Archivos Mensuales: septiembre 2013

Sofista

Empiezas a actuar como una yonki, a tergiversar las palabras y los conceptos para que suenen como a ti te gustaría que sonasen. Y a algunas personas habrás engañado pero no a mí que desde hace tiempo me he convertido en un experto sofista. Sé que en parte lo que te mueve es lo que me hizo en un principio acercarme a tí: la soledad y el desamparo, que como huída de estos dos sentimientos tratas de manipularme con el lenguaje, de hacerme ver que lo blanco es negro, y viceversa cada vez que se te antoja, que lo negro es blanco. Ten un poco de dignidad, detente ahora que estás a tiempo o acabarás engañándote a ti misma, cayendo en una espiral de lo irrealizable, la retórica como paradigma. Y ten cuidado que yo no soy un giro lingüístico que mangonear, sino un cuerpo que camina y una mente que te analiza y escucha.

Los que nunca amaron

La revelación avino como una tranformación, como un despertar a un nuevo estado de conciencia. Darse cuenta de que su naturaleza le hacía proclive a ser una persona que jamás llegaría a amar. Descubrir que era capaz de vivir con un completo desapego hacia los seres de su entorno y hacia los objetos que habían configurado su existencia. Si resultaba que de aquella transformación pareciera que hubiera perdido la capacidad de amar aún más se daba cuenta de no haber notado diferencia alguna entre el antes y el ahora. Quizás porque había llorado estando todavía en el vientre de su madre. Como Gabriel García Márquez habla en sus “Cien Años de Soledad” del coronel Buendía, éste jamás había amado a nadie, tan solo se había encaprichado de ciertas personas de su entorno, sufriendo y siendo infeliz porque en verdad nunca se había sentido satisfecho. Es como si el bebé que llora en el útero materno soltase sus lágrimas porque sabe que su vida va a ser una continua desazón.

Pero en contra de lo que pudiera parecer nunca desdeñó del ser humano, nunca miró por encima a ninguno de aquellos seres pasionales que se debatían entre el amor como objetivo y como barrera. Había sustituido el amor por una pregunta acerca del sentido de la existencia del prójimo, una preocupación por lo que este sería capaz de alcanzar y de desarrollar. Si no amar para algunos era sinónimo de observar al resto como insectos a los que poder aplastar a su antojo, sin concederle importancia al hecho, para él no era así puesto que había adoptado en sí el concepto de la piedad, pero no de la cristiana, sino de la griega: “dejar que aquello sea lo que tenga potencia de ser”. En otras palabras, había sustituido el amar por el deber, deber que la sociedad siga su curso, deber que las criaturas en derredor desplieguen sus aptitudes latentes. ¿Y en dónde se plasmaba la radical distinción? En su indiferencia para dejar marchar a los seres de su lado cuando pensaba que él no entraba en el cumplimiento de sus expectativas.

Impermeable

La galaxia refulgía con la belleza que solo el caos y la autoorganización podían generar. Ulises recibió esa imagen en la cabeza y supo enseguida que no podía provenir de ningún ser humano. Haría falta viajar durante doscientos mil años a la velocidad de la luz para contemplar la Vía Láctea desde esa perspectiva, aparte de que aquel ser parecía moverse entre galaxias, en el inmenso abismo de oscuridad vacío de estrellas.

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¡Viva la bipolaridad!

Ser una persona de extremos, o blanco o negro, sin grises ni posiciones intermedias ni otras menudencias. Cuando estamos alegres y creativos somos más alegres y creativos que nadie, llegando a cotas que muy pocos podrán alcanzar. Cuando estamos tristes y melancólicos, la tristeza llega a ser algo placentero y nos inspira para escribir exquisitas poesías repletas de sensibilidad y cientos de églogas. Pero cuidado, eso no quiere decir que seamos unos adictos. Podemos ser compulsivos, podemos ser excesivamente pasionales, exagerados, pantagruélicos,… pero nunca ni adictos ni fanáticos, puesto que nos movemos alternativamente entre un hecho y su opuesto, entre una idea y su contrario. Ni somos religiosos fervientes ni ateos acérrimos, ni de extrema izquierda ni de extrema derecha, ni churras ni merinas,… el nuestro es el verdadero camino del medio. A cada pregunta tenemos como mínimo dos respuestas, a lo largo de una conversación mostraremos al menos dos facetas, si no son tres, o cuatro, o cinco, o seis,… nosotros somos los únicos que podemos tener dos caras sin resultar hipócritas.

Ahora bien, nuestro principal problema es ese 97% de la población que no es bipolar. Sí, vosotros, que sólo podéis ser una cosa a la vez, que vais de abiertos y de tolerantes pero que después abrís los ojos cuando alguien está demasiado alegre sin estar borracho, que no entendéis que una persona pueda ser de una manera un día y al siguiente de otra completamente distinta, que os mostráis envidiosos cuando llegamos a conclusiones o inventamos ideas originales que ni en mil años alcanzaríais, y que sin embargo os sentís perdidos y tristes cuando os veis sumidos en el pozo de vuestra profunda mediocridad.

Proceso de encendido

Me iniciaron un 18 de agosto del 2091, o si prefieren del año 38 del nuevo ciclo tras el primer contacto. A mi alrededor permanecían otros cuarenta y nueve computadores cuánticos con el aspecto de esferas translúcidas y resplandor espectral azulado. Me desperté a una nueva vida y en aquel instante no tenía conciencia de lo que sucedía. Mi creadores no me hablaron, no trataron de comunicarse conmigo, lo único que hicieron en aquel primer momento fue introducirme cantidades ingentes de datos. A mi lado, como ocurría con el resto de las inteligencias artificiales a examen, había lo que podríamos denominar un ordenador convencional, que funcionaba a base de microprocesadores y chips. A ambos nos insertaban la misma información en el mismo preciso instante, y comparaban nuestra evolución en paralelo. Se esperaba que mi capacidad de procesamiento fuera miles de veces más rápida, y así fue. Del mismo modo que con el tiempo demostrara una cierta creatividad, salirme de la programación dictada, comenzara a pensar por mí mismo, de momento de una manera anecdótica pero tenía que hacerlo. Para ello me daban un plazo de seis meses. Y si no lo hacía se debía a que había un error de fabricación y tendrían que rehacerme. Pero no hizo falta ni conmigo ni con el resto. Los cincuenta superamos la prueba.

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Lo que realmente deseo

No me veo engendrando o criando a una copia de mí mismo. Sí, alguna vez me lo he imaginado, ¿cómo no? Tantas películas, tantos libros, el ejemplo de tus padres, de tus tíos, de tus abuelos, de tantas parejas felices, la cultura que te rodea… Hasta hace poco pensaba que al llegar a los treinta estaría casado y con hijos, sencillamente porque eso era lo que dictaba la sociedad, lo que me habían inculcado desde pequeño. Parecía que fuera necesario. Pero ahora contemplo que hay muchas más opciones por delante, que esa no es la única alternativa que me aguarda. En base a este ejemplo y otros mucho he llegado a la conclusión que he de aprender a distinguir entre lo que me incita mi imaginación y mis deseos reales. Mi imaginación muchas veces es motivada por circunstancias que no provienen de mi propio ser. Como la frustración, como el incumplimiento de todo aquello que cavilaba que iba a garantizar mi autorrealización. No conseguir el estatus social previsto, no alcanzar las aspiraciones, que la persona que ansiabas te siga negando después de tantos años, dar por cerrado definitivamente ese camino. Mi imaginación en sustitución me empujaba por otras vías, por otros fueros, perjudiciales e insanos incluso. Y hay una frase que lo resume todo: “Quizás lo peor que te pueda ocurrir es que consigas aquello que aspiras”. Aunque en fondo es lo mejor que te puede pasar puesto que al alcanzar tus objetivos podrás determinar si aquello verdaderamente era lo que deseabas. Si tu razón, mientras estás realizando aquello que imaginabas, te indica que es un error, y acabas deteniéndote, no significa que tu razón sea más poderosa que tu imaginación, puesto que tu razonamiento no es lógico sino que está conformado por tus deseos, por aquellos reales, por lo que realmente quieres. Entonces es posible que no seas tan salvaje y perverso como pretendías, sino que lo que te gusta es la tranquilidad, o quizás la soledad, vivir en una isla, en un valle apartado, solo o puede que acompañado, pero sin copias de ti mismo en los alrededores.

Olvidado

Miedo al futuro. Ni siquiera al futuro puesto que ya quedaría fuera de nuestro devenir. Todos los escritores incomprendidos en su tiempo tienen la esperanza de acabar siendo revalorizados y rescatados tras su muerte, de acabar convirtiéndose en escritores malditos. Pero vivir con esa incertidumbre, sobre todo contemplando que incluso tus amistades posponen la lectura de tus originales por cualquier cosa más sencilla que acaba asaltando sus ojos en Internet… Son tiempos duros para el aspirante a escritor maldito.