La nueva arquitectura

La nueva arquitectura se vislumbraba hacia las alturas de la torre del casino. Insondables superficies de grafeno y otros materiales ultraligeros y ultrarresistentes que combinados con embolsamientos de helio flotaban en la atmósfera. Aquello suponía un cambio completo de paradigma. Las estructuras ya no tenían que soportar el peso del edificio o tratar de evitar que la construcción se derrumbe, sino que se concebían para atar al edificio a la tierra, para que no saliera volando. La torre del casino de Gordiana, de cincuenta plantas de elevación y sometida a la acción del viento asemejaba un pólipo de coral mecido por la corriente. La vista no engañaba. Realmente la torre se cimbreaba, el fuerte empuje del viento a esas alturas la deformaba. No obstante, todo estaba perfectamente calculado. Para mantener la verticalidad los pliegues de grafeno respondían a la acción del aire haciendo que la torre al completo se torciera y destorciera, absorbían la fuerza del empuje primero girando sobre su eje a un lado, y posteriormente, simplemente alterando el ángulo de inclinación de las paredes exteriores, hacia el otro.

Y esta estrategia no sólo le servía para mantener la verticalidad sino que la presión, la deformación, eran aprovechadas para obtener electricidad. La torre se comportaba como un gigantesco molino de viento, con la diferencia de que no tenía aspas. En este sentido, resultaba autosuficiente desde el punto de vista energético. Igualmente hídrico, y térmico. Las coberteras exteriores estaban formadas además por capas de otros materiales que intercambiaban humedad y temperatura con el medio ambiente exterior, el edificio transpiraba por decirlo de algún modo, ayudaba a reducir el gradiente de temperaturas en su superficie, atraía las lluvias, absorbía dióxido de carbono. Y si fuera poco hasta desde el punto de vista estético era interesante. Los cerramientos del casino podían en un momento mostrarse transparentes por lo que no hacían falta ventanas, o por contra translúcidas, u opacas adoptando cualquier tonalidad atorgando una textura plástica, o incluso volverse un espejo hacia el exterior o hacia el interior.

En aquel instante la torre del casino de Gordiana aparecía de un color rosa coral brillante como una gigantesca barra de pintalabios. Y mientras la observaba desde el tren no podía decir que no sintiera envidia. Había sido el primer edificio de esas características erigido en España, a más decir uno de los primeros del mundo. Después habían venido otros. Como el complejo de hoteles, cine y centro comercial en la otra punta del gran bulevar de Gordiana, de diez torres más finas y de menor altura, de unas veinte plantas, pero atadas por un cuerpo en lo alto como si se tratase de un insecto descomunal que caminase sobre el suelo.

Si digo que siento envidia es porque en el estudio de arquitectura que trabajo todavía no nos dedicamos a este tipo de materiales. A fin de cuentas los cambios nunca vienen de golpe, siempre hay que superar trabas, muchas de ellas psicológicas. Como que el edificio se mueve, se retuerce sobre sí mismo. No es que sea un movimiento excesivo, es más bien lento, progresivo, sin tirones. El ser humano se puede acostumbrar a ello del mismo modo que se ha adaptado a vivir sobre un planeta que se mueve en órbita alrededor del sol y gira sobre sí mismo. Sin embargo, lo que pone nervioso es el desplazamiento relativo. En el casino los ascensores están constituidos por un tubo de ascenso flexible que se contornea conforme lo hace el edificio. Y aunque la cabina en la que va el pasajero es rígida y no se deforma, cuando los ocupantes optan por la opción en la que la membrana exterior se vuelve transparente, a muchos les asusta de repente comprobar que el ascensor no va únicamente hacia arriba o hacia abajo, sino que en ocasiones se desvía hacia la derecha o hacia la izquierda o formándo un ángulo hacia el exterior.

O en el interior la torre se dispone hueca, con un vacío sin interrupciones que va desde el suelo hasta la planta cincuenta, y los distintos pisos, niveles y plataformas se mueven por este hueco suspendidas de las paredes exteriores, con un movimiento independiente cada una que hacen que en un momento dado puedan estar separadas a diez metros, y en otro acercarse a tan solo uno. Por supuesto, no llegan a chocar, todo está calculado para que no lo hagan. Pero como tiene que haber gente para todo, siempre hay quien le entra histeria porque estaba tan tranquilo, o tan tranquila, tomándose un vermut y cuando se ha querido dar cuenta la cubierta de la ruleta parece abalanzarse sobre su posición.

Al fin y al cabo la tradición dicta que los edificios han de ser fijos, inamovibles, que el sitio donde se encuentra tu sillón y el de tu vecino tienen que seguir estando a la misma distancia mañana. Resulta muy difícil cambiar las mentes. Las innovaciones han de ser implantadas a base de mucha paciencia y psicología. Por ejemplo, los publicistas del casino, apoyados por los ingenieros, vendieron el desplazamiento planteando como divertido que uno pudiera saltar del lounge a la plataforma fiesta por un puente que se conformaba cuando se disponían a cierta distancia. Y aunque igualmente podías acceder de un sitio a otro por un pasadizo lateral, aquello era como materializarse la oportunidad, ofrecer la ilusión de que tan solo con unos simples pasos en un puente que se extendía sobre el abismo uno podía sentirse como Neil Amstrong hollando el suelo de la Luna, o Colón clavando la bandera en las Indias, en un espacio cambiante, dinámico, capaz de ofrecer perspectivas singulares y distintas a cada momento en donde todo podía ser posible. Incluso recuerdo que en esa época en los periódicos apareció la noticia de una persecución que tuvo lugar en el interior del edificio donde los guardias se las desearon para atrapar a un ladrón que para escapar se las ingenió saltando de una plataforma a otra. Quizás la noticia era falsa, no lo sé. No obstante, consiguió atraer la atención como a moscas a la miel.

Pero una cuestión era un casino y otra la vivienda. En China se estaban planteando la erección de rascacielos de viviendas, de barrios en altura, para aliviar la congestión de las grandes ciudades. Pero de momento en Europa aquello era inviable. Muy pocos están dispuestos a pensar en la posibilidad de una casa que se mueve a cientos de metros de altura, o que el vecino llegue a acercarse a un metro de ti, aunque la mayor parte del tiempo se halle a cinco o a diez. Por ello en mi oficina aún pensábamos en término de materiales primitivos como el hormigón o el acero, construyendo edificios de comienzos de siglo cuando ya con los nuevos materiales no hacía falta ni construir pantanos.

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