No politicians in Spain

Esto es para nosotros que toda nuestra vida ha transcurrido en plena decadencia de Occidente, sin saber cuándo terminará, cuando llegaremos al fondo del pozo, y si seremos los afortunados en contemplar el repunte.

Sigues adelante, a pesar de las calamidades, de las envidias, de los desafueros, de los obstáculos. Caminas hacia el frente, un paso, después otro, sin desfallecer, sin pensar siquiera en detenerte, los músculos no se mueven porque lo desees sino por pura inercia. Y a veces te gustaría parar un instante, tan solo unos segundos, para reflexionar por qué lo haces, por qué no paras de avanzar. Hasta que llegas un momento en que dices: ¡Basta!

Toda la vida estudiando. Una carrera en la universidad, dos másteres, no sé cuantos cursos. Resulta que en tu país no tienes trabajo y emigras. Y acabas de friegaplatos durante los primeros meses en un hotel británico porque aunque te has hartado de aprendes el idioma no has alcanzado el nivel nativo. Tienes que perder ese acento, dicen, tienes que hablar el inglés como si no pensarás. Eso es ridículo, si hasta en castellano tengo que detenerme para pensar lo que digo. Pero pareciera que por ser extranjero, si quisieras trabajar con ellos, debieras tener el don del pico de oro, que como he dicho no es mi caso.

Y una noche de principio de verano, al salir de la restaurante, me pongo a pensar: “¿Por qué no se soluciona? ¿Por qué no he salido de ese sitio ya? ¿Soy yo o es el mundo?” Y es la supervivencia, el que mi mente no me entregue a un juicio suicida, cuando concluyo diciendo: “Es el mundo”. Y dentro del mundo principalmente el país del que he tenido que partir. Nadie tendría que verse obligado a emigrar, sobre todo después de las promesas que me vertieron en mi juventud. Que si estudiaría tendría un puesto de trabajo, que si me esforzaba quedaría integrado en la sociedad. Es la sociedad la culpable, y dentro de ella me fijo especialmente en los elementos alrededor de los cuales parece girar, el grupúsculo más significativo de su cultura, de su saber estar, discutiendo a voz en grito en el congreso o en el senado, que parece que se les pague por discutir, ocultando sus propias mentiras e incongruencias, la humildad no es una opción, la hipocresía es la regla, nunca admiten la culpa de lo que hacen, la desvían hacia otros, y en el camino a base de rascarse sus espaldas cualquier posible picazón debida al remordimiento sencillamente ha pasado a la historia.

Salgo a las dos de la madrugada del hotel. Me siento cansado, sucio, malhumorado. Hace un frío que pela, una fina llovizna cae sobre el pavimento, bajo los guantes siento la piel de la manos cuarteadas, avanzo aterido hacia mi apartamento en el East End. Y durante mi periplo tengo que atravesar calles solitarias. En un lateral descubro a mi pesar a una banda callejera. Esto es algo típico de las islas británicas, es algo frecuente encontrar en las esquinas de los barrios humildes a los gangs conformados por adolescentes. Esta en particular se encuentra compuesta por unos quince miembros de entre catorce y veinte años. Llevan abrigos gruesos, gorros de lana, pantalones de chándal y zapatillas deportivas, y por lo demás van armados con palos, cadenas, barras de hierro y navajas. Trato de mantener la compostura y pasar por delante de ellos tranquilamente, como si no pasara nada. Ya ha ocurrido otras veces, si yo no abro hostilidades ellos tampoco. Pero en esa ocasión la estrategia no me funciona. Aparentan estar más borrachos de la cuenta, o haberse metido algo que les ha animado sobremanera. Uno de ellos se separa del grupo y se pone delante mía. Intento esquivarle pero de nuevo el pandillero se interpone en mi camino. De momento no me ha tocado, el joven se limita a hacerme una pregunta insistentemente. “Ber ar yo fron?” “Ber ar yo fron?” Parpadeo, todavía no he conseguido controlar el infernal acento de los barrios bajos. Hasta que finalmente caigo en la cuenta.

– I’m from Spain.

Aquella no era la respuesta que el joven delincuente hubiera esperado. Al preguntarme de dónde era (Where are you from?), no quería saber de qué país era, sino en qué barrio vivía. Las bandas callejeras son fuertemente territoriales, si decía que venía del barrio rival, me darían una paliza, y si no también, por simple aburrimiento. En todo caso tenía las de perder, y ahora para colmo sabían que era extranjero. En general la población es amistosa y acogedora. Pero como suele decirse en todos sitios hay manzanas podridas. Aquellos muchachos eran los hijos de obreros amargados afectados por la crisis y que veían con malos ojos la presencia de inmigrantes que según ellos se quedaban con sus puestos de empleo. De este modo, el pandillero comenzó a espetarme un retahíla de oraciones y frases entre las cuales pronunció no menos de dieciocho veces la palabra “fuck”, y “fucking” como mínimo otras veinte veces, y cuyo sentido venía a decir: “Vete a tu país extranjero de mierda”.

Mas no me amilané. Estaba a punto de ser apaleado, pero no bajé la mirada. La persona que tenía ante mí se trataba de un xenófobo impresentable. Pero había algo en el fondo en lo que estaba de acuerdo con él, y es lo que justo andaba elucubrando: que no tendría que haber emigrado. Mi mirada ya no es la de un hombre abatido sino la de alguien que sabe a dónde va, que tiene un objetivo. Hasta tal punto que no me aparto ni me acongojo cuando el pandillero hace ademán de golpearme. En su lugar me mira a los ojos y es tal la furia contenida en ellos que le hace bizquear.

– I am not a mere inmigrant.- Pronuncio.- I am a political exile. I’m not returning to my country until there would be no politicians in Spain.

Los miembros de la banda son quince y están armados. Yo soy solo uno. Pero ante mi determinación los jóvenes delincuentes se apartan y tan solo aciertan a quedarse pasmados mientras me ven perderme en la oscuridad.

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