Archivos Mensuales: septiembre 2014

La nueva arquitectura

La nueva arquitectura se vislumbraba hacia las alturas de la torre del casino. Insondables superficies de grafeno y otros materiales ultraligeros y ultrarresistentes que combinados con embolsamientos de helio flotaban en la atmósfera. Aquello suponía un cambio completo de paradigma. Las estructuras ya no tenían que soportar el peso del edificio o tratar de evitar que la construcción se derrumbe, sino que se concebían para atar al edificio a la tierra, para que no saliera volando. La torre del casino de Gordiana, de cincuenta plantas de elevación y sometida a la acción del viento asemejaba un pólipo de coral mecido por la corriente. La vista no engañaba. Realmente la torre se cimbreaba, el fuerte empuje del viento a esas alturas la deformaba. No obstante, todo estaba perfectamente calculado. Para mantener la verticalidad los pliegues de grafeno respondían a la acción del aire haciendo que la torre al completo se torciera y destorciera, absorbían la fuerza del empuje primero girando sobre su eje a un lado, y posteriormente, simplemente alterando el ángulo de inclinación de las paredes exteriores, hacia el otro.

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¿Qué es la magia?

¿Qué es la magia?

Un cambio de situación, una transformación, entre un estado y otro sin que podamos reconocer qué fuerzas intervienen en el proceso. Al final es algo maravilloso, fantástico, o mortífero, quién sabe, que se produce porque sí. Como volar sin alas, adivinar el futuro, transformar el agua en vino o hacer aparecer algo de la nada.

Conforme ha transcurrido la historia la ciencia ha sustituido a la magia, ha demostrado siempre cuál era la causa subyacente. Hasta que de repente se encontró cara a cara con la perspectiva cuántica. Sí, desde luego, todos hemos escuchado alguna vez acerca del principio de incertidumbre de Heisenberg, la imposibilidad de concretar a la vez la posición y la velocidad de un electrón en un instante determinado. Creemos entender lo que es la física cuántica. Pero la cosa va mucho más allá.

Recientemente, resulta que todo eso de lo que nos hablaban los científicos de materia y energía oscura, conceptos que habían desarrollado para explicar porque la atracción gravitatoria en el universo era mayor de la esperada, o por qué se expande, son cuestiones inexistentes. Resulta que en el vacío cuántico se pueden reconocer partículas con carga gravitatoria o antigravitatoria que fluctúan entre la existencia y la inexistencia. Es decir, tan pronto están como no están. Y es el cúmulo de estas partículas en un momento dado el que hace que la atracción o la repulsión sea mayor. Repito, partículas que fluctúan entre la existencia y la inexistencia. De repente surge un fotón, un cuerpo sometido bajo la dualidad onda-corpúsculo, y lo hace de la nada. Dentro de un artilugio es encontrado un electrón sin que se sepa por dónde entró. Es decir, surgió allí, dentro. Y un segundo más tarde ya estaba fuera sin que se pudiera identificar por donde salió. O sucesos como la teletransportación de masa o de energía. O que dos partículas puedan estar interconectadas independientemente de la distancia o del tiempo.

En definitiva, experiencias que van en contra de toda lógica en la que hayamos confiado, de todo lo que hayamos podido creer o concebir. Los científicos tienen la esperanza de algún día llegar a desentramar las leyes que se mostrarán capaces de explicar estos fenómenos. Pero resulta que es posible que existan infinitos universos paralelos, y que cada cual funciona con sus propias leyes. No sólo eso. Algunos teóricos empiezan a elucubrar sobre la eventualidad de que incluso dentro de nuestro propio universo no todas las partes funcionen bajo los mismos principios. Aún más, siguiendo el razonamiento, ¿quién sabe si no llegará el día en que un nuevo Heisenberg atestigüe que las leyes que rigen lo cuántico cambian conforme las investigamos? Y hasta que no reprueben esto que me hallo diciendo, hasta que no acierten a consolidar una ley definitiva que explique todo lo cuántico, de momento: ¿acaso esto no es magia?

El secreto. Donna Tartt

Donna tarttCon curiosidad por comprobar a qué califican como el primer clásico del siglo XXI, y con ello me refiero a la novela “El jilguero”, de Donna Tart, fui hace poco a la biblioteca de Badajoz donde, al no encontrarlo, saqué la primera obra de esta autora: “El secreto” que, o al menos eso ostentaba la publicidad de la contraportada, era igualmente considerada como una de las grandes novelas de nuestro tiempo.

No voy a hablar tanto de la obra en sí como de toda esta cuestión de epítetos, de alabanzas, a mi parecer injustificadas. Si cuento el argumento de “El secreto” no voy a destripar nada, porque ya desde la primera página se deja entrever. Un chico procedente de un entorno humilde y con dificultades para hacer amigos al llegar a una universidad del este de Estados Unidos entra en contacto con un círculo social bastante cerrado y exclusivo que conforma una especie de burbuja con respecto al resto del mundo. En ese entorno se sucede un asesinato, y el libro cuenta las presiones, las tensiones entre los distintos componentes del grupo, las elucubraciones sobre cómo librarse de la culpa, la investigación que se cierne en torno a ellos, las reacciones de la sociedad en derredor.

Lo que diferencia a “El secreto” de un argumento de una vulgar serie de televisión o de una película de adolescentes del montón es el detalle con el que la autora describe los personajes, las situaciones, hasta las más nimias conversaciones, en un nivel de profundidad que llega a ser exhaustivo a la par que exasperante. Desde luego se trata de una obra de calidad. Hay párrafos brillantes, las escenas están muy bien tratadas, muy bien construidas, hay un esfuezo considerable en narrar, en describir, en elucubrar, en disponer referencias metaliterarias y metalingüísticas, el trabajo de ambientación. Pero la pregunta es si no resulta peligroso confundir calidad con detallismo.

Me explico. No estoy criticando tanto la obra en sí como la opinión de los propios críticos. ¿La hubieran considerado igual de buena si no se hubiera extendido tanto, si la producción de ambientes, de calidades de los personajes, se hubiera realizado de una manera más concisa y sugerente? ¿Acaso una labor del escritor no es incitar la imaginación del lector, no darle todo hecho, sino invitarle a esforzarse? En “El secreto” la lentitud con la que transcurre todo alcanza a ser excesiva. Llega un momento en que elucubras cómo va a ser el guión, sabes de repente lo que va a suceder, cómo va a acabar todo, pero tienes que esperar doscientas páginas para comprobarlo: “Pues sí, he acertado”.

No quiero decir que no sea una gran obra que merezca ser leída. Lo es, la recomiendo. Y tras haberla concluido aún tengo más ganas de enfrentarme a “El jilguero”. Lo que no comparto es la opinión de los críticos que la ponen por las nubes como uno de los grandes títulos del siglo XX. Decir esto es ser injusto con obras como “Cien años de soledad”, “El lobo estepario”, “La condición humana”, “El extranjero”, “Pastoral Americana”, el “Confieso que yo he vivido” de Pablo Neruda, “La familia de Pascual duarte”, etc. Novelas frente a las cuales “El secreto” se queda en pañales. Porque, el gran problema de “El secreto”, a excepción de breves lapsos que para mi gusto no han sido aprovechados lo suficiente, es que esta obra adolece de radical originalidad. Ni mucho menos ha supuesto, ni supondrá, una revolución.

* La imagen corresponde al cuadro Olivia Sitting, de Alex Russel Flint.

El niño

Aparentemente el cine negro policiaco y criminal, el estilo neo-noir, es un tipo de películas relativamente reciente en España sin muchos precedentes. Sin embargo, aún así, lo bien que le sienta al cine patrio su proliferación porque está ayudando a conformar como ningún otro una nueva imagen de lo que se esconde en la Península, diferente de la tradicional, más oscura, más realista, alejada de tópicos. Sírvase el título “No habrá paz para los malvados”, para algunos una película de desarrollo muy lento, pero no se puede negar que la imagen de Santos Trinidad en un vertedero de la periferia con los cuatro nuevos rascacielos de Madrid de fondo  acabará siendo mítica. Aparte tenemos “La caja 507”, ya no es pandereta, ya no es la movida que vaya tela, que hartazgo de movida, como si fuera lo único que existe. En cambio urbanizaciones de chalecitos en la costa del sol, mafia, corrupción, chanchullos inmobiliarios, gigantescas aspas de los molinos de viento…

O ahora “El niño”. Lejos de los ojos azules del protagonista, de su acento, que es sevillano y no gaditano y cuestiones varias, “El niño” es una enciclopedia de ese punto de encuentro y de conflictos que es el estrecho de Gibraltar, realidades que no te podías imaginar que existían, un mundo que si se vendiera bien en el extranjero lo que podría dar de sí, la mina de historias que se pudiera sacar. Mas chalecitos en la costa, el puerto de Algeciras, la marea de contenedores, como uno de los puertos más importantes de Europa, las difíciles relaciones en el estrecho, la vida que surge paso aunque sea a base de contrabando, conflictos fronterizos, el tráfico internacional, la oposición entre orillas.

Pero como siempre la academia de cine español no es capaz de comprender esto. Para los Oscar ha elegido la película de Trueba, que si John Lennon, que si nostalgia setentera. Más de lo mismo, más de lo siempre. Como si pretendieran hacerle la pelota al mundo anglosajón, o hacerle la pelota a los progresistas de siempre, en vez de intentar mostrar al mundo una faceta innovadora y renovadora de lo que podría ser el panorama creativo español en el futuro.