El secreto. Donna Tartt

Donna tarttCon curiosidad por comprobar a qué califican como el primer clásico del siglo XXI, y con ello me refiero a la novela “El jilguero”, de Donna Tart, fui hace poco a la biblioteca de Badajoz donde, al no encontrarlo, saqué la primera obra de esta autora: “El secreto” que, o al menos eso ostentaba la publicidad de la contraportada, era igualmente considerada como una de las grandes novelas de nuestro tiempo.

No voy a hablar tanto de la obra en sí como de toda esta cuestión de epítetos, de alabanzas, a mi parecer injustificadas. Si cuento el argumento de “El secreto” no voy a destripar nada, porque ya desde la primera página se deja entrever. Un chico procedente de un entorno humilde y con dificultades para hacer amigos al llegar a una universidad del este de Estados Unidos entra en contacto con un círculo social bastante cerrado y exclusivo que conforma una especie de burbuja con respecto al resto del mundo. En ese entorno se sucede un asesinato, y el libro cuenta las presiones, las tensiones entre los distintos componentes del grupo, las elucubraciones sobre cómo librarse de la culpa, la investigación que se cierne en torno a ellos, las reacciones de la sociedad en derredor.

Lo que diferencia a “El secreto” de un argumento de una vulgar serie de televisión o de una película de adolescentes del montón es el detalle con el que la autora describe los personajes, las situaciones, hasta las más nimias conversaciones, en un nivel de profundidad que llega a ser exhaustivo a la par que exasperante. Desde luego se trata de una obra de calidad. Hay párrafos brillantes, las escenas están muy bien tratadas, muy bien construidas, hay un esfuezo considerable en narrar, en describir, en elucubrar, en disponer referencias metaliterarias y metalingüísticas, el trabajo de ambientación. Pero la pregunta es si no resulta peligroso confundir calidad con detallismo.

Me explico. No estoy criticando tanto la obra en sí como la opinión de los propios críticos. ¿La hubieran considerado igual de buena si no se hubiera extendido tanto, si la producción de ambientes, de calidades de los personajes, se hubiera realizado de una manera más concisa y sugerente? ¿Acaso una labor del escritor no es incitar la imaginación del lector, no darle todo hecho, sino invitarle a esforzarse? En “El secreto” la lentitud con la que transcurre todo alcanza a ser excesiva. Llega un momento en que elucubras cómo va a ser el guión, sabes de repente lo que va a suceder, cómo va a acabar todo, pero tienes que esperar doscientas páginas para comprobarlo: “Pues sí, he acertado”.

No quiero decir que no sea una gran obra que merezca ser leída. Lo es, la recomiendo. Y tras haberla concluido aún tengo más ganas de enfrentarme a “El jilguero”. Lo que no comparto es la opinión de los críticos que la ponen por las nubes como uno de los grandes títulos del siglo XX. Decir esto es ser injusto con obras como “Cien años de soledad”, “El lobo estepario”, “La condición humana”, “El extranjero”, “Pastoral Americana”, el “Confieso que yo he vivido” de Pablo Neruda, “La familia de Pascual duarte”, etc. Novelas frente a las cuales “El secreto” se queda en pañales. Porque, el gran problema de “El secreto”, a excepción de breves lapsos que para mi gusto no han sido aprovechados lo suficiente, es que esta obra adolece de radical originalidad. Ni mucho menos ha supuesto, ni supondrá, una revolución.

* La imagen corresponde al cuadro Olivia Sitting, de Alex Russel Flint.
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