Tus sueños son historia

Resultaba inconcebible que una guerra galáctica pudiera tener lugar, dado el límite de la velocidad de la luz, dadas las colosales distancias, los abismos insondables y vacíos entre estrellas. Y menos aún una conflagración intergaláctica. Pero incluso así lo imposible había llegado hasta ellos.

Corría el año 3093 del calendario terrestre, el 1040 de la nueva era tras el primer contacto. Llara Genseridani se encontraba en el invernadero bajo el cielo ceniciento de Kross, el segundo planeta del sistema Épsilon Eridani. Faltaba una semana para que cumpliera cien años, aunque gracias a la regeneración genética su cuerpo se encontraba como si tuviera treinta. Era de mediana estatura, esbelta, piel morena y tersa, y cabello castaño brillante. Y mientras cultivaba hongos y lanzaba esporas a la atmósfera en lo que era su pequeño granito de arena para la terraformación, escuchaba las noticias desde la cápsula holográfica a su espalda. Hasta que de repente algo llamó su atención.

– Repite.- Ordenó.

La cápsula obedeció. En Ansa, la luna de Kross, se había descubierto lo que algunos habían identificado como un principio de invasión. En un comienzo Llara no comprendió lo que escuchaba. Una invasión. Jamás se había producido algo similar en aquel sistema. Le era del todo increíble que algo así pudiera tener cabida. Pero conforme atendía y asimilaba, iba aceptando que aquello pudiera ser verdad. Hablaban de una especie de hormiguero, de insectos gigantes adaptados al espacio con una mente colmena, que habían permanecido algo así como tres siglos enterrados bajo la superficie de Ansa, creciendo, desarrollándose. Hasta que unos mineros excavaron demasiado, destaparon su secreto y los insectos salieron y asesinaron a todos los humanos sobre la luna.

Al escuchar aquello la alarma se estableció en el rostro de Llara, por un lado por la atrocidad de aquellas criaturas, pero también por otras razones. Miró hacia la cápsula y esta se expandió en una pantalla. De momento no se habían captado imágenes de aquellos seres, y la pantalla lo que reproducía eran grabaciones de los cañones láser de la estación espacial disparando hacia la luna.

Mas no era eso lo que Llara buscaba. Savio, el marido de su hija Illena, estaba en esos momentos en Ansa con un contrato de trabajo. No tuvo que esperar mucho, enseguida la cápsula holográfica registró los signos de su expresión, leyó sus intenciones, y la puso en contacto con Illena. Por un lado quería saber como se encontraba su hija. Aunque también su motivación era saber si todo aquello estaba sucediendo realmente porque todavía no lo creía del todo. Quería que su hija le desmintiera lo que acababa de escuchar, que no se estaba produciendo aquella invasión. Mas desafortunadamente no fue así. Illena estaba al corriente de todo desde hacía una hora. Ella no se había enterado por las noticias sino que directamente la había llamado el gobierno, y arrasada en lágrimas no podía hacer otra cosa que esperar los resultados de los servicios de rescate que habían acudido a la luna.

– Marcea, Tiago y David todavía están en la escuela. No les he querido decir nada, no hasta que no lo sepa con seguridad. Pero si fuera así… no sé lo qué hacer, no sé cómo comportarme.

– Debes ser fuerte, por tus hijos.- Le aconsejó Llara.

– Sí, pero… Los llaman nevolnosi. El hierarca está llamando a filas a voluntarios para ir a exterminarlos a la luna. Estoy pensando en alistarme.

– No, hija, tú no. Si alguien tiene que ir a luchar ha de ser yo.- Respondió Llara prácticamente sin pensar. No podía permitir que Illena se arriesgara contra aquellas criaturas teniendo tres hijos, y contando aún con edad de casarse de nuevo. En cambio Llara estaba cerca de los cien años, había concebido y criado a seis mujeres y cinco varones, y hacía tres décadas que había sobrepasado según las leyes la edad máxima para tener descendencia. Se podía decir que ya había hecho su camino, y por ello concebía que si alguien había de arriesgarse había de ser ella.

Intentó convencer a su hija como pudo, y una vez esta aceptó la situación cortó la comunicación. A continuación respiró profundamente. Todo estaba sucediendo demasiado rápido. Pero tenía que actuar rápido si pretendía que sus seres queridos se salvaran. Fue hacia el sótano donde en una caja fuerte guardaba su uniforme de combate y su fusil de descarga. Las leyes de Kross dictaban que al menos durante dos semanas al año aquellos krossianos en condiciones tenían que recibir instrucción militar. Subían por el ascensor orbital y hacían ejercicios a baja gravedad lejos de la atmósfera. Las autoridades los justificaban argumentando que tenían que estar listos en caso de incursiones de piratas espaciales.

Por lo común Llara opinaba que exageraban, puesto que nunca había visto piratas que más parecía un cuento para asustar a los niños. Mas en esa ocasión se alegró. Se puso el uniforme. Practicó un poco con el “extensible”, una pistola que lanzaba una cuerda con un gancho que se fijaba sobre la roca, lo cual resultaba muy útil para moverse en el espacio y evitar salir despedidos de un asteroide. Aseguró la casa, conectó la alarma y los mecanismos de autolimpieza, y tomó el transporte hacia la base del ascensor orbital. Una inmensa cola ya aguardaba en el lugar dispuesta a participar en el combate. Todos estaban motivados, todos tenían más o menos razones parecidas a las de Llara. La cola era tan larga que tuvo que esperar dos días hasta que llegó su turno para subir. Y se tardaba otro día para llegar a la estación en la órbita de Kross donde se había fijado el otro extremo del ascensor. Allí fue, mientras ascendían, donde escuchó los primeros rumores sobre los nevolnosi. Se decía que era la primera vez que la humanidad entraba en contacto con aquello seres, pero que ya se les conocía desde hacía siglos, que se pensaba que eran originarios de la galaxia de Circinus, a nueve millones de años luz, y que los krossianos habían tenido suerte, que aquella colonia tan solo tenía trescientos años y que se encontraban en una fase tecnológica incipiente.

Mas en general nadie les daba mucho crédito. Resultaban completamente inconcebibles. ¿Cómo los nevolnosi habían podido cruzar nueve millones de años luz estando únicamente en los albores de su civilización tecnológica? ¿Cómo la humanidad podía saber de ellos si cualquier noticia habría tardado nueve millones de años en llegar? Lo único que les importaba en aquellos instantes era que existían, que se encontraban en la luna de su planeta, y que tenían que eliminarles costase lo que costase.

Una vez en la estación espacial las autoridades los organizaron en escuadrones de diez miembros. Posteriormente los fueron llamando conforme se requería su participación. Esa fue la parte más aburrida del asunto, la espera, puesto que el escuadrón de Llara había sido uno de los últimos en desembarcar. En la estación no había mucho que hacer: entrenarse en los simuladores y comprobar por enésima vez la batería de las armas. Llara atendía esperanzada cada vez que por los altavoces se convocaba a algún escuadrón. Y comenzaba a impacientarse. Estaba deseosa de entrar en acción, asemejase que sus miembros se anquilosaran a cada segundo que permanecía en aquel lugar. Pero de momento sus súplicas no obtuvieron respuesta.

Hasta que llegó el tercer día. Nada más despertarse Llara observó a todos sus compañeros imbuidos de una gran actividad. Al principio temió, pero después se enteró de que no había nada de lo que preocuparse, al contrario. Desde el cinturón de polvo en los límites del sistema solar acababa de llegar una nave, lo cual solo podía significar una cosa: jinetes de asteroides. Estos eran seres casi míticos. Hacia años que por Kross que no se había visto a ninguno de aquellos individuos, y circulaban leyendas de todo tipo sobre sus hazañas. Todo el mundo estaba de acuerdo: con ellos allí sería más fácil. La expectación era enorme. Y nadie quedó defraudado. Su aspecto, al entrar desde la plataforma de acoplamiento, era temible, con sus armas pesadas y sus armaduras antiimpactos repletas de pliegues y de formas orgánicas tal que más parecía que ellos fueron los insectos y no los nevolnosi. Pero más curiosidad generaron cuando se quitaron las armaduras puesto que eran humanos modificados. Sus huesos y músculos eran de estructuras de carbono, más fuertes, resistentes y que jamás perdían propiedades en ausencia de gravedad, y sus pieles eran de una textura plástica, granulosa, capaces de soportar bajísimas temperaturas. Llara sintió deseos de rozarles para comprobar si como se decía se formaba escarcha entre los dedos, pero hubiera sido maleducado por su parte.

Aunque todavía restaban sorpresas cuando de repente se informó que los escuadrones que todavía permanecían en la estación pasarían a estar dirigidos por jinetes. Llara y sus nueve compañeros en su dormitorio estaban en ascuas. ¿Cuál de los seres de aquella larga comitiva sería quien les guiase? La respuesta no se hizo esperar. No eran uno sino dos. El primero era claramente un hombre, alto, apuesto, fornido, con la piel azulada típica de un modificado y el cabello blanco. Acerca del otro no sabían qué pensar. Pudieran opinar que se trataba de una mujer, pero con un aspecto un tanto andrógino, alto, delgado, sin curvas, con el cabello rubio corto que apenas le caía hasta el cuello, y la piel blanca, pálida, pero cruzada de unas finas líneas grises, de una especie de trama como el mapa de las conexiones neuronales de un cerebro. No hubo tiempo para más, ni para presentaciones ni para bienvenidas. Enseguida la mujer con una voz metálica y neutra expresó:

– Acompañadnos. Hay cosas que hacer.

Y por ensalmo los diez, incluida Llara, fueron tras ellos. Les ordenadon ponerse los trajes espaciales, colocarse los impulsores y hacer acopio de fusiles, y en treinta minutos estuvieron ante una de las compuertas de salida. Pretendían que perfeccionaran el uso de los impulsores por el espacio vacío. Les enseñaron trucos para ahorrar combustible como aprovechar la inercia, y algunos movimientos de combate. También les mostraron la manera de reavituallarse de las boyas emplazadas en los alrededores. Estaban precisamente en una cuando un mensaje les llegó desde el mando central. Iba dirigido a los jinetes, ellos no lo escucharon, tan solo vieron que el gesto del hombre a través de la escafandra se torcía.

– Los nevolnosi han desviado y arrojado un meteorito en esta dirección. Los cañones lo han volado, pero antes un grupo de insectos se ha separado de la roca y con la inercia se dirigen hacia la boya. Hay que interceptarles y eliminarles antes que destrocen este punto.

Al momento el nerviosismo cundió entre el escuadrón. No esperaban que su bautismo de fuego se sucediera en aquella salida.

– Recordad, no tengáis piedad. Son solo bichos.- Completó la mujer.

Los jinetes los ordenaron en formación de dos líneas una encima de la otra. Llara estaba inquieta. A pesar de su entrenamiento era la primera vez que se disponía a disparar contra un ser vivo. En esos momentos hubiera preferido ejercer la tarea encomendada a un compañero que sostenía un foco de luz que apuntaba hacia Ansa. Mas allí se encontraba, empuñando un arma. Y cuando los vio, como cincuenta puntos negros distantes, no lo pensó dos veces y disparó. Por supuesto falló, y en los dos segundos hasta que el arma se recargó, pudo observarlos detenidamente a través de la mira del fusil. No eran como se los había imaginado. No eran arañas de ocho patas, o criaturas con el aspecto de mantis sobredimensionadas. Más bien eran como pulpos, con cabezas enormes y globulosas, dotadas de multitud de ojos en todas las direcciones, y seis tentánculos prensiles del doble de altura de un ser humano.

Una vez el arma se recargó, Llara apuntó con más detenimiento y esta vez su intento fue recompensando por la explosión de uno de los bichos. Rápidamente miró a su alrededor. Los dos jinetes de asteroides en vez de fusiles de descarga empleaban ametralladoras. Asemejaba ser aquel un arma más apropiada para aquella situación, de disparo más rápido. Cada vez que herían a un bicho se notaba puesto que a través de los orificios sus fluidos internos escapaban al vacío exterior. Llegó un momento en que la escena se volvió demasiado espesa, oscura, repleta de aquellas excrecencias. Llara disparó de nuevo y acabó con otro.

– Son demasiados. Apartaros de su trayectoria. ¡Ya!- Gritó uno de los jinetes por radio.

Llara obedeció, conectó el impulsor y se alejó. Y lo que vio al volverse la dejó consternada. Seis de sus compañeros habían seguido disparando a pesar del aviso, y los nevolnosi que quedaban se habían aferrado a ellos. Los trajes espaciales eran resistentes, pero la fuerza de los tentáculos era tal que los partieron por la mitad. Llara se quedó conmocionada. Con algunos de los finados había llegado a entablar una cierta amistad. Incluso con uno había elucubrado en conformar algo romántico. Y ahora sus vísceras flotaban congeladas.

– ¡Reacciona!- Gritó de repente una voz por el interfono.

Llara no se había percatado, pero uno de los nevolnosi, aprovechando el cuerpo inerte de un compañero, había tomado impulso y se dirigía hacia ella. No pensó, simplemente reaccionó. Apuntó y apretó el gatillo, justo cuando los extremos de los tentáculos ya la alcazaban. Sintió calor, sintió como si tiraran de ella hacia atrás, como si alguien pretendiera que su espalda se desprendiera de su cuerpo. Y de repente todo se apagó.

Cuando despertó se encontraba en la cama del hospital de la estación. Había un enfermero junto a ella que le explicó lo sucedido. Al disparar contra el nevolnosi estaba tan cerca que la explosion le alcanzó de lleno. Había tenido mucha suerte. La onda expansiva podría haberla reventado.

Pero Llara no creyó que había tenido suerte. Aun recordaba los trozos de sus amigos esparcidos, la muerte que inundaba el lugar junto con las entrañas de sus enemigos. Y derramó lágrimas amargas por ellos.

– No pienses en los muertos. Estás luchando por aquellos que vayan a sobrevivir.

En la entrada Llara vio a los dos jinetes de asteroides. Llara no sonrió al verles, su comentario le había parecido completamente inapropiado. No obstante, con el paso de los segundos cayó en la cuenta de que estaba siendo desagradecida, de que seguramente ellos le habían salvado la vida. La habían sacado del espacio vacío y la habían llevado al hospital. Por otra parte, nadie les había obligado a participar en aquel conflicto, sino se habían presentado voluntarios. Los dos jinetes seguían en la entrada y Llara finalmente les invitó a acercarse y se presentó. Ellos hicieron lo mismo. El hombre se identificó como Zorian. La mujer al principio caviló y terminó expresando: “Conóceme como Legión”. Llara parpadeó, pero tenía que acostumbrarse. Las maneras de aquellos seres eran bastante excéntricas. Charló con ellos en una conversación interrumpida por breves conatos de silencio. Hasta que Llara Genseridani observó en un reloj digital en la pared que eran las doce de la madrugada.

– ¿Sabéis? Hoy cumplo cién años.- Confesó.

– ¿Terrestres o krossianos?- Preguntó Zorian.

– Aún no soy tan vieja. Terrestres.- Los días en Kross tan solo duraban dieciséis horas. Pero el año tenía 653 días, y cien años krossianos equivalían a 119 terrestres.- Si acaso llegase a los cién krossianos os lo diré de nuevo.

Zorian sonrió. En cambio Legión se mostró meditabunda.

– Pudiera ser una casualidad.- Dijo con su voz metálica.- Pero la vida me ha demostrado que todo es causalidad. Curiosamente, hoy cumplo mil años.

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