El cangrejo ermitaño

La primera imagen que se me viene a la cabeza es la de un cangrejo ermitaño que busca casa. Representa como la necesidad básica de guarescerse, de resguardarse bajo un techo. En concreto en este caso bajo un techo ya construido. No hace falta diseñarlo, modelarlo o levantarlo. Es una realidad física que está ahí y solo hace falta hacer uso de ella.

Afortunadamente siempre he contado con un techo bajo el que cobijarme, nunca me he visto obligado a residir en la calle ni me he contemplado desesperado por hallar un refugio. Es una experiencia que no puedo relatar. Desafortunadamente, cada vez que he albergado alguna fantasía de okupación, por haber visto alguna casa o algún edificio en el que me pudiera imaginar estar habitando, me encontraba solo, sin una compañera a mi lado con la que poder compartirlo y que me pudiera comprender.

Es cierto que ahora tengo a Lea que me observa desde el sofá, pero mi bagaje anterior es demasiado extenso como para introducírselo sin más. Me mira con atención. Aparentemente está aburrida. “Anda, cuéntame algo“, me pide.

– ¿Y que quieres que te cuente?

– Lo que sea. Eras arquitecto, ¿no?

Ciertamente es así. Aunque debido a la crisis económica y a que el sector de la construcción fue uno de los más afectados en España, ahora prácticamente lo único que conservo de mis años de la carrera y de mi corta experiencia laboral posterior es una deformación profesional. Me refiero a que viajo, a que paseo por la calle, y a donde quiera que voy me descubro analizando los edificios a mi alrededor. Los materiales, el número de plantas, la forma, la estructura, la composición de fachada, me imagino como debe ser la distribución de espacios en el interior, etcétera.

– Pues eso mismo. Relátame algo de todo lo que me dices, una casa con carácter, un edificio, algo que te impactara.

Me sorprendo, no es lo habitual que te pida una mujer. Pero en ese instante recuerdo que el otro día precisamente anduve rescatando fotografías de archivos antiguos, y le enseño la imagen de una casa vieja que hoy ya no existe.

CasacalleHacienda 01Nací en Mérida en 1980. Me trasladé con mis padres a los dos años y medio a Badajoz. Vine a Sevilla a estudiar arquitectura en septiembre de 1998, pero no fue hasta inicios de 1999 cuando me trasladé al piso en el distrito Macarena fuera de las murallas donde residí durante más de una década. Desde esa fecha ha habido cambios profundos. Por entonces había manzanas enteras ocupadas por naves industriales en proceso de abandono y de demolición. No se si hice fotos de ellas. Si las tomé fue con la cámara analógica y los negativos deben estar por ahí perdidos. Parece una contradicción. Se suele decir que la nuestra es una generación perdida para el recuerdo porque nuestras fotos se hallan en formato digital y no se nos ocurre imprimirlas. Pero el caso es que las imágenes más antiguas que ahora mismo tengo a mano son aquellas que comencé a realizar con mi primera cámara digital.

Como la de arriba. Del antiguo barrio la casa en cuestión fue uno de los últimos reductos. Poco puedo decir de ella solo que me encantaba. Solía pasar en frente y su presencia imponía, con el zócalo y los marcos de puertas y ventanas rojo oscuro, dos plantas de altura, una azotea y una buhardilla retrasada. Y junto a la entrada un anuncio característico hecho a base de azulejos.

SanchezPizjuan 61 02La casa fue demolida en el 2003. No conozco mucho de sus habitantes o de su historia. El estilo básicamente es el tradicional sevillano. Eso plantea una fecha de construcción entre finales del XIX hasta la década de los cincuenta cuando empezó a emplearse el hormigón. Probablemente pienso que data de la última época por el hecho de situarse colindante con las naves industriales. Respecto al interior estuvo dividida en cuatro apartamentos, dos por planta. Aunque en la fecha en que llegué y empecé a fijarme en ella tan solo quedaba una familia. De vez en cuando observaba ropa tendida en la azotea. Se trataba de una pareja con niños, en ocasiones los veía salir o entrar, y entonces mi mayor deseo hubiera sido atreverme a pedirles si me permitirían ver el interior. Era algo que me hubiera encandilado. Contemplar los enormes pasillos, los altos techos, las escaleras con las barandillas de otro tiempo. Sobre todo creo que quería entrar por comprobar como era residir en una construcción tan diferente al anodino apartamento como una caja de zapatos donde habitaba. Pensamos en el pasado e imaginamos tiempo, todo hecho de una manera artesanal, con más cuidado, con más paciencia, con un estilo más exquisito.

Pero a esas edades eran tan exasperantemente tímido que no me atreví. La familia en cuestión debían ser los guardeses. Habitaban en el caserón porque alguien les había contratado para ello, o simplemente les habían permitido residir allí de manera gratuita. Recuerdo cuando tuvieron que irse en el 2003. Se estaban despidiendo de la gente del barrio junto a la entrada, pasé por delante y ni siquiera en aquel instante acogí el valor de pedirles que me enseñaran la casa. En su lugar estaba el portón abierto y eché un vistazo como un intruso llegando a vislumbrar un largo y oscuro pasillo y lo que parecía ser un patio al fondo. Aparte, a través de una de las ventanas de la planta baja, esas que pueden observar en la imagen tan altas y con unas rejas tan contundentes, escuché la voz de una niña, una de las hijas de la familia, que gritó: “No me quiero ir de aquí”. Se me quedó grabado. No obstante, a pesar de sus deseos se tuvo que marchar. Empezaron a demoler la casa, en apenas dos días tan solo quedó una montaña de escombros. Definitivamente me quedé sin poder visitar el interior.

Aunque la jornada anterior tuve mi última oportunidad. Regresaba de la universidad ya con el sol puesto, y descubrí que la mayor parte aún quedaba en pie, pero que el portón ya no estaba, se podía penetrar sin ningún problema. Sin embargo, nada más asomarme descubrí la luz de una hoguera en el patio al fondo, y alrededor de la cual vi a dos indigentes conversando. Aquello me contuvo y me eché para atrás. Hoy lo veo una tontería. Podría haber pasado adentro, haberles comentado: “¿Os importa que eche un vistazo por aquí?”, y haber explorado el sitio. Pero claro, eso lo pienso ahora. En aquel momento y con aquella versión de mí mismo, allí concluyó todo.

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