Civilización

Los dos prisioneros fueron encerrados en una cabaña de piedra. Mientras el más joven se mantenía a la expectativa, el más anciano no se hacía ilusiones. Ya lo hicieron prisionero hacía tres décadas, y fue rescatado justo antes de ser brutalmente sacrificado. Pero la diferencia era que si en esa época el ejército de su nación se trataba del más poderoso del mundo, ahora era sólo una sombra de lo que fue. Podía escuchar afuera las conversaciones e imaginaba cómo aquellos seres incivilizados y salvajes con sus risas guturales preparaban su final. Se decía que adoraban a perros salvajes, que los tenían por animales sagrados y no guardaban reparos en alimentarlos con carne humana. Sólo pensarlo el estómago se le descomponía.

De repente el portón de la cabaña se abrió y por ella apareció un hombre ricamente ataviado con una túnica de lino con adornos de hilo de oro. El más anciano pensó que se trataba de otro prisionero. Pero se equivocaba. Para su sorpresa el hombre se presentó como un noble de la localidad, y a continuación les habló en su lengua y los invitó amablemente a acompañarle. Afuera les esperaba una comitiva de guardia que les escoltó. Durante el trayecto el más anciano comprobó atónito que muchas cosas habían cambiado en esas tres décadas. Aquellos soldados no eran como los jinetes desharrapados que antaño le habían capturado, sino que iban ataviados con cotas de malla brillantes y cascos de portentosa factura. En el centro de una plaza una fuente manaba agua, antes tenían que ir a por ella al arroyo. Las casas eran de sillares de piedra labrada y los tejados de piezas de barro cocido, antes apenas eran de palos, barro y cañas. Las mujeres iban ataviadas con vestidos de lino tintados de vivos colores y collares de oro, antes no más con pieles sucias y malolientes. El anciano preguntó al hombre sobre lo que había sucedido y éste contestó que el nuevo rey había traído la civilización, y que ahora vivían todos más felices y acomodados. El anciano suspiró aliviado, una nación civilizada no sacrificaba a sus prisioneros, les concedía un trato honorable y los devolvía a su país de origen a cambio de un rescate.

Pero en ese momento el más joven preguntó: “¿Y a dónde nos llevan?”

– Al foso. Os abriremos en canal, os sacaremos las tripas y os arrojaremos a los perros.

Al escuchar esto los ojos del viejo se abrieron y desesperado dijo: “Pero… ¿no os habíais vuelto civilizados?” Ante aquello el hombre se limitó a encogerse de hombros: “Los dioses son los dioses”.

Y es que hay cosas que nunca cambian.

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