El mundo desconocido

La mujer de memoria infinita apenas tenía un año de vida, su cerebro aún se estaba formando, su vista era hasta cierto punto borrosa, pero con una madurez asombrosa no se asustaba ante todas las sombras tenebrosas, ni ante las figuras gigantescas o ruidos perturbadores y amenazadores que rodeaban su menudo cuerpecito. En brazos de su ama de cría, que no de su madre pues murió en el parto, era como si tuviera conciencia de que no debía llorar ante nada que no fuera que la arrancasen de los brazos de quien la protegía.

Cuando cumplió dos años hablaba perfectamente, dominaba el idioma con una soltura digna de encomio, incluso más que su propio padre adoptivo que era un extranjero. Por parlar se expresaba en otras lenguas incluso de gentes que no había alrededor, de tal manera que muchos opinaban que se inventaba palabras, pero no la reprendían puesto que era tan solo una cría en edad de jugar e inventarse historias.

Pasó el tiempo y a los tres años le acometieron terribles pesadillas. Chillaba por las noches, su madre adoptiva acudía a consolarla, la chiquilla le revelaba las razones de sus desvelos: que soñaba con matanzas, con terribles ejércitos que asolaban poblados y aldeas, con asesinatos, violaciones, terribles torturas, gente muriendo de hambre, de sed en desiertos pedregosos, envenenados por comer hierbas y setas que no debían. Y su madre adoptiva, y también su padre que se levantaba en consonancia, se horripilaban ante lo que les narraba, y se sorprendían y se quedaban atónitos de cómo aquella mocosa pudiera albergar aquellas imágenes en su cabeza cuando nunca las había vivido, cuando la paz había reinado los últimos años, la escanda crecía alta y no les afectaba la escasez. Asustados fueron a pedir consejo a lna mujer santa que interpretó las imágenes en la mente de la niña como premoniciones, que pronto la guerra les asaltaría, acompañada de la enfermedad, la muerte y el hambre. Y cuando los padres inquirieron sobre a dónde tendrían que emigrar, la dama santa les aconsejó: “Hacia el este, siempre hacia el este, en el sentido contrario de donde la serpiente fue sepultada”. Así se pusieron en movimiento.

A los cinco años fue testigo de una extraordinaria revelación, que ella no era como sus padres, sus parientes y sus coétaneos. Que si creía que todos ellos albergaban el mismo don se equivocaba, que si pensaba que su padre, su madre, sus amigos de juegos, también recordaban lo acontecido antes de nacer, resultaba que no era así. A fin de cuentas ella era la mujer de memoria infinita, en su mente atesoraba todos los recuerdos de todas las mujeres de su línea de descendencia materna desde el principio de los tiempos, desde el nacimiento hasta la concepción de la siguiente generación. Por ello no recordaba nunca haber muerto. Sin embargo, a su mente llegaban rememoranzas con otros cuerpos y en otras situaciones, más alta, más baja, más oronda, con más pecho o con menos, con el cabello rubio o moreno, con la piel más o menos clara, los ojos azules, marrones o verdes, sin un brazo, ciega, tuerta, en un lugar con nieve, solitario, carente de árboles, una estepa, o en medio de un bosque espeso tal que no la luz del sol no alcanzaba a filtrarse. Había sido violada, la habían maltratado, hombres y mujeres, pero también se habían comportado con ella con cariño. Había yacido miles de veces, había dado a luz en cientos de ocasiones, había visto matar o morir, había asesinado con sus propias manos, en ocasiones a seres que salieron de su útero porque no había con que darles de comer o por locura, pero también a enemigos, a rivales, o por simple envidia.

A los seis años creía ya haber reflexionado lo suficiente acerca de lo que su condición implicaba. Puesto que su memoria era imperecedera, se concebía a sí misma como lo más parecido a un ser inmortal, era plenamente consciente de su condición sobrenatural. Todavía más, en su mente se hallaban inscritos los secretos de la humanidad. Si retrocedía lo suficiente en sus andanzas era posible que alcanzara el instante sagrado en el que los dioses crearon a la mujer y al hombre.

Pero de momento no podía rebasar aquel estado. Cuando retrotraía una memoria, la asaltaba como si hubiera sido parte de su propia vida en aquellos instantes. Le costaba discernir si tal o cual recuerdo había tenido lugar antes o después de tal otro, era como si todos se dispusieran en el mismo nivel. Por ello, suponía un esfuerzo irreductible conformar una línea lógica de sucesos. Debía ir paso a paso, lentamente. Primero distinguir los recuerdos de su madre, posteriormente los de su abuela, y así sucesivamente.

A los nueve años todavía no había logrado su propósito. Es más, apenas comenzaba a desentramar a su bisabuela. Pero a favor tenía que dominaba aquello que a los humanos costaba más acostumbrarse, el sexo. El placer y la reproducción no tenían secretos para ella. La vergüenza y la timidez que a chicas y chicos mayores que ella y aún adultos azotaba, a ella no le afectaba en absoluto. Experimentó sin ningún pudor con sus hermanos y primos, sabía donde tenía que tocar, que acariciar, las palabras que debía decir, el tono sensual y cálido con que tenía que pronunciarlas, la manera con la que subyugarles, con la que manipularles. La matriarca del clan le expulsó. No le importó, era libre. Se fue con unos y con otros, viajó por el mar en navíos y por tierra en carros tirados por bueyes, nunca le faltó de nada.

Mas en algún momento de aquellos años sufrió un traspié y uno de sus amantes la vendió como esclava. Tenía quince años y era la posesión de un jerifalte local. Se había quedado encinta y la habían obligado a abortar con hierbas, había tratado de escapar pero las cadenas eran algo que por mucho que tuviera las memoranzas de decenas de generaciones no podía romper. Y aunque pudiera. Tenía quince años y adolecía de vejez prematura. Lo había experimentado todo, lo había vivido todo. Podía tener quince años, pero había tenido ciento de hijos, había matado, había invadido, había formado parte de ejercitos invasores o usurpados. No le quedaba nada. Se había c0ncebido a sí mismo como a una diosa, como a una deidad encarnada. Pero se encontraba fregando un espejo de metal bruñido, y nadie la consideraba precisamente una espíritu excelso, que por sus venas corriera el icor en vez de la sangre, que pudiera obrar milagros. Era hermosa, pero no tanto como otras, tenía la experiencia de miles de generaciones pero con su aspecto juvenil las gentes preferían confiar en las viejas chochas. Por otra parte donde residía no se hablaba ninguna de las lenguas que ella había aprendido, no crecía ninguna de las hierbas que ella había aprendido a distinguir en pócimas o venenos, la cultura que se seguía no coincidía con ninguna en la que ella hubiera crecido. Se miró en el espejo y se vio con el cabello y los ojos castaños, con la expresión y la mirada dulce pero no de una belleza sobrehumana, con los senos desarrollados y abundantes, y las caderas marcadas, pero lo cual no coincidía con el patrón de belleza imperante.

Y en ese instante tuvo una revelación, y esta fue diferente de las anteriores. Una revelación nueva, que ninguna de sus antepasadas había tenido, una revelación existencial. Que siendo ella la mujer de memoria infinita, que contaba con los recuerdos de todas sus ascendientes, que podía relatar infinitos relatos, estarse días y noches sin quedarse vacía de contenido, que cómo era posible, que cuál era la razón, el motivo, por el que había nacido en concreto en aquella época y lugar, que pudiendo haber sido cualquiera de sus antepasadas la mujer de memoria infinita, por qué se trataba de ella precisamente, con aquel cuerpo, en aquel tiempo, con los acontecimientos que la rodeaba, esclava de un jerifalte, sintiéndose vieja prematuramente, e inmersa en un mundo desconocido.

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