Ponyo en el acantilado

Ahora que en los últimos tiempos se está comentando el anuncio de la retirada del maestro Hayao Miyazaki tras el estreno de su última película en el Festival de Venecia, es momento de hablar de una de sus obras más recientes: “Ponyo en el acantilado”.

Como siempre las películas de Miyazaki son obras de culto de dibujos animados que sugieren mundos fantásticos que solo caben en la imaginación. En esta ocasión una fantasía marítima y oceánica repleta de matices medioambientales. Y es que Miyazaki continúa demostrando que el dibujo animado, aunque muchos lo consideren un género menor, sigue siendo capaz de inventar y de mostrar realidades alternativas con una mayor soltura, y desde luego con mucho menor coste, que las películas de actores de carne y hueso.

No obstante, con respecto a otras de sus obras, “Ponyo en el acantilado” peca de dos faltas o defectos a mí entender. Carece de la suprema ambición con la que contaban otros títulos como Mononoke, Chihiro o “El castillo ambulante”. Y es infantil hasta decir basta.

Normalmente es lo que sucede cuando un director decide que un niño sea el protagonista, que aunque no lo haya pretendido la cinta termina siendo infantil. Salvo contadas excepciones como “El espíritu de la colmena”.

Hay algo acerca de los niños que ha seducido a muchos artistas del cine, y es que los niños aceptan sin reservas la magia. A los adultos les cuesta más, ven un hecho sobrenatural y tratan de contemplarlo, aunque sea mínimamente, bajo el cariz de la racionalidad. Pero con los niños no pasa. Del mismo modo que son capaces de aceptar desde pequeños, antes de saber cómo funciona, que se aprieta un botón y se enciende la luz de una bombilla, los niños observan algo como que una pez se ha vuelto humano, y no resulta increíble, para ellos es tan natural como la vida misma. Y eso es uno de los mayores aciertos de Ponyo, que lo fantástico fluye con espontaneidad, que mezcla, que se macla, con lo que podemos decir que es el mundo real, y apenas se percibe separación entre ambas dimensiones.

Aunque, vuelvo a decir, el exceso ha provocado que termine resultando demasiado infantil.

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