Los habitantes del bosque. Thomas Hardy

Novela pacata para una sociedad pacata. Publicada en 1887 francamente si confrontáramos los personajes de la novela con un espectáculo de hoy en día como “La que se avecina”, el resultado más plausible es que les estallara la cabeza. Thomas Hardy reside y escribe en plena sociedad victoriana, donde la norma de la buena sociedad pasa por la virtud moral. En el mundo de “Los habitantes del bosque” el cuerpo de una mujer es un templo que debe proteger a toda costa, el mayor sacrificio que puede hacer una mujer es ofrecer ese templo, y la mayor deshonra que un hombre lo acepte y después esto no implique nada. En cierto modo, esta novela de Thomas Hardy recuerda a las de Jane Austen, aunque hayan pasado ochenta años entre la una y el otro, quizás con mayor sentimentalismo, y donde los arquetipos de las obras de Austen no se contemplan tan claramente. “Los habitantes del bosque”, siguiendo un típico título de Austen podría denominarse como “Diferencia de clases y honorabilidad”. A finales del siglo XIX el que una familia fuera noble en el pasado todavía sigue importando, aunque los comerciantes son más ricos y poderosos que las antiguas estirpes de bien, son tildados como ciudadanos de segunda. “Los habitantes del bosque” es un novela muy bien tramada, en torno en un triángulo amoroso que dependiendo de las circunstancias pasa a ser cuarteto, quinteto, sexteto e incluso hepteto. Igualmente, en la época de Hardy empieza a vislumbrarse los primeros síntomas de la lucha feminista, aunque por el momento estos únicamente se contemplan en la educación. Las hijas de las clases plebeyas, siempre que sean pudientes, presentan vía libre al derecho de ser educadas como damas de la nobleza y de aspirar a más. Sin embargo, son las trabas sociales las que les impiden despegar. En plena superación de esta condición, los habitantes del Little Hintock aman, sufren, se revuelven y claman odio eterno pero que después se queda en agua de borrajas. Libro interesante que puede llegar a enganchar. Pero eso, aténganse, estamos en el siglo XIX, y en uno sinceramente muy anticuado.

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