El sol del membrillo

Hay quien afirma que “El sol del membrillo” es una de las mejores películas de la historia. Yo no diría tanto, pero sí que descansa bajo un planteamiento muy interesante. Víctor Erice, su director, es uno de esos artistas a los que cuesta acostumbrarse, o mejor dicho, directores lentos, un tanto espesos, de un narrar que no es narrar, más bien mostrar cómo crece la hierba. El sol del membrillo es, sin duda, su obra más poética, en colaboración con el pintor Antonio López, el pintor español de mayor reconocimiento internacional en estos momentos. No obstante, para nada se percibe que sea poética. Antonio López, que a pesar de su fama es muy campechano él, decide un día que va a pintar el membrillero que tiene en su patio. Ni siquiera es un árbol excelso, más bien pequeño, raquítico. El que tenía mi abuela en su patio era como poco dos veces más grande. Tampoco el escenario es que sea bucólico, una casa en plena reforma, con sacos de cemento y ladrillos por doquier. Y la manera de hablar de Antonio tampoco es poética. Para nada profunda, muy sencilla, no divaga sobre la existencia con frases recargadas de metáforas, tan solo sensaciones como “Me gusta cómo brillan los membrillos al sol”. Pero por eso es poética, porque para nada quiere ser sobrecargada, más bien natural, como la vida misma, tal como es la naturaleza, cambiante. Pretende pintar los membrillos, pero estos forman parte de un ser vivo, que crece, que evoluciona, que cambia. Mientras el otoño avanza la composición va cambiando, las hojas caen. La composición que pinta el cuadro nunca es la misma, tiene que borrar, que empezar de nuevo. Finalmente, cuando los membrillos comienzan a caer se rinde. La escena recuerda a aquellos pintores impresionistas que retrataban impresiones de luz sobre catedrales, y para ello únicamente pintaban durante unos pocos instantes cada día, y siempre a la misma hora. Pero a Antonio López ya le gustaría ver cómo aquellos pintores impresionistas trataban de retratar un membrillero, que crece, envejece, el tronco se agruesa, los frutos se pudren, y sobre todo en otoño, con los nubarrones de tormenta y la luz cambiando prácticamente a cada momento. Da que pensar sobre la ficción que es eso de la pintura.

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