Impermeable

La galaxia refulgía con la belleza que solo el caos y la autoorganización podían generar. Ulises recibió esa imagen en la cabeza y supo enseguida que no podía provenir de ningún ser humano. Haría falta viajar durante doscientos mil años a la velocidad de la luz para contemplar la Vía Láctea desde esa perspectiva, aparte de que aquel ser parecía moverse entre galaxias, en el inmenso abismo de oscuridad vacío de estrellas.

Ulises pareció despertar de repente. Era un chico de apenas doce años, cabello castaño oscuro, mediana estatura, delgado, ojos azules. Enseguida uno de los adultos de la sala fue directo a él para preguntarle si había visto algo inusual. Ulises contestó que no, que tan solo se había acordado de que se había olvidado de darle de comer a su mascota. El chaval se encontraba en el inmenso salón con el resto de potenciales. Entre la especie humana el porcentaje de telépatas era muy bajo, y la manera de buscarlos no era analizando el perfil genético. Dada la hipótesis de Arresi la capacidad telepática no se debía a un gen sino que había que detectarla entre aquellos con tendencia a la soledad, a la misantropía, a la introversión. No era cierto que la raza humana no tuviera capacidades telepáticas, todos los infantes nacían con ella, solo que la perdían conforme crecían, a los tres, cuatro, cinco o seis años. Y la razón se debía al condicionamiento social y cultural. Los seres humanos eran inteligentes pero igualmente seres sociales, conforme maduraban tendían a dejarse llevar por los parámetros sociales, a actuar por imitación de lo que veían a su alrededor. De este modo, los citados vórtices de causalidad que deberían formarse, aquellas situaciones donde cabían todas las posibles opciones, se difuminaban a tan solo unas pocas alternativas mayormente aceptadas por la sociedad en derredor.

Y esto ocurría a excepción de en unas pocas personas, los excéntricos, los misántropos, aquellas con una capacidad de concentración y meditación fuera de lo normal. Ulises siempre había sido un niño solitario y retraido, por lo que era un potencial. Sus maestros así lo corroboraban y se lo habían comunicado a las autoridades del ghetto. De este modo lo habían convocado al edificio del gobierno aquella mañana y lo habían introducido en un módulo de mente proyectada. No hacía falta que fuera un telépata puro, el módulo de mente proyectada era una especie de cápsula que sumergía a la persona en un estado de calma a la vez que le inyectaban en la mente un sinfín de imágenes de diferente naturaleza con el fin de confluir en un vórtice. De esta manera, con aquel artilugio, se incrementaba el porcentaje de telépatas humanos a un 1%.

No obstante, a Ulises no le hacía falta el módulo. Él ya sabía que era un telépata natural, o un vasseguta o mente subyugada como se les llamaba en otros contextos. Pero no estaba dispuesto a advertir su naturaleza porque en ese caso le separarían de su familia, se lo llevarían del ghetto, lo meterían en subterráneos secretos, o en las profundas cámaras de las naves espaciales, donde el resto de su vida la pasaría captando y enviando mensajes, sin ser capaz de mayor relación con sus congéneres ni de volver a ver la luz del sol.

En los alrededores otros de los muchachos también habían alcanzado a contemplar la galaxia, aquel era un vórtice que con mucha facilidad se conectaba con sus mentes aquel día. Y una parte de Ulises deseaba imitarles, volver a engancharse, a vislumbrar la Vía láctea, las miríadas de bombillitas titilantes, el halo espectral que absorbía la pléyade de tonalidades, la creación en todo su esplendor, la plenitud de la materia y de la luz. Pero tenía que contenerse, debía atenuar su excesiva tendencia hacia la introspección. Todo vórtice de causalidad que aparece en el universo busca otro vórtice con el que conectarse, era la manera cómo la realidad se defendía, una ley aún no escrita, aún no verificada científicamente. Pero así era. No obstante, un vórtice no entra en comunión con otro cualquiera al azar, sino que se debe cumplir una condición. Dos vórtices se enlazan si su naturaleza permite que haya un hecho probable común a ambos. Por ejemplo, allá afuera había alienígenas que se habían adaptado a la oscuridad y al vacío. No tenían ojos ni oídos. Sus mentes no conocían lo que era el sonido, ni eran capaces de percibir la luz. De este modo ningún humano había sido capaz de de comunicarse con ellos. No cabía la posibilidad de que hubiera imágenes comunes a ambos, ni palabras u otros sonidos.

No obstante, aquel ser sí tenía ojos, y en ese momento se hallaba ensimismado con la mirada fija en la galaxia. Si Ulises cerraba los párpados veía las espirales alrededor del núcleo, adivinaba la mayor concentración de luz y de nebulosas hacia el centro. También divisaba el vehículo espacial o lo que fuera aquello donde se encontrara el ser. Parecía envuelto en una especie de membrana transparente, flexible. Caminaban sobre ella, y conforme lo hacían cambiaba de forma. Uno de los potenciales en la sala llegó a percibir que el ser era antropomorfo, que tenías dos brazos, un tronco, una cabeza. El ser no se miraba en un espejo, no podían saber cómo era la apariencia de su testa, pero sí que se hallaba embutido en un traje espacial de color granate. Ulises además veía moscas, pupulando tranquilas en derredor. Era probablemente el muchacho con las mayores capacidades de aquella sala y no quería mostrarlas. Se negaba a cerrar los ojos, pero si los mantenía así demasiado tiempo los inspectores se percatarían y sospecharían.

Únicamente pudo respirar cuando la prueba por fin finalizó. Todos salieron contentos. Las autoridades se hicieron con unos cuantos telépatas y Ulises recibió un documento con el sello de “impermeable”.

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