Bendito Darwin

No me encontraba en mi mejor momento cuando conocí a Charlie y Gorgi. Desempleado desde hacía varios meses, la crisis económica que afectaba sobre todo al sector en el que me movía, bajo de moral, las perspectivas que me habían fallado, sentir que el mundo me había abandonado, un futuro aciago que había dejado de serme conocido y previsible,… en fin, se lo pueden imaginar.

Puedo suponer que, de no haberme visto sumido en estas circunstancias, jamás habría llegado a entablar amistad con este dueto. Mi contexto cultural hasta ese momento había sido muy diferente al suyo. Provenía de un mundo en el que estaba acostumbrado a luchar, a desenvolverme por mí mismo, con unas ambiciones, unos deseos, unas pretensiones de futuro, los objetivos que me había marcado siempre los había alcanzado a base de tesón y esfuerzo, el entorno social en el que me movía era un entorno de personas instruidas, cultas, con los pies en la Tierra, gente que era capaz de proponerse cosas y de llevarlas a cabo.

Y en contraposición, qué decir de Charlie y Gorgi. Sencillamente que pareciera que no hubieran hecho nada para llegar al lugar donde estaban. Acababan de desembarcar en la treintena, como yo. No podían mencionar haber tenido una relación duradera en su vida, también como en mi caso. E igualmente estaban desempleados. No obstante, si yo había estudiado una carrera, había realizado un Master, había terminado no sé cuantos cursos e incluso había finalizado el doctorado antes de cumplir los treinta, como he dicho ellos asemejase que se limitasen a contemplar la vida pasar. Gorgi había sido el eterno estudiante de una diplomatura que había alcanzado a concluir porque su madre se empeñó detrás de él. Y en cuanto a Charlie tenía treinta años y todavía estaba enfrascado en un módulo de formación profesional. Tenían la mente perdida en mil cavilaciones, en mil tonterías, no se daban cuenta que el tiempo transcurría y que ellos proseguían en aquel estado, sin llegar a nada.

Había quien decía que padecían un cierto retraso. No lo sé, nunca les hice un test. Desde luego oficialmente no tenían problemas, no eran discapacitados ni nada por el estilo, o por lo menos objeto de una discapacidad avalada y aceptada por el gobierno. Pero si llegabas a conocerlos bien ciertamente constatabas que había algo en su naturaleza, discapacidad o no, que provocaba que les fuera muy difícil hallar un empleo y sobre todo conservarlo.

Llegados a este punto alguien pudiera pensar que si bien eran un desastre para unas cosas, pudieran ser por otro lado unas bellísimas personas por dentro, y por ello conformamos amistad. No, está claro que no van por ahí los tiros. Eran igual de mezquinos, envidiosos e hipócritas que el resto de los mortales.

Entonces, ¿cuál fue la razón de que nos encontráramos? Pues sencillamente que estaban ahí. Que a pesar de mi pasado supuestamente brillante, supuestamente excelso, repleto de personas y amistades valiosas, dado un momento en el que me alcanzó la crisis todos me fueron abandonando, me vi solo. Y ellos estaban allí, y yo igualmente estaba ahí. Nos hallamos, nos vimos, nos comprendimos. Pudiéramos enfadarnos, dejarnos de hablar durante meses, pero como no teníamos a nadie más, volvíamos a la carga. Aunque parezca duro y mezquino era la necesidad. Bendito Darwin, la diversidad genética y sociocultural nos cría, y la selección natural nos junta. Nos encontramos, nos vimos, y la urgencia de tener a alguien con quien defenderse, que nos comprendiese en aquel momento tan duro de nuestras existencias hizo que llegáramos a coincidir.

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