Mil años

Con la condición de impermeable Ulises podría haber permanecido toda su vida en el ghetto, como sus antepasados desde hacía mil años. ¿Qué fue lo que le impulsó a salir? Cuando le encontré y uní mis pasos a él no me lo contó de inmediato, le costaba confiar en mí. Tuve que ir sonsacándole a base de conversaciones a medias, de intentos disimulados.

En primer lugar, su origen. Ulises era de estatura media, constitución fuerte y de complexión racial caucásica con ojos azules y cabello castaño. Por eso al principió no me cuajó cuando descubrí que procedía del ghetto de Libreville en Gabón, en el África negra en torno al Ecuador. Aunque después asentí si visualizaba su historia. Sus primeros ancestros en llegar allí lo hicieron un milenio atrás. Ulises me habló de fechas pero no se me quedaron. Para alguien como yo que ha viajado tanto al borde de la velocidad de la luz me cuesta distinguir entre mi experiencia particular del tiempo y el transcurso de los años sobre la faz de un planeta, las fechas me bailan en la cabeza y no recuerdo si retrotrayéndome mil años me llevaría a mediados o principios del siglo XXI. En cualquier caso lo que sí sé es que sucedió poco tiempo después de constatarse que la Tierra entraba en una nueva era glaciar. Sus antepasados eran un grupo de ingenieros y técnicos franceses, o quizás no de esa nacionalidad, pero sí que hablaban ese idioma, que huyeron de la reducción drástica de las temperaturas en el norte y se refugiaron en un ghetto en el Trópico, a cambio de proporcionar al gobierno del país medios y tecnología. Fue una etapa dura. La población local no les quería allí y la policía les amenazaba con dejar de protegerles y desatar las revueltas si no trabajaban a destajo.

Tuvieron que pasar siglos para que cambiara la situación, una decena de generaciones, cuando en el trescientos y pico de la nueva era sobrevino la Gran llamarada solar y el apagón tecnológico. Solo aquellos sectores donde la tecnología había evolucionado tanto como para soportar la descarga electromagnética pudieron resistir el envite. Entre ellos la Icedome, una confederación de ciudades entre los hielos del norte de Europa, América y Asia que sobrevivían bajo cúpulas alimentadas con centrales de fusión, y algunos ghettos de los trópicos, como el de Libreville, que pudo así librarse del gobierno y extender su territorio a todo el centro de la ciudad. Después colaboró con la población local que, obligados a aceptarles, pudieron superar el apagón y volver a la normalidad en apenas una década.

Más duro fue cuando cien años más tarde ocurrió la erupción volcánica de Yellowstone que sepultó el mundo de cenizas y provocó una bajada de temperaturas todavía peor de la que ya estaba acaeciendo. Las distintas facciones lucharon por los recursos, la guerra se desencadenó en todo el planeta a pequeña escala. Es decir, no países contra países, pero sí comunidades contra comunidades, vecinos contra vecinos. En el ghetto tuvieron que levantar muros, sus ocupantes tomaron las armas y se vieron empujados a disparar contra todo aquel que ansiaba y amenazaba su bienestar. La sociedad se degradó, perdió sus avances. Doscientos años duraron los efectos de aquella hecatombe. Como en la otra ocasión algunas islas como la Icedome o Libreville sobrevivían manteniendo la cultura, mientras afuera campaban los señores de la guerra que habían degenerado a la edad media. Hasta que por fin se conformaron imperios que pacificaron el planeta, y las islas pactaron con estos y devolvieron a la humanidad su esplendor.

Ahora en el ghetto eran ricos, poderosos y pudientes. Pero aún así cada habitante en su interior debía tener un papel, no se podían mantener ociosos. Ulises lo comprendía, y no le importaba. Estaba dispuesto a ser incluso un obrero poco cualificado, alguien que durante el resto de su vida se limitara a realizar la misma y anodina operación en la cadena de montaje. No le importaba mientras tuviera su mente y pudiera soñar con galaxias lejanas y seres humanos que residían en estrellas a decenas de años luz. Ni siquiera le importunaba que llegado el momento le obligaran a casarse para mantener la estirpe. Ya tenía una candidata pensada, Solange, su mejor amiga desde la infancia, su única compañera, retraída aunque no tanto como él, y que conocía y guardaba el secreto de su telepatía. Y ella estaba de acuerdo, ningún otro candidato como él.

Pero entonces ocurrió la tragedia. El grito, que trascendió las distancias y ocupó las mentes de todos lo que pudieran escucharle a lo largo y ancho del universo. Incluso yo, que hacía siglos que consideraba que había perdido mi don telepático lo percibí. Contemplé las casas bajas entre palmeras, los edificios representativos contrastados con el verdor de la selva, los invernaderos con lamas que dejaban transpirar el aire, las naves industriales con las enredaderas que subían por las esquinas,… y al fondo del callejón el cadáver de la joven, el cuerpo sin vida de Solange. Y a su lado con las lágrimas que emborronaban la imagen, la figura de Ulises que no podía comprender lo que veía, allí entre la multitud que se apelotonaba. ¿Por qué ella? En el ghetto no ocurrían asesinatos, no había delincuentes ni criminales. Seguramente había sido alguien de fuera, un exterior, alguien que hubiera traspasado los muros.

Y esa sensación se acrecentó con el vago recuerdo de un sueño que había tenido momentos atrás, justo antes de cometerse el homicidio, la imagen de Solange desde fuera, desde alguien que la contemplaba internarse en el callejón. Hasta que comprendió que aquella visión había pertenecido al asesino, que se trataba de un telépata. Y si se concentraba incluso podía ver lo que este veía a través de sus ojos en ese mismo instante. Efectivamente, se trataba de un exterior. Había abandonado el ghetto por la garita de guardia en la entrada principal como si tal cosa con una identificación oficial.

El mundo afuera era atemorizante, sobre todo para alguien que jamás había atravesado los límites del ghetto. Pero Ulises tenía un motivo. Nunca había deseado nada, tan solo que le dejasen en paz, y por eso siempre había permanecido dentro. Sin embargo, y repito, ahora Ulises tenía un motivo.

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