Apoteosis cárnica

Creo que dejaré de comer hamburguesas durante un tiempo. Ya no disfruto tanto como antes de su degustación. Y eso que había espaciado mis encuentros en el restaurante a cada dos o tres semanas. Por un lado por economía, porque como me había dedicado a experimentar buscando la receta perfecta en el lugar ideal, carne de buey, de cerdo, de ternera, black angus… de cuatro centímetros de grosor, poco hecha, o de autor, etc., no dejaban de resultar un capricho caro. O por la culpabilidad ante tantos programas de adelgazamiento. Que si problemas cardiovasculares, que si la operación tanga antes del verano, o eliminar la antiestética curva de la felicidad. Quizás sea esto último, la culpabilidad, lo que me impide disfrutarlas. Ya no siento las apoteosis cárnicas de antaño. El primer bocado es el mejor. Pero después hasta el final todo me sabe a lo mismo, o prácticamente el paladar no percibe gran cosa. O puede que no sean estos remordimientos la razón, sino la manera como acudo a los sitios haciéndomelas de gourmet. Solo, sin nadie que me acompañe, con el corte de adentrarme en el bar o taberna y que el/la camarer@ me pregunte que cuantos somos, y ante mi señal extendiendo un solo dedo, durante un momento se le mute el rostro, pero enseguida se recomponga y me lleve a una mesa de cuatro porque no hay de menos plazas. La gente toma cervezas, el ambiente es distendido, se ríen carcajean, y yo me empeño en sentarme apartado en un rincón. Las mujeres son hermosas, sonrientes, con camisas amplias que se ajustan al volumen de sus senos, limitándome a observarlas encocorado y tímido aparentemente sin saber cómo actuar. Aunque en cierto modo no les tengo envidia. Ni a los que ríen, ni a los que las cortejan, a los que se llevarán a la cama o simplemente lo intentarán. He vivido demasiadas situaciones para saber que no me reiré con lo que ellos se carcajean, o que existe una altísima probabilidad de que me aburra y no lleguemos a una conversación clara si tomo coraje y me pongo a charlar con las chicas. Cada vez me apetece menos salir con grupos, no sé si  es que me estoy volviendo un cascarrabias, o que con la edad no me apetece realizar grandes esfuerzos sociales para la misma conclusión de siempre en la que vuelvo vacío a casa. Últimamente, cada vez que salgo con mis amigos, parezco el carabina del grupo, todos con sus parejas, acaramelados, pero sin atreverse a meter mano o a más porque ahí estoy yo. Aparentase que la sociedad actual lo permite todo, es tolerante a todo, menos a lo que yo practico, a esta asexualidad autoimpuesta, a ir a un sitio y ocupar una mesa de cuatro plazas yo solo de tal modo que el local pierde dinero, porque con una comitiva más nutrida ganaría más, o a ser el único que observa y no habla, que no participa de la algarabía. La cuestión es que aparte de acostumbrarme a ir solo a los sitios, paulatinamente para colmo me importa un bledo lo que piensen los demás. Ahora que lo pienso, el que me gusten cada vez menos las hamburguesas no se debe tanto a la culpabilidad o a la vergüenza como que he madurado, he pasado de etapa gastronómica. Sustituiré la carne picada por los filetes enteros, estructurados y sin desmenuzar, con una lámina de jamón serrano y un pimiento frito, acompañado de chipirones o sepias en salsa de ajo y perejil, pescado frito o a la plancha (pero nunca crudo), y ensaladas salteadas y variadas con quesos tricolores.

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