Stoker

Stoker, de Park Chan-wook es una película que va de más a menos. Desde luego, no te lo esperas que va a ocurrir, pero cuando ocurre piensas: “¿Y eso es todo?”. Los primeros minutos es desde luego lo mejor. Piensas, ¿cómo concebir esta película? ¿Cómo la puedo relacionar? Hay quien dice de Stoker que es inclasificable. Yo no diría tanto. Stoker juega con la realidad aumentada, que cada momento, que cada sensación, por muy leve y repentina que sea, se ensalce hasta el infinito. O mejor dicho, a Park Chan-Wook parecen no gustarle, al menos en esos primeros minutos, los momentos clave, el instante en que se rompe a llorar, en que se estalla. Sino más bien los pequeños en derredor. En ese sentido se le puede relacionar con Amelie, pero en el lado opuesto. Mientras que en Amelie el gusto por los pequeños placeres se busca en pos de la felicidad, en Stoker el objetivo es el desasosiego. Rutinas que no terminan, rituales frustrados, interrumpidos, pero que continúan después, para no dar espacio al vacío.

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