El universo lento

En un universo lento el límite lo impone la velocidad de la luz. Tanto para los viajes, las exploraciones, las comunicaciones, incluida para la expansión de la galaxia. Aunque, ¿quién sabe? El límite de nuestro conocimiento muchas veces viene determinado por el límite de nuestra percepción. Si la velocidad de todas las estrellas alejándose de nosotros fuera mayor que la de la luz, sencillamente el firmamento se contemplaría absolutamente negro puesto que el fulgor de esos astros nunca llegaría a nosotros. Es más, de este modo, ni siquiéramos sabríamos que existen otras estrellas. Entonces, se pudiera pensar: no es que vivamos en un universo lento, es que dentro de la grandeza de sus espacios infinitos residimos en “el” universo lento, aquella parcela de la inmensidad que, al permanecer dentro de los límites, podemos otear sus rastros.

E igualmente se trata del universo conectado, de aquella fracción de masa y energía que podemos asegurar que se haya interrelacionada. Aunque sea tan solo mediante el flujo luminoso. Puesto que podemos contemplar el resplandor de una galaxia a tres mil millones de años luz, un hipotético habitante de ese lugar también podría observar el halo de nuestro Sol cuando era más joven, y en la Tierra apenas comenzaban a surgir las bacterias.

Y si se halla conectado, según las teorías del caos un suceso en nuestra galaxia puede repercutir sobre el resto del universo, y viceversa. Sus efectos pueden propagarse sobre la maraña de interrelaciones de tal manera que el leve aleteo de una mariposa pueda provocar un tifón en el otro extremo del mundo. Asimismo, para que esto tenga lugar, para que un hecho en un emplazamiento sea capaz de afectar a otro muy distante significa que  en todas partes de este universo lento deben tener lugar los mismos fenómenos, deben cumplirse las mismas leyes físicas, donde los elementos del sistema periódico son prácticamente los mismos, los átomos cuentan con las mismas propiedades y se interrelacionan de idéntica manera.

Y dadas todas estas circunstancias en un universo lento pudieran finalmente ocurrir fenómenos como la telepatía. Cuando la humanidad, o más bien sus científicos puesto que ya era conocida por muchos, constató su existencia, en un comienzo se mostraron incapaces de comprender su naturaleza. Se argumentaron teorías absurdas para justificarla como que el pensamiento no tiene masa ni energía, puede propagarse a cualquier lugar del universo instantáneamente, superar los límites de la velocidad de la luz. Mas todo es masa y energía, y el concepto de simultaneidad es disparatado. El tiempo es relativo, transcurre en función de la velocidad con la que nos movamos. Por ello no puede existir simultaneidad entre poblaciones que se trasladan a distintas velocidades.

Hasta que se concibió que quizás no tuviera nada que ver ni con la mente ni con el pensamiento. Desde el punto de vista matemático la telepatía se puede definir como la probabilidad de que dos personas alejadas e incomunicadas entre sí piensen lo mismo en un instante cercano. Si son personas coetáneas, pertenecientes a la misma cultura, entre las que existe una cierta familiariedad, esto es más o menos posible. Como lo que ocurre entre dos amantes. Puesto que cada uno de ellos piensa en el otro con frecuencia es bastante probable que surjan pensamientos similares en momentos coincidentes.

Ahora bien, lo contrario sucede conforme dichas personas se mueven en ámbitos distintos. La probabilidad se hace cada vez menor, hasta volverse practicamente nula. Teniendo en cuenta que estamos tratando con seres inteligentes en cuyas mentes puede caber cualquier pensamiento, el que estos coincidan en un momento dado es virtualmente imposible.

Pero entonces fue formulada la “hipótesis de Arresi” que daba la vuelta a la tortilla en aquel problema estadístico. Este pensador en primer lugar definió lo que él llamaba los vórtices de causalidad, lugares, situaciones, en los que cualquier hecho pudiera ser posible. Como un cerebro inteligente. Cualquier pensamiento puede surgir en su interior, cualquier idea. De este modo los vórtices de causalidad pueden ser comprendidos como acumulaciones máximas de incertidumbre. Puesto que cualquier hecho es posible, nadie puede prever qué ocurrirá inmediatamente a continuación, la opción que finalmente tendrá lugar. Por ello el número de universos paralelos que surgirían a partir de esta situación podría comprenderse infinito.

Entendido esto, a continuación Arresi propugnaba olvidarse de los posibles universos paralelos y centrarse en lo que ocurriera en uno solo de ellos: “Imaginemos que dos o varios vórtices de casualidad tienen lugar en el universo. No hacen falta siquiera que sean simultáneos, pero sí que se hallen encadenados en la relación causa-efecto. Estos vórtices atraen a su alrededor todos los posibles acontecimientos, son como agujeros negros de sucesos, todo puede acaecer a su alrededor. En este contexto planteemos uno situación en que los hechos que acontecen en un lado y en el otro son antágonicos, completamente divergentes. Me explico. Como hemos dicho el universo está conectado, es continuo, las leyes físicas son las mismas en toda su extensión. En este contexto cuando hablo de sucesos opuestos, hablo de hechos tan diferentes entre sí que aunados puedan provocar una rotura en esta continuidad. De repente el universo se rompe, se desgaja en varias fracciones, dejan de interactuar entre sí.

>> Ahora bien, supongo que dirán: pero esto nunca ha ocurrido, las leyes físicas nunca se han roto, no se pueden romper. O también podríamos argumentar, y esa es la base de mi hipótesis, que como no hemos contemplado que esto haya sucedido quizás lo que pasa es que la realidad se defiende. ¿Y cómo lo hace? Pues precisamente evitando que tengan lugar estos sucesos disruptores. Se establece una especie de conexión entre estos vórtices de posibilidad, un agujero de gusano entre los pozos de incertidumbre de tal manera que dentro de un mismo universo los sucesos que tienen lugar a continuación tienden a evitar cualquier posible conato de disrupción, o sea, tienden a ser similares entre sí, a reproducir las mismas pautas. En definitivas cuentas, sucede que acaban siendo exactamente los mismos a pesar de la distancia. Explicado con un ejemplo sería como si en cada uno de estos vórtices hubiésemos plantado semillas de árboles de una misma especie. Aún más, diría árboles con el mismo ADN“.

En un comienzo muy pocos le concedieron crédito. Proponía algo milagroso, inaudito. Que un mismo suceso podía trasmitirse a cualquier parte del universo sin tener en cuenta la distancia, únicamente bajo la condición de que existieran vórtices de causalidad. Parecía ilógico, sencillamente escapaba a la razón. Sin embargo, fue la única hipótesis capaz de explicar el fenómeno de la telepatía. Dos seres inteligentes separados entre sí, sin ningún contacto, dos cerebros pensantes, dos vórtices de causalidad en definitivas cuentas ya que son capaces de cavilar cualquier cosa, de concebir cualquier pensamiento, cualquier concepto, cualquier imagen. Y de repente, aunque sus orígenes son completamente diferentes, surge en ellos la misma idea más o menos sincrónicamente.

Aquel descubrimiento fue revolucionario. Incluso pudiera argumentarse como el mayor hallazgo de la humanidad en toda su historia. Mayor que la invención de la inteligencia artificial, mayor que la prueba de la existencia de vida extraterreste inteligente. La telepatía fue lo que posibilitó a la raza humana expandirse en aquel universo lento, por las estrellas de la galaxia alrededor. Como a Épsilon Eridani a diez años luz de distancia. Ningún mensaje de radio ni ninguna nave podrían llegar en menos de una década. Sin embargo, gracias a la telepatía las comunicaciones podían establecerse casi a tiempo real. Los colonos podían informar a la metrópoli de lo que les acaecía, podían notificar de lo que les faltaba, podían establecerse las bases de las relaciones comerciales que permitirían que la humanidad no se escindiera.

Han pasado mil años. Ahora la esfera de influencia humana sobre la Vía Láctea se expande sobre veintiocho mundos contando el sistema solar, veintiocho mundos que se mantienen en contacto a través de la telepatía. No obstante, han pasado diez siglos y la humanidad ha incurrido en un grave error: no ha seguido investigando. Ha constatado la existencia de la telepatía, ha identificado a través de la hipótesis de Arresi la que probablemente sea su naturaleza, pero no ha seguido indagando acerca de sus posibilidades. La humanidad, diez siglos más tarde, todavía no comprende lo que es residir en un universo lento.

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