La panza

Llega un momento en que la panza adquiere identidad propia, gravedad propia, inercia. Si te mueves hacia un lado, la panza se resiste hacia el otro. Si te desplazas en una dirección y de repente te detienes, la panza sigue el camino y te arrastra tras de sí, acompasándose con un temblequeo, con ondas que recorren su superficie, con una materialidad mórbida, morbosa. Como si no perteneciera a tu cuerpo, como si no estuviera integrada en la masa de músculos, huesos, órganos y sangre de tu ser. Prácticamente como si hubiera surgido una esfera en tu bajo vientre, un planeta alienígena y diminuto adaptado a la escala de tu carne. La panza es como una antiarticulación impidiéndote movimientos como agacharte o torcerte de costado. Como un destilador de anticonfianza sumiéndote en la agonía de saberte obeso y no poder hacer mucho para remediarlo, como el miedo y el hormigueo que surge en el estómago ante una amenaza. La panza es aquello que solo por verla desaparecer estás dispuesto a pasar dos horas de tu vida al día en el gimnasio.

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