The Act of Killing

En lo primero que pensé cuando salí de la sala tras visualizar “The Act of Killing” fue: “¿por qué veo cosas como esta?” Esa es una buena pregunta, y ya habrá otros días para contestarla. De momento decir que a lo mejor fui a verla porque no estaba convenientemente informado sobre lo que iba. En el cartel donde lo vi anunciado se exponía una retahíla de todos los premios y certámenes que había logrado, un escuetísimo resumen sobre que trataba de los asesinatos que se cometieron contra los opositores de la dictadura indonesia entre 1965 y 1966, y un cártel donde se observa un pez gigantesco en cuya lengua bailan un grupo de vistosas y coloridas bailarinas. Desde luego nada de esto prepara para lo que vas a contemplar.

Probablemente un dato me pudiera haber informado. El documental sólo se proyectó en un único cine en Sevilla en un único día y en una única sesión. Como estaba aburrido e intrigado por el asunto fui a verlo. Éramos cinco personas en total en la sala. Después de salir comprendí que era normal que únicamente hubiera esa sesión, en un día, un jueves, en el que no es habitual que la gente vaya al cine, para colmo en plena feria, como asegurándose de que quienes fueran a verla específicamente hubieran decidido visualizarla. En otras palabras, no se expone más días no vaya a ser que uno de sus grupos que acuden habitualmente a las salas por aburrimiento sin haber fijado qué título van a ver se les ocurra: “Oye, ¿y si entramos en esta para probar?” Me imagino a estos grupos habituales formados por funcionarios o por gente mayor salir en medio de la película conmocionados y quejándose sobre cuán horrible es lo que han visto.

No se engañen, “The Act of Killing” ha ganado numerosos certámenes, y es normal que lo haga. Es que contemplando el asunto que trata y cómo lo trata es normal que lo haga, es políticamente correcto que consiga premios. Es como un chiste que salió una vez en The Simpsons, sobre los documentales que se presentan a los Oscar, sobre que debería haber dos categorías: aquellos que tratan sobre el holocausto y los que no. Es cierto que “The Act of Killing” presenta cualidades para obtener galardones. Está muy bien montado, muy bien narrado. Pero hay miles de documentales igual de bien montados y narrados, lo que lo distingue es el tema y la crudeza con que lo desarrolla. Desde luego original, pero no por ello apto para el gran público. Me imagino a “The Act of Killing” en los próximos años como una de esas películas que protagonizan leyendas urbanas en Internet, como “Saló o los 120 días de Sodoma”. “Por lo que más quieras, no la veas”, te dirán tus amigos y colegas. Pero como eres curioso la verás, y estarás unos días raro, temblando, opinando que lo mejor que puedes hacer es olvidar que la has visto.

Pero en fin, ¿de qué va The Act of Killing? No me extraña que Werner Herzog esté por ahí de productor, durante años fue uno de los adalides del cine arte, una de las máximas figuras de una manera de hacer películas no basada en un guión predefinido de antemano, sino que se planteaba en base a unas premisas, a un tema, y a ver a dónde les llevaba el asunto. Por ejemplo, en “Fitzcarraldo” trata de hacer pasar un barco de un río a otro a través de una montaña en plena selva Amazónica. Si el barco se hubiera roto adios película, o hubiera proseguido de otro modo. Y con “The Act of Killing” sucede un tanto de lo mismo, pero dirigida por Joshua Oppenheimer, y con una idea de partida mucho más macabra.

El director le propone a unos antiguos ejecutores de la mafia encargados de los asesinatos de los disidentes políticos durante la dictadura de 1965, que cuarenta años más tarde realicen una película sobre sus vidas. Y los ejecutores, con el anciano Anwar Congo a la cabeza, los cuales están perfectamente convencidos de que hicieron lo correcto, de que no deben ser tratados como asesinos sino como héroes puesto que libraron a la nación de la opresión que se avecinaba, se aprestan a ello. Se los ve afables, y hablando con absoluta normalidad de la manera como ajusticiaban a los reos. Comentan que en aquella época estaban absolutamente fascinados por el cine americano y que alguno de los métodos de ejecución estaban basados en lo que vieron en las películas. De hecho, cuando filman fragmentos de su propio documental, se visten como si fueran gángsteres del Padrino o como si estuvieran en un Western.

Así de este modo se desarrolla la cinta, de tal manera que te llega a parecer la película más cínica que has contemplado. Pero esto sucede hasta los quince minutos finales. Aquí se transforma. La idea tan original de partida, que desemboca en lo que asemeja ser una denuncia brutal de la opresión vivida, se transforma en otra cosa cuando comienzas a preguntarte sobre la figura del director, de Joshua Oppenheimer, de quien realiza la cinta. Te das cuenta de que no se trata de un simple director, sino de un personaje más. Por una parte se encuentra el protagonista, Anwar Congo, acompañado de Herman casi como contrapunto cómico, y el tercero en discordia que no me acuerdo del nombre, llamémoslo el inteligente. Y aparte está Joshua, el director. Anwar se muestra convencido de que Joshua está de su parte. Pero no es más que un engaño. Para verlo solo que hay que contemplar los títulos de crédito al final y observar el altísimo porcentajes de participantes cuyo nombre sale como ánonimo, para ocultarlo, para que no se sepa quienes son. Joshua es occidental, y además partidario de la nueva corriente políticamente correcta que se dedica a criticar lo malo que occidente ha cometido, y los desmanes que ha permitido, para llegar al punto donde estamos.

Desde luego, estos atentados y regímenes tienen que ser condenados. Pero en el caso de “The Act of Killing” pienso que la cosa va mucho más allá. La gran pregunta que uno se puede plantear es: ¿era realmente necesario este documental? Hay métodos menos tremendos y extremos de denunciar una situación abusiva en el pasado y de concienciar a la población, y no es necesario que sean tan gráficos y que retuerzan tanto las tripas. En el panorama actual nos encontramos plenamente concienciados de que las guerras son terribles y que la tortura es algo que debe evitarse a toda costa. ¿Era necesario este documental? Alguien podría decir a manera del coronel Kurtz: “Oh, estúpido occidental, por supuesto que era necesario grabar esta película, alguien le tiene que hacer ver al mundo lo que es el horror”. Desde luego, el horror, aquello a lo que están dispuestos nuestros enemigos para mantener su mundo, pero el horror no es bueno en cuanto que tenemos que seguir con nuestras vidas. Ante esta situación cabe el interrogante sobre la tremenda sangre fría que debe tener un director para tratar con personajes semejantes, hacerles ver como que es uno de los suyos, pero grabar en paralelo una historia como la que se muestra en “The Act of Killing”. En otras palabras, Joshua Oppenheimer actúa como un infiltrado. Me cuesta ponerme en su piel y empatizar con él. Pero si podemos intuir la gran cantidad de material que tuvo que rodar, y el que específicamente seleccionó para el documental mi opinión es que se percibe un cierto ánimo vengativo, de revanchismo. Es como si ese punto de partida por el cual se empieza a rodar “The Act of Killing” no fuera tanto como se anuncia a comienzo de la cinta “venga, vamos a darle a los antiguos ejecutores la oportunidad de rodar una película de sus vidas” como “vamos a hacer que recuerden sus antiguos crímenes para obligarles a sentirse culpables de sus crímenes”. Y resulta que no lo hacen, que de los tres personajes principales, el viejo Anwar se engaña a sí mismo entre su cuerpo que se descompone por el remordimiento y su mente que se niega a concebirse como culpable, la estupidez de Herman que le impide remorderse, y la compostura del inteligente, que es el único que parece darse cuenta del doble juego de Joshua y que para colmo lo utiliza en su favor al afirmar, para frustración del director, que es consciente de lo que hizo y con tranquilidad argumenta que que lo volvería a hacer sin temer a las consecuencias ni al karma.

No obstante, no contento, Joshua no para de hacer hincapié en ello. Insiste e insiste, haciéndose pasar por amigo de ellos, trata de hacerles sentir mal, de apelar a su conciencia y a su religiosidad, se nota una especie de frustración cuando no lo consigue, o al contrario, se regodea en detalles cuando se acerca a esa conclusión. ¿Para qué? Ya nos ha demostrado que estos tres elementos son monstruos, ¿por qué incidir en la herida? Esos tres tipos y muchos de sus compañeros son monstruos, es una certeza, y la duda cabe ahora sobre Joshua Oppenheimer. La película nos informa sobre el peligro de los fanatismos, sobre la capacidad que tienen los seres humanos para acometer lo execrable y sobrevivir en su conciencia indemnes a ello porque creen haber hecho lo correcto. La cuestión es, ¿qué pasa cuando los fanáticos se hallan de nuestro lado?

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