Los que nunca amaron

La revelación avino como una tranformación, como un despertar a un nuevo estado de conciencia. Darse cuenta de que su naturaleza le hacía proclive a ser una persona que jamás llegaría a amar. Descubrir que era capaz de vivir con un completo desapego hacia los seres de su entorno y hacia los objetos que habían configurado su existencia. Si resultaba que de aquella transformación pareciera que hubiera perdido la capacidad de amar aún más se daba cuenta de no haber notado diferencia alguna entre el antes y el ahora. Quizás porque había llorado estando todavía en el vientre de su madre. Como Gabriel García Márquez habla en sus “Cien Años de Soledad” del coronel Buendía, éste jamás había amado a nadie, tan solo se había encaprichado de ciertas personas de su entorno, sufriendo y siendo infeliz porque en verdad nunca se había sentido satisfecho. Es como si el bebé que llora en el útero materno soltase sus lágrimas porque sabe que su vida va a ser una continua desazón.

Pero en contra de lo que pudiera parecer nunca desdeñó del ser humano, nunca miró por encima a ninguno de aquellos seres pasionales que se debatían entre el amor como objetivo y como barrera. Había sustituido el amor por una pregunta acerca del sentido de la existencia del prójimo, una preocupación por lo que este sería capaz de alcanzar y de desarrollar. Si no amar para algunos era sinónimo de observar al resto como insectos a los que poder aplastar a su antojo, sin concederle importancia al hecho, para él no era así puesto que había adoptado en sí el concepto de la piedad, pero no de la cristiana, sino de la griega: “dejar que aquello sea lo que tenga potencia de ser”. En otras palabras, había sustituido el amar por el deber, deber que la sociedad siga su curso, deber que las criaturas en derredor desplieguen sus aptitudes latentes. ¿Y en dónde se plasmaba la radical distinción? En su indiferencia para dejar marchar a los seres de su lado cuando pensaba que él no entraba en el cumplimiento de sus expectativas.

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