El manantial de la doncella

Si ves “El manantial de la doncella” y no te emocionas es que estás podrido por dentro. Película dirigida por Ingmar Bergman en 1960, de trama sencilla, lo que fascina es la manera de describir los hechos, de meterse la cámara en la escena, en blanco y negro pero se puede observar el esplendor de la hierba, las tonalidades de la madera, la prestancia de las pieles, de las vestiduras, de las figuras. Y si fuera poco la capacidad para adentrarse en los sentimientos de los personajes. “El manantial de la doncella” no moderniza, no hace que seres de la edad media en la que está ambientada piensen y divaguen sobre circunstancias actuales. La moral es la que se desarrollaba en aquella época, la manera de pensar la de las gentes de la Suecia del siglo XIV, una trasposición de los dogmas de la fe cristiana, y la dificultad de compaginar la piedad, la inocencia, la bondad, con la naturaleza humana que se muestra compatible con la barbarie, con el salvajismo, con la lujuria descarnada, con la venganza. Llega a ser tan humana, tan íntima, que no es extraño que puedas desear al verla tener a alguien a tu lado a quien agarrarle de la mano.

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