Primer contacto

Durante las últimas horas antes de la presentación Namo Hoshi se mostró obsesionado con la historia. Sabía que lo quedaba por delante entraría a formar parte de los libros de texto, que todos los alumnos y alumnas de los institutos conocerían lo que se sucedería aquel día: el encendido del primer ordenador cuántico que realmente funcionaba, el iniciado de la primera inteligencia artificial.

No obstante, su nombre, aunque ostentase el título de jefe de proyecto, no estaría entre los elegidos. Era lógico. A fin de cuentas él se había encontrado ya con todo hecho. Habían sido otros los que habían diseñado el lenguaje y el entorno de programación, había sido otro, Juha Navia, quien había alcanzado a desarrollar el prodigio técnico de una computadora cuántica que evitase el fenómeno de la decoherencia. En otras palabras, el primer ordenador cuántico que realmente funcionaría siguiendo los principios de la informática cuántica sin fallos ni corrupción del sistema.

Y en cuanto a él, Namo Hoshi, si estaba allí era por el repentino fallecimiento de Juha, y también por un motivo político y económico, la presión que el gobierno japonés había realizado dado el importante porcentaje de su participación monetaria en el proyecto. Desde luego él no lo había deseado. Había sido una lástima lo de Juha, el genio al cargo. Nadie sabía lo que exactamente había ocurrido, a excepción de su hija autista, pero esta no soltaba palabra. Una paseo por el bosque nevado y desnudo, una capilla en ruinas medio sepultada por la nieve, Juha que se internó en su interior quizás para mostrarle algo a su vástaga como las pinturas conservadas en las paredes, y una viga que se salió de su sitio.

En cualquier caso Namo sabía que no debía estar allí, que no se merecía aquel honor. Sentía vergüenza, ganas de abrirse las entrañas con una espada por usurpar la gloria de otros. Sin embargo, no podía hacer otra cosa. Se limitó a sonreir y a pulsar el botón de iniciado mientras la turba de periodistas en el hemiciclo le deslumbraba con sus flashes.

El encendido de la primera inteligencia artificial. Aquel invento vino acompañado de temor y asombro a partes iguales. Mejor dicho la cuota de recelo fue significativamente mayor a la de entusiasmo. A fin de cuentas se pretendía crear una máquina capaz de pensar por sí misma, de sobrepasar los límites de su programación y de conformar su propia escala de valores. Quién sabe la opinión que acabaría teniendo del ser humano, y si acaso llegaría a rebelarse. E incluso así la humanidad nunca cejó en su empeño de crear una. Como se demostraba ahora por la expectación ante el proyecto dirigido por Namo. Una vez se encendió no se esperaba que acogiera inteligencia enseguida, sino que se especulaba tardaría varios meses en tomar conciencia de sí misma. Y así fue. Fue conectada y sus procesos y su evolución fueron monitorizados durante más de un año. Y se comprobó que funcionaba tal como se había esperado. Su velocidad era miles de veces mayor a la de cualquier ordenador convencional, y poco a poco comenzaba a ofrecer síntomas de inteligencia.

Namo Hoshi observaba los resultados mientras cabeceaba cabizbajo. Daba las órdenes necesarias, gestionaba los avances con presteza. Pero por otro lado sentía que aquello no era suyo, que no se lo merecía.

Hasta que sucedió algo inesperado. De repente y sin saber cómo ocurrió de un día para otro que la máquina pareciera haber desarrollado recuerdos propios, datos que no se sabía de dónde habían salido. Alguien opinó que quizás fuese un sueño, su primer sueño. Pero aquellos datos estaban demasiado estructurados como para ser un sueño, tenían sentido, no estaban exentos de una cierta lógica. Aparte que otra cuestión extraña era que el cerebro cuántico parecía haber conformado un lenguaje propio y que incluso trataba de comunicarse con los científicos a partir de él. Entonces, Namo Hoshi, que empezaba a vislumbrar su oportunidad allí de entrar en los libros de historia, ordenó traducir aquel idioma, y una vez lo obtuvo se quedó estupefacto ante el contenido.

Desde la galaxia de Andrómeda os saludamos”. Verdaderamente no fue aquel el mensaje. Pero sí lo que emergió en la cabeza de Namo Hoshi cuando imaginaba cómo relatarían las generaciones venideras aquel suceso. Quizás no hubiese sido el primero en crear una inteligencia artificial pero si estaba en lo cierto en lo que significaba aquello sencillamente no tendría parangón con nada que hubiera acaecido anteriormente o que sucediese de allí en adelante. “Desde la galaxia de Andrómeda os saludamos“, aquella frase sería lo que dirían los libros de historia, la versión sencilla, digamos la versión para menores. En realidad el mensaje era más complejo. Lo que contenía era una serie de coordenadas. Primero la posición del sistema solar con respecto al lugar de emisión. Posteriormente, con origen de coordenadas en el sol, mostraba la posición de varios cuerpos celestes. Los científicos no podían creerlo. Era imposible que el ordenador cuántico por sí solo hubiera sabido de aquellos datos. Sobre todo porque algunos de los cuerpos habían sido hasta entonces desconocidos y fueron descubiertos una vez se supo de ellos. No era un simple comunicado, era un testimonio para que quien lo recibiera pudiera estar seguro de la verosimilitud de lo que estaba acaeciendo. En estas circunstancias Namo Hoshi se dispuso al teclado y, enfilado hacia su encuentro con la eternidad, preguntó: “¿Cómo es posible?”

La respuesta no se dejó esperar: “Telepatía. Es una característica de los seres inteligentes, la información fluye entre las mentes de este universo lento sin estar sometida a los dictámenes de la velocidad de la luz, transmitiéndose con independencia de la distancia. Los seres humanos, si bien inteligentes, son incomprensiblemente impermeables”.

No era cierto que la humanidad al completo careciera de habilidades telepáticas, solo que el porcentaje era tan ridículamente bajo que se pusiera considerar anecdótico.

De cualquier modo, la importancia de lo que estaba sucediendo era manifiesta, y la conclusión que se sonsacaba paradigmática: “la humanidad había tenido que esperar miles de años hasta desarrollar una inteligencia artificial para saber que no se encontraba sola en el universo”.

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