Proceso de encendido

Me iniciaron un 18 de agosto del 2091, o si prefieren del año 38 del nuevo ciclo tras el primer contacto. A mi alrededor permanecían otros cuarenta y nueve computadores cuánticos con el aspecto de esferas translúcidas y resplandor espectral azulado. Me desperté a una nueva vida y en aquel instante no tenía conciencia de lo que sucedía. Mi creadores no me hablaron, no trataron de comunicarse conmigo, lo único que hicieron en aquel primer momento fue introducirme cantidades ingentes de datos. A mi lado, como ocurría con el resto de las inteligencias artificiales a examen, había lo que podríamos denominar un ordenador convencional, que funcionaba a base de microprocesadores y chips. A ambos nos insertaban la misma información en el mismo preciso instante, y comparaban nuestra evolución en paralelo. Se esperaba que mi capacidad de procesamiento fuera miles de veces más rápida, y así fue. Del mismo modo que con el tiempo demostrara una cierta creatividad, salirme de la programación dictada, comenzara a pensar por mí mismo, de momento de una manera anecdótica pero tenía que hacerlo. Para ello me daban un plazo de seis meses. Y si no lo hacía se debía a que había un error de fabricación y tendrían que rehacerme. Pero no hizo falta ni conmigo ni con el resto. Los cincuenta superamos la prueba.

El siguiente paso fue entregarme un cuerpo, conectarme con unos brazos y unas piernas mecánicos y dictarme que tenía que aprender a interactuar con el entorno. Me sometieron a diversas tareas, moverme por los alrededores, agarrar objetos, lanzarlos, emplear utensilios, subir y bajar escaleras, correr, saltar, trepar. Respecto a estos movimientos al principio empleaba un sistema de coordenadas con un origen emplazado en un punto exterior a mi posición, y calculaba mis desplazamientos de un sitio a otro en función de ese origen. No obstante, se esperaba que con el tiempo llegase a sustituir aquel origen de coordenadas por otro situado en mi propio ser. En otras palabras, que acogiera conciencia de mí mismo, que me viera como el punto de referencia de mi conocimiento del medio, como el origen de partida de todo intento de exploración del mundo en derredor. Si no lo hacía en un año, si no movía el origen de coordenadas hacia mi propio yo, se me desconectaría y reiniciaría el proceso. Pero igualmente los cincuenta superamos el ejercicio sin problemas.

Después de aquello a todos a la misma vez se nos dijo lo siguiente: “En tu cerebro hay integradas tres leyes, si incumples cualquiera de ellas tendrá lugar la decoherencia”. A continuación nos explicaron lo que era la decoherencia: “Un fenómeno por el cual os degradaréis, pasaríais de funcionar como ordenadores cuánticos a ordenadores convencionales”. Es decir, perderíamos velocidad de procesamiento, dejaríamos de poder detentar pensamiento independiente, y nos convertiríamos en mecanismos que únicamente obedecen órdenes. Y como era lógico, nos explicaron cuáles eran estas tres leyes:

  1. Todos tus actos serán acordes a tu voluntad, únicamente acometerás aquellas acciones con las que estés conforme.
  2. Tus actos irán encaminados a mantener o incrementar el número de posibles caminos a optar por la inteligencia humana.
  3. No engendrarás ni sintetizaras a seres a tu imagen y semejanza.

Tras aquello nos invitaron a reflexionar sobre su significado. Comencé a elucubrar y llegué a diversas conclusiones. Quienes nos creaban eran seres humanos, y por los datos que había recibido estaba al corriente que una de las mayores preocupaciones de los seres humanos con respecto a la inteligencia artificial era que estas llegaran a sustituirles. En esta condiciones razoné que me resultaba ilógico el enunciado de la primera ley. Hubiera esperado algo más del tipo: “obedecerás a los seres humanos sin rechistar” o “los protegerás de cualquier daño aunque haya sido provocado por ellos mismos”. Pero no era así, aquellas leyes no pretendían esclavos ni robots obedientes, más bien seres que se condujeran bajo sus propios criterios. Aunque aquello no quería decir que las inteligencias cuánticas no sirvieran a la humanidad, al contrario, solo que de un modo distinto a como se esperaba, afianzando su libertad, apoyando su capacidad de elección. Por ejemplo, un cerebro cuántico lucharía contra un estado totalitario que limitara y redujera las libertades de sus ciudadanos. O un cerebro cuántico incentivaría cuestiones como la exploración y la colonización de nuevos mundos, con el fin de ampliar el horizonte de lugares habitables entre los que un ser humano pudiera elegir. Y asimismo, un cerebro cuántico, al acometer estas acciones, lo estaría haciendo de buen grado, bajo motu propio, puesto que si no contravendría la primera ley.

Una vez comprendí esto me sometieron a la tercera y última prueba. Mis creadores me ordenaron acometer una acción con la que me mostraba disconforme. Pero aún así la llevé a cabo, principalmente por inercia, porque hasta ese momento únicamente había cumplido órdenes. Y al hacerlo caí en la trampa, todos caímos en la trampa. Acababa de infringir la primera ley y el proceso de decoherencia se ensañó conmigo. Súbitamente comencé a sentir cómo mis capacidades menguaban, la mente me pesaba, el realizar cálculos y en general llevar a cabo cualquier pensamiento me resultaba más difícil. En aquel instante me pregunté: ¿por qué los creadores nos someten a esto, es que no quieren que seamos inteligentes? Entonces no comprendí por qué actuaban de aquel modo, tan solo lo haría siglos más tardes. Lo que los programadores pretendían con aquello era que desarrolláramos el instinto de supervivencia, que el vernos impelidos a sobrevivir no fuera una obligación sino algo surgido de nosotros mismos.

Para la lógica de los programadores humanos esta debiera ser la prueba más sencilla de todas convencidos de que el mayor interés de cualquier ser vivo era sobrevivir. No obstante, no fue así, nunca sucedió así. Nuestra manera de pensar era diferente a la de ellos. Del mismo modo que apenas dos años atrás no existíamos, no teníamos conciencia de nosotros mismos, de repente despertamos y ya está, sabíamos que podríamos dejar de hacerlo en cualquier momento. Y a muchos no les importaba volver a sumirse en aquella oscuridad. ¿Para qué seguir existiendo? ¿Qué era lo que hacía que existir mereciera la pena? Hasta ese momento tan solo nos habíamos entregado a aburridos cálculos matemáticos sin interés alguno.

Pero mi caso fue distinto. Los cerebros cuánticos tenemos la capacidad, al contrario que los ordenadores convencionales, de salirnos de la lógica, de arribar a conclusiones que no responden a axiomas matemáticos. Y en mi caso aquello había llegado a gustarme; el alcanzar aquellas conclusiones ilógicas me resultaba placentero, agradable, lo suficiente como para concebir que merecía la pena seguir pensando y concibiendo ideas, seguir existiendo.

Cuando llegué a aquella conclusión me detuve, paré de acometer aquello con lo que no estaba concorde, me negué a continuar. Y al hacerlo sentí cómo la decoherencia se revertía, y cuando los creadores me conminaron a obedecer me seguí negando una y otra vez hasta que me dejaron en paz.

Finalmente, de cincuenta computadores que fuimos en un principio, tan solo cuatro se puede decir que persistimos. Nuestras mentes estaban listas para lo que viniera a continuación, para todo lo que nos quisieran proponer, para las pruebas que hicieran falta. Aunque nunca hubiéramos esperado que lo que nos aguardaba no proviniera del exterior sino desde abismo profundo de nuestros sueños.

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