Archivos Mensuales: septiembre 2015

El final de la fiesta

En los sesenta era un puñado de casitas de pescadores, en la actualidad una extensión de bloques de apartamentos mirando al mar, y de lujosas villas embutidas en sus parcelas con su césped, su piscina, y su luz que se enciende por la noche como precaución ante los asaltantes. Quieras que no la localidad ha conseguido escapar a ese destino de ciudad fantasma y solitaria durante el invierno, con su carretera que pasa por medio, con su importante caudal de tráfico, las redes de autobuses metropolitanos, las tiendas que abren todo el año, y los pisos que igualmente tienen la suerte de ser ocupados toda la temporada entre jubilados y personas que viven y trabajan en la comarca. Aun así se trata de una minoría y uno no puede menos que tener la sensación de estar asistiendo al final de una gran fiesta tras el término del verano, arribando justo en el instante en el que los invitados más divertidos se largan a otra mayor, con la miríada de apartamentos desocupados, los cientos de “se alquila” o “se vende”, las tiendas y los restaurantes que cierran, las de repente decenas de clínicas veterinarias que ponen el cartel de “se traspasa” y los edificios antiguos y andrajosos que comparten espacio con los nuevos, que normalmente no tendrían cabida en nuestras ciudades, pero que aquí albergan su oportunidad como alternativa barata para el próximo verano. Si hasta los días son más cortos, el sol se hace más plano, el mar de momento está calmo pero habrá que verlo en tempestad. Un cierto aire de decadencia, de polvo suspendido en el ambiente, mientras la tranquilidad y la soledad hace pasto de las calles y se contempla el raro espectáculo para los seres de tierra adentro de los reflejos del sol equinoccial sobre el mar en otoño.

El manantial de la doncella

Si ves “El manantial de la doncella” y no te emocionas es que estás podrido por dentro. Película dirigida por Ingmar Bergman en 1960, de trama sencilla, lo que fascina es la manera de describir los hechos, de meterse la cámara en la escena, en blanco y negro pero se puede observar el esplendor de la hierba, las tonalidades de la madera, la prestancia de las pieles, de las vestiduras, de las figuras. Y si fuera poco la capacidad para adentrarse en los sentimientos de los personajes. “El manantial de la doncella” no moderniza, no hace que seres de la edad media en la que está ambientada piensen y divaguen sobre circunstancias actuales. La moral es la que se desarrollaba en aquella época, la manera de pensar la de las gentes de la Suecia del siglo XIV, una trasposición de los dogmas de la fe cristiana, y la dificultad de compaginar la piedad, la inocencia, la bondad, con la naturaleza humana que se muestra compatible con la barbarie, con el salvajismo, con la lujuria descarnada, con la venganza. Llega a ser tan humana, tan íntima, que no es extraño que puedas desear al verla tener a alguien a tu lado a quien agarrarle de la mano.

Ignacio Escolar. 31 noches

Los españoles no sabemos lo que es la verdadera delincuencia organizada, como se las gastan al otro lado del océano, el horror de ser una víctima, que te vayan a ajusticiar y te encuentres maniatado y amordazado en una habitación en frente de una cuba llena de ácido. Esa es la base de la novela de Ignacio Escolar, un periodista demasiado confiado que se interna en los bajos altos fondos de las discotecas madrileñas y que se horroriza y se espanta ante todo lo que ve y observa. Le engañan, no le dejan de dar mil vueltas, gañanes, gente sin moral, sin más inteligencia que la de embaucar a los que le rodean. La novela es corta, bien tramada, fácil de leer, interesante. Quizás como apunte que esté redactada desde un punto de vista bienpensante, de alguien que no concibe que pueda haber mal en esta sociedad, personajes maquiavélicos y sin escrúpulos, y que francamente actúa desde el olvido absoluto de la historia. La naturaleza humana está ahí, en este país hemos vivido situaciones peores que un cubo de ácido, solamente contemplar “Los desastres de la guerra”. En este contexto, Ignacio Escolar actúa desde la ingenuidad, de aquella que es incapaz de contemplar de lo que somos capaces, o que vende como novedad cuando no lo es de lo que somos capaces.