Las mujeres no le amaban I

Vencieron a los troyanos, derrotaron su orgullo en su esplendor, demolieron la ciudad de Ilios, la bien amurallada, hasta sus cimientos, demostraron que su bronce era más fuerte que el de los hititas aliados de sus enemigos, se convirtieron en los dueños indiscutibles del mar Egeo, obtuvieron el paso por el Helesponto[1] hacia el Ponto Euxino[2], los faraones de Kemet[3] colmaron de honores al Atrida de Micenas, y el imperio de los aqueos ensalzó que el eco de su victoria perduraría por siempre. Eran poderosos, eran temidos, eran numerosos, tenían riquezas y barcos con los que viajar hasta los confines del mar Interior[4].

Pero las mujeres no les amaban.

¿Cómo iban a hacerlo? Los hombres aqueos se marcharon a la guerra sin su consentimiento y se llevaron a sus hijos con ellos. Mataron y se hicieron asesinar, muchos de ellos no regresaron, fenecieron al otro lado del mar para que sus carnes y sus grasas alimentaran a los cuervos, y sus huesos fueran quebrados por los arados en la llanura Escamandra[5]. Conformaron a una plétora de viudas, dejaron desconsolado al instinto maternal, abandonaron a sus mujeres solas a su suerte durante diez años y no les importó. Se dejaron engatusar por los reyes de las ciudades que les prometieron poder, riquezas y renombre, en pos de una vana esperanza regaron con su sangre los campos extranjeros, y todo para qué.

Arquetis volvió de la guerra tras diez años fuera del hogar, y se encontró los campos en torno a la cabaña redonda de muros de piedra cultivados y con el trigo crecido como si nunca hubiera estado ausente, a numerosos intrusos dorios llegados desde el norte ocupando las granjas de los fallecidos, a las mujeres aqueas casados con estos, y a su propia esposa con un nuevo marido de cabello largo y trenzas rubias cortando madera. El humo salía de la chimenea, sus hijas salieron a recibirle con los nietos que habían tenido con los nuevos pobladores mientras ellos habían permanecido ausentes. Le llenaron a besos, le demostraron su cariño con tiernos abrazos, a la par que a su vez le insuflaron en el oído un ruego y una petición: “Por favor, que haya paz”. Arquetis por ello ablandó su furia y la deshonra que sentía. Pero no pudo evitar ir a su esposa y pedirle explicaciones.

– A ver, ¿qué pretendías? ¿De verdad pensabas que te iba a aguardar durante diez años? Los heridos volvían a casa y nos informaron que mis tres hijos varones sucumbieron en la batalla. ¿Y aún así esperabas que te siguiera queriendo cuando volvieras? Te fuiste con cuatro décadas cumplidas, nadie te obligó a irte, te los llevastes contigo. Eran más jóvenes y fuertes, y todavía de este modo fueron acogotados por las armas de los troyanos mientras tú te salvaste. ¿Cómo puede ser posible? ¿Qué clase de padre sobrevive a su prole luchando codo con codo con ellos? Me importa un bledo que sientas tu honor mancillado y la sangre de tu casta desvirtuada.  ¿Dónde están mis tres hijos varones? ¿Dónde se encuentran sus tumbas o las piras donde los incinerastes? ¿A qué otro lugar en el confín del mar tendré que acudir para honrar su tumba y su memoria? ¿Ha merecido la pena el sacrificio?

Fueron aquellas las últimas palabras que oyó de su esposa Fiaseida. Esta le negó su voz y su consejo, su presencia, su mirada, sus mejillas sonrosadas y su lecho, y no habiendo perdido la hermosura, no escatimó en gestos sensuales a su nuevo esposo mientras ignoraba al anterior. Fiaseida no le pudo negar cobijo y comida, al fin y al cabo aquella había sido su tierra, ni tampoco a la esclava que había traído, ganada en el asalto a una ciudad de la costa asiática[6], y que a pesar de su juventud, no habiendo contemplado mucho más de tres lustros, ya le había concebido un retoño. Mas ilegítimo. Fiaseida era la guardiana del hogar de Arquetis, aquella unida a él en matrimonio por el vínculo de la diosa Hera, por lo tanto la única con la que su estirpe tendría a su heredero. Pero sus descendientes habían fallecido en el combate, y ahora su esposa se negaba a yacer con él.

No obstante, no podía forzar la situación, se creía indigno de ello. En verdad las palabras de Fiaseida habían hecho mella en él. ¿Valió la pena el sacrificio? En tiempos no había sido más que un simple carpintero naval, dedicado a construir pentecónteros[7] en la costa de la Fócida[8], que en cuanto oyó hablar del enfrentamiento contra los troyanos creyó poder demostrar más cosas que simplemente ser un mero artesano. Y de algún modo logró su propósito. Arrebató una armadura de bronce a un afamado rival. Se ganó el respeto de los aqueos y de sus aliados, fue incluso invitado a tensar el arco subido al carro del Atrida Menelao, rey de Esparta. Le debían favores, le prometieron tierras y riqueza si alguna vez acudía a la corte de alguno de los descendientes de Atreo[9]. Pero, ¿quién heredaría todos aquellos dones ahora que sus hijos habían muerto y su esposa no quería darle nueva descendencia? Era poderoso, era admirado, podría convertirse en rey de una isla si quisiera, con tan solo recordar la deuda pactada a un Atrida. Pero chocó con que las mujeres no le amaban.

[1]El estrecho de los Dárdanelos que conjunto con el del Bósforo y el mar de Mármara forma parte de la franja que separa Europa y Asia Menor.
[2]El mar Negro.
[3]Kemet es el nombre con el que los antiguos egipcios llamaban a su país. Kemet significa “la tierra negra”, por los limos en torno al río Nilo, en contraposición con el desierto, Deshret o “la tierra roja”. A su vez los egipcios se llamaban a sí mismos como Kemettuay, “la gente de la tierra negra”.
[4]El mar Mediterráneo.
[5] El Escamandro es el río que fluye junto a la ciudad de Troya.
[6] En esta época Asia no denominaba al continente completo, sino a la parte occidental de la península de Anatolia, a lo que se conoce como Asia Menor.
[7] Tipo de buque de guerra con una sola línea de veinticinco remeros a cada lado y con un espolón en la proa para clavarse en los buques enemigos. Antecesor del trirreme.
[8] Región de la Grecia continental situada al norte del golfo de Corinto.
[9] Atreo fue un rey mítico de Micenas, abuelo de Menelao y Agamenón, los Atridas.
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