La inesperada humanidad de “Señales”

De pequeño soñé con algo similar. Tendría unos seis o siete años, y fascinado por los monstruos del cine y de la televisión, que ayudaban a conformar mi catálogo de experiencias vitales del mismo modo que las que mismamente me acompañaban en el mundo real, por la noche cuando cerraba los ojos, perfectamente era viable que soñara con una habitación en la que permanecíamos encerrados yo y toda mi familia, protegiéndonos del ser horripilante que aguardaba afuera, sin atrevernos a salir hasta que no se apagara la luz roja. Esa pesadilla infantil se volvió realidad con “Señales”. Ni gobiernos, ni científicos, ni grandes héroes, ni la sociedad en conjunto. Somos seres sociales, pero colectivos hasta cierto punto. Las historias que merecen ser recordadas se construyen desde el corazón de cada hogar de manera independiente. Con esto no me refiero al sentimentalismo barato yanqui como a la sugerencia de un hecho, el que todos los seres humanos llevamos inscrito dentro la noción de que ante una crisis debemos alejarnos de la muchedumbre para buscar cobijo en nuestro entorno de relaciones inmediato. Como los protagonistas. No se van al lago, no se quedan en el pueblo con el resto. Eligen quedarse en el lugar donde han crecido y vivido. Algo similar parece ocurrir en “The Road” o “La guerra de los mundos” de Spielberg. Mejor alejarse de la muchedumbre porque en ella los seres humanos se vuelven idiotas. Cada hombre y mujer, niño y niña, contiene en sí mismo la tensión individuo-pueblo, la consideración de la sociedad como amiga y como enemiga, de tal manera que cuando los extraterrestres aparecen, en lugar de acudir al salón comunal, a la explanada donde todos se hacinan, preferimos permanecer en nuestra tierra, en nuestro hogar, en nuestra casa, encerrados en el sótano, con los nuestros. Casi como un sueño. En el subterráneo encerrados se encuentran nuestros familiares y unos pocos desconocidos que enseguida pasan a ser de nuestra confianza. Pero no la multitud, no la muchedumbre. Esta que se quede afuera. Lo cual parece ser el mensaje de “Señales” y de otras muchas películas de catástrofes: la muchedumbre no es humana, el grupo pequeño, asequible y abarcable, sí.

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