Archivos Mensuales: octubre 2015

El sol de los Scorta. Laurent Gaudet

Novela con tintes de fábula que trata sobre las vivencias de una saga familiar a lo largo de varias generaciones. El sol de los Scorta presente la virtud de que narra la historia en un pueblo italiano y no menciona a la mafia, lo cual es un milagro. Parece que Italia es sinónimo de mafia, y aquí se demuestra que no lo es. También son gentes humildes, afrentadas a las desgracias y vicisitudes de la existencia, que intentan sobrevivir como pueden. Aunque la obra no está exenta de romanticismo y de lugares comunes. Todo lo que cuenta Gaudet en esta novela no es que no lo haya narrado Delibes y mucho mejor en las suyas. Solo que para un extranjero Italia vende mucho más que Castilla, el mundo rural castellano es demasiado cerrado, escabroso, oculto, poblado de obsesiones, de locura insana, de abusos, de injusticias, de pobres víctimas y de fantasmas que sencillamente son demasiado reales y descarnados para el público general. Y lo que Gaudet pretende es narrar una fábula, sobre el paso del tiempo, sobre que el esfuerzo y el sudor a través de las generaciones conducen a lo mismo, como un eterno retorno. Locura, emprendimiento, resignación, soledad, desamparo, vergüenza, nostalgia,… al final, como dijo José Hierro, “Todo es Nada”. Una novela recomendable pero el mensaje es de sobras conocido: “Después de todo fue nada”.

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Apartamento con vistas

Luna AguadulceSoy un hombre lobo en un apartamento con vistas hacia el este. Aúllo a una Luna llena que aparece en la noche por el mismo sitio por donde sale el sol. Soy un caso peculiar, únicamente me transformo en aras de esta coincidencia cósmica. Pero no porque me proporcione mas ímpetu y más fuerzas sino porque soy un hombre lobo redomadamente vago, esa es la verdad. Metamorfoseo, se me eriza la piel, se me cubre el cuerpo de vello, la sangre me hierve. Pero y lo a gusto que está uno debajo de las mantas, calentito, y observando la Luna resplandeciente sobre la límpida superficie del mar a través de la ventana de la terraza. Que si tendría que deambular por ahí saltando de edificio en edificio, persiguiendo gacelas y cervatillas, arrancando buzones y persiguiendo a los carteros… Sí, lo típico. Pues hazlo tú que anda que no da pereza ni ná. En cambio soy un hombre lobo con un apartamento con vistas al este, nada más sencillo ni agradable que eso.

Gente normal

Ahora que tengo un trabajo, que me codeo con gente que llega a final de mes, con sus problemas de gente que llega a final de mes, los hijos, la familia, la pareja, el divorcio, una vida aparentemente normal en definitivas cuentas, resulta que echo de menos las excentricidades de mi existencia anterior, personas de rarezas y obsesiones incurables, que se entregaban y se confesaban porque no tenían nada que perder, en los que podías confiar a medias pero que siempre estaban ahí. Las personas de las que ahora me rodeo, con un empleo bien pagado y la vida más o menos delineada, poseen demasiado como para entregarse, como para ser excéntricos. Por ejemplo para dar alas al estrés, para confesar que son ufólogos, adoradores del diablo, que mantienen una vida perversa detrás, con aspiraciones ocultas, que den rienda suelta a una imaginación y a una creatividad desbordante. En el fondo a veces parece que para estar aquí haya que dejar atrás la imaginación, para poder convivir, para no desatarse. En el fondo no puedes olvidar que estás rodeado de gente normal.

La playa como escusa

Ciudades abigarradas de la costa, densas, repletas de edificios por doquier, con cada centímetro cuadrado de suelo ocupado por construcciones, aceras, calzadas y la naturaleza enlatada de los parques. Pero de repente llegas al paseo marítimo y es como un corte, da igual la barahúnda de bloques de apartamentos que quede por detrás, las torres de cientos de metros de altura, las casitas unifamiliares, las palmeras que solo sirven para decorar, inútiles para dar sombra, el derroche de jardines, de agua gastada, de terreno natural mancillado… En frente, hacia el mar, quedan los horizontes en lontananza, la posibilidad de mirar con profundidad hacia la lejanía, los paisajes cambiantes compuestos a base de acantilados de nubes y de efectos de luz. El turismo de playa como una escusa para disfrutar del panorama, la costa como una garantía de horizontes abiertos. ¿Por qué el mar atrae tanto? ¿Por qué no nos conformamos con quedarnos donde estamos tierra adentro? Porque alejados de la costa las posibilidades de contemplar el horizonte desnudo decrecen. Las urbes se extienden kilómetros y kilómetros, desde su interior hace falta coger el coche para adentrarse en la carretera y llegar a un punto en el que no quede nada que perturbe la vista, edificios, torres y cables de electricidad, carteles publicitarios. Es tan complicado a veces alcanzar la situación donde permanecer extasiado con la vista clavada en el infinito. En cambio en la costa bajas a la playa, al paseo marítimo, al acantilado y ya está.

Mendicidades

Me decían cuando no encontraba trabajo y para que no me sintiera avergonzado, que no era ninguna deshonra mendigar un empleo. Ahora la pregunta es si lo mismo siente la gente cuando lo que pides es compañía, desde luego otra necesidad humana, pero cuán difícil parece que es compaginar la agenda de los que están a tu alrededor. Y las miradas de reojo, las disculpas, las promesas, “Ay, sí, pero mira es que…” El resultado es que acabas un sábado por la noche solo y escribiendo entradas en el blog para publicarlas el lunes. Lo peor de la soledad radica en que no puedes defenderte contra los miedos y temores que arraigan en tu cabeza, surgen las ideas en tu mente, se aferran, crecen, le das vueltas y más vueltas, y no tienes con qué confrontarlas, con qué comprobar la exageración que has formado ahí dentro. Como cuando cavilas y cavilas desde todos los posibles puntos de vista un problema que ha sucedido en clase cuando no es más que una nimiedad y resulta que al día siguiente todos excepto tú se han olvidado del asunto. O una determinada tentación que te consume, y quieres evitarla a toda costa, buscando todo tipo de alternativas con tal de no pensar en ello. Películas, aficionarte al chocolate a la taza, redactar una novela en tiempo récord, llamar cada vez por tres a casa, comprarte una consola cuando sabes que no deberías porque tendrías que estar comenzando la oposición. Yo no sé si anhelar compañía, alguien con quien hablar, es un deshonor; sin embargo la cara colorada y el sentimiento de desamparo cuando te miras al espejo y lo patético que resultas cuando le dices a alguien en una tertulia: “Por favor, una coca cola más, solo una más, acabo de llegar y no tengo con quien salir”. Lo peor es que hasta se ríen de ti y todo.

Sigo siendo un niño con la nariz pegada a los cristales

Saint-Exupery marcaba que un niño era aquel que permanecía viendo el mundo con ilusión, aquel que seguía valorando la belleza de las cosas frente al precio, regodéandose de la importancia emocional de los objetos, de los pequeños detalles. Sorprendente es que en un tren lleno de gente, con un atardecer en el que la esfera solar desaparece por el borde de las montañas, en el paisaje del sureste peninsular prácticamente sacado del oeste americano, con los badlands, el desierto, las torrenteras, y las figuras caprichosas en las crestas, me reconozca como el único que mira por la ventana y que no puede dejar de mirar, torciéndose el cuello esforzándose por no perderse ni un segundo de la espectacular visión, atesorando la imagen en la memoria, y sin importarle que la niñata de atrás se moleste porque cree que es a ella a quien estás ojeando. Egoísmo por mi parte porque me evado del mundo, y egoísmo por el lado de ella como si lo único que importara estuviera dentro del vagón. Quizás no es que yo siga siendo un niño, sino mi compromiso con el paisaje del que me he vuelto un enamorado y un estudioso, dedicándole una tesis, un par de novelas, un sinfín de escritos y hasta un blog hace bastantes años. La lástima que no pueda viajar más, me explico, no a Londres, no a Nueva York o a París, basta la carretera, basta cualquier rincón del planeta siempre que esté ahí los fulgores del atardecer, en el tren, en el autobús, en el coche. Es suficiente con tener ojos y disfrutar de la luz sobrenatural.

Niños del demonio

Estaban por ahí los pensadores ilustrados del siglo XVIII, como Voltaire o Rousseau, sosteniéndose sobre el mito del buen salvaje, que si el hombre es bueno por naturaleza, que si se vuelve malvado por motivos sociales, y ahora me hallo yo aquí educando a niños para que abandonen sus vicios naturales y supuestamente integrarlos en la sociedad. ¿Cómo que el hombre es bueno por naturaleza? El ideario de por sí es contraproducente. El hombre es bueno por naturaleza pero a la vez es un ser social, entonces está condenado a ser malvado. Si no que se lo digan a Kaspar Hausen, un niño que a principios del XIX alguien encerró y maniató en un sótano sin permitirle moverse durante los primeros quince años de su vida y sin que se relacionara con nadie, de tal manera que cuando lo rescataron y lo devolvieron a la vida civilizada tras todos esos años de aislamiento no sabía hablar, pero es que tampoco tenía impulsos sexuales, ni siquiera era capaz de razonar, de pensar, de discurrir, de tener fe, nada. Resulta que todo lo que somos se lo debemos a la convivencia en sociedad, tanto lo bueno como lo malo. Es cierto que los celos, la codicia, la envidia nacen conforme nos relacionamos con otros, pero es que también todo lo demás surge en el entorno social. Entonces el mal no es tanto algo que se aprende sino una potencia del individuo, una capacidad latente que se desarrolla según las circunstancias. Y en cuanto al mito del buen salvaje, nació cuando los navegantes europeos arribaron en la Polinesia y descubrieron que los hombres de las islas no se mostraban celosos cuando sus mujeres se acostaban con los extranjeros blancos. Pero claro, es que no podían ser celosos en un entorno cerrado donde la endogamia y la degeneración de la sangre era un peligro más que probable. La inexistencia de los celos no era tanto una condición del hombre que nace fuera de la sociedad, como una necesidad de esa sociedad en concreto. Y ahora que acabo de demostrar que eso de que el hombre es bueno por naturaleza no es más que una patraña, déjenme decirles, estoy convencido, en clave de humor, que en mi instituto ha nacido el Anticristo.