciones. Un puesto fijo para toda la vida, con el fin de tener seguridad, y lo conseguiste en cierto modo. Y en contraposición ahí me tenías a mí, que no sabía en absoluto lo que hacer. Mis padres, mi cultura, la lógica, me empujaban a tomar el camino supuestamente correcto, repleto de lugares comunes: buscar un trabajo fijo, casarse, tener hijos. Pero algo en mí se oponía a ello, emergía una cierta rebeldía. Hay quien me llama infantil, irresponsable incluso.

Mis padres mismo. Me hablan de que lo que tengo que hacer es dejarme de tonterías y estudiar una oposición. Suena razonable. A fin de cuentas, asemejase que ser funcionario fuera la única opción hoy de tener un trabajo fijo. Todo el mundo desea una seguridad, todo el mundo postula en pos de la seguridad. Según las estadísticas la mayoría de los jóvenes, y de los que no son tan jóvenes en España, ya no aspiran ni a ser cantantes, ni artistas, ni a formar su propia empresa, sino a ser funcionarios. Y mis padres me presionan, qué clase de persona soy que no quiere lo que quiere todo el mundo. A veces me exaspera que parezca que hacer oposiciones sea lo único que se puede hacer, la única vía posible. Como si arriesgarse en otra cosa fuera hacer el tonto, como si no hubiera otra opción que formar parte del erario público.

Es curioso, recuerdo que en una ocasión hace ya bastantes años, me describistes como una persona “casera”. Fue uno de los argumentos que usaste la primera vez que me rechazaste. Casero en el sentido de que no me gustaban las fiestas, de que no me iba mucho viajar, moverme del ordenador en mi dormitorio, que jamás me apartaría de la seguridad de mi entorno familiar. Sin embargo, eres tú la que eres funcionaria interina, y aunque es cierto que has viajado a más países que yo, tan solo has sido una vulgar turista de fin de semana. Esto es, no has emigrado, no te has movido del lado de tu familia, de la ciudad en la que naciste. En cambio yo estuve cuatro meses trabajando en Madrid, después medio año en Barcelona, y entonces sobrevino la crisis. Y aún así me fui tres meses a Glasgow a aprender inglés.

En definitiva, emigré, decidí vivir en un lugar diferente de la casa de mi familia, me arriesgué a salir de la burbuja. Se puede decir que esa fantasía de hallarme a oscuras en un dormitorio elevado y contemplar la ciudad en la lejanía ya la cumplí en Glasgow. No era un rascacielos, ni un hotel, sino una residencia universitaria emplazada en lo alto de una colina. Pero allí me encontraba, solo, melancólico, reflexionando sobre la vida y la muerte, y ante mí un grandioso paisaje de luces nocturno.

Me tuve que haber quedado en Glasgow, ahora lo sé. Pero por diversas razones decidí regresar. Porque se me acabó el dinero, porque tenía cuestiones pendientes aquí, por otros motivos. Es complicado para explicarlo en unas pocas líneas, así como tampoco es el asunto que me atañe. El caso es que regresé, y que a la par que he regresado, las pocas personas que no me instan a que haga oposiciones me aconsejan que lo mejor es que vuelva, que en España ya no hay solución, que es una tierra perdida. Y si no es en Glasgow, a alguna otra parte del Reino Unido, como en Londres. Y si no es en el Reino Unido a Alemania, o a probar fortuna en alguno de los países escandinavos.

La cuestión es que muchos se han ido ya. O al menos eso dicen. En la Alameda de Hércules aquí en Sevilla por la noche sigue habiendo la misma afluencia de gente, la misma multitud. Quizás la calidad de los rostros no es la misma. Hay algunas ausencias desconcertantes a la par que tristes. El fantasma de la emigración flota por entre las sonrisas, las charlas de bar y las cañas a pie de calle. Ayer mismo tuve una de esas conversaciones que no se te olvidan en la vida, que se te quedan marcadas. No tanto por la persona, ya no recuerdo ni su nombre. ¿Irene? ¿Marta? El caso es que ambos estábamos allí por lo mismo, uno de esos locales donde abundan los estudiantes de intercambio extranjeros, y donde se puede entablar una conversación en inglés y practicar. Era temprano y todavía no había venido ningún guiri, y escuché por casualidad que ella estaba estudiando arquitectura, como yo lo hice en su momento. Me acerqué para curiosear y así surgió la conversación. Y lo que ocurre a veces entre dos desconocidos, que precisamente por ser desconocidos y porque jamás volveremos a vernos, surgen las confidencias. Ella me contó que en pocos meses, nada más terminar la carrera, se marcharía al extranjero. Ni siquiera estaba dispuesta a probar buscando trabajo en España, lo veía inútil. Tampoco sabía dónde exactamente, solo que se quería marchar. “¿Y piensas volver?”, le pregunté.

– Pues no lo sé. Si encontrase un trabajo y a un chico allí sería donde haría mi vida. Aunque lo que sí es que regresaría a España a morir.

Me quedé atónito, sin palabras. No supe lo que decir.

Quizás aquel comentario no fuera más que algo que se dice sin pensar. Sin embargo, aún así. No es que odiemos España, no es que no nos guste la tierra donde hemos nacido, o no es que no queramos estar con la familia. Solo que el extremo al que se ha llegado que hay quien se plantea no regresar nunca excepto para morir.

Hay que comprenderlo. Más de dos años en el paro, la perspectiva se hunde, me quedo ciego. Llega un momento en que soy incapaz de imaginar, de soñar. Tengo treinta y dos años, y es la vida la que te golpea una y otra vez, la que no te deja levantarte. Y menos mal que tu familia posee una casa donde resguardarte, y tu padre una pensión de jubilación que os mantiene a todos. Y entonces si no te doblegas ante sus designios, ante lo que él te pide que hagas, es como si fueras un desagradecido. “Alonso, estudia. ¿No pensarás, Alonso, que te voy a mantener durante toda la vida?” Te rindes, arrodillas tu personalidad, comienzas a estudiar oposiciones, a memorizar datos absurdos de leyes absurdas que después no te van a servir para trabajar. ¿Para qué quieres saber en qué artículo exacto de la constitución aparece el derecho a la educación si lo puedes buscar perfectamente en Internet? Pero tienes que entrar por el aro, es el sistema que ellos han determinado para hacer la criba, para ingresar en su especie de paraíso del ente público. Y resulta frustrante, hasta el punto que empiezas a pensar que el que entra no es porque sea el más apto, sino porque es el que está más dispuesto a perder el tiempo con datos inútiles antes de dedicarse a algo creativo o constructivo. Me ahogo, me asfixio, quiero gritar pero hay una inmensa losa que te comprime los pulmones llamada seguridad.

Hasta que cierto día consigues por fin encontrar un trabajo, donde no te pagan mucho, pero sí lo suficiente como para ahorrar e irte al extranjero. Ya tengo los billetes comprados, y el apartamento pagado los dos primeros meses. Mas justo ahora ha acaecido esto entre nosotros. Tanto tiempo, tantos años, ese pasado tan extenso. Y justo en este instante. La enorme casualidad, la distancia que se interpone ahora que pareciera que hemos arribado a algún punto. ¿Por qué no antes? Con los años que hemos tenido.

Me reuní contigo el sábado pasado, para despedirme, como buenos amigos. Te conté acerca de mis intenciones, como se suele hacer, compartir los sucesos de cada uno con los seres afines. No había nada, eramos tan solo amigos, ni un solo roce ha sucedido entre nosotros en todos estos años. Sí, me declaré, hasta dos veces. Ha habido tiras y aflojas, épocas en las que nos odiábamos, otras en las que nos lo contábamos todo, de absoluta confianza. Era una relación extraña, amor y odio a plazos, como si no pudiéramos vivir el uno sin el otro, y viceversa. No obstante, en aquel momento, nada más decirte que me iba, nos quedamos ambos tristes, como si asemejase que fuese la despedida definitiva como si nunca más nos fuésemos a ver. Y entonces sucedió, todo se desembocó.

Y ahora me hallo aquí, con la duda que me embarga. Porque esta noche hemos quedado, para conversar. Y recelo si será lo mejor que nos veamos, porque no sabría decirte adios. Titubeo si no será más conveniente cancelarlo y enviarte en su lugar este mensaje. Porque la cuestión es que no puedo quedarme. Si me rindiera sin duda permanecería contigo, estudiaría una oposición, me sumiría a la cultura dominante. Si me rindiera. Mas no puedo rendirme, no ahora sin haberlo intentado, con la certeza de que si perdurase mi residencia aquí, llegaría un momento en que no podría hacer otra cosa que estallar.

Lo único que espero es que si que hay entre nosotros ha salido airoso a pesar de todo lo que ha ocurrido, que también sepa sobreponerse a la distancia.

Que vaya bien y suerte en aquello que te propongas.

Besos.

Alonso

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