Polillas

Alguien tenía que hablar de ellas, esas mariposillas sin demasiada inteligencia y con cuerpos de inspiración alienígena, que nos invaden en estas fechas en mitad de la primavera. No sé si buscan una naturaleza que ya no existe, si es que sus vuelos rasantes por la noche son atraídos por las luces de la gran ciudad, o simplemente que les gusta que la gente se asalte cuando de repente se las encuentran junto a la oreja. Nos recuerdan que hace cincuenta años en estos barrios donde resido emergía todavía el campo. Es una pena que la mayoría de ellas tengan las horas y los minutos contados, entre parabrisas de los automóviles, ventiladores de los aires acondicionados, pisoteadas, o simplemente de inanición en la jungla de asfalto. No sé qué han venido a nacer aquí. El campo se retiró, los ayuntamientos últimamente parece que cualquier atisbo de naturaleza salvaje, de maleza no controlada en el interior de la ciudad, tenga que ser erradicado. Recuerdo de pequeño esos espacios intersticiales entre los edificios y las calles, había lugares donde las matas crecían libremente, donde las colonias de gatos se asentaban, y las polillas revoloteaban. A mi parecer no hacían mucho daño y el presupuesto que se invirtió en “solucionarlas” se podría haber gastado en otra cosa. Pero la moda es esa. El urbanismo al detalle, ninguna zona fuera de los planos municipales, cierto que con jardines, pero controlados a base de pesticidas. Así, ¿a dónde irán a acabar las polillas? Pues a mi oído. Tendrán que inventar los insecticidas para el conducto auditivo.

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