El conflicto

Dice una compañera que el conflicto es consustancial a la profesión de profesor, pelearse con un niño o niña que no quiere trabajar, que se hace el remolón, que te falta al respeto. A veces observo a algún colega entrar en acción y hasta a mí me da miedo la manera como afrontan las disputas, con esos ataques de furia repentina, se encuentran tan tranquilos y de repente parecen que vayan a echar espuma por la boca con un vocerío y un griterío que hasta a ti te pone nervioso. Desde luego lo consiguen, el susodicho objetivo queda acongojado sin ganas de protestar y sin argumentos. No obstante, no es que sea sano. Hoy nos han informado que un compañero del instituto ha fallecido de un infarto mientras dormía. No quiero banalizar sobre el asunto. Descanse en paz. Habiendo estado tan solo una semana en el centro no es que le conociera demasiado, pero las pocas veces que conversé con él, cabal, responsable, juicioso, y en un puesto donde era habitual que conviviera con el conflicto. No es que a lo largo de mi vida haya rehuido del conflicto, pero todas las secuelas que se producen posteriormente, esa mente que no deja de recordar y de analizar cada detalle del altercado, cada palabra, rememorando cada giro y requiebro como diciendo: “Aquí podría haber hecho en su lugar esto mismo o lo otro”. Pierdo el sueño, se me agita el estómago. No rehuyo el conflicto pero madre mía si con posterioridad no me gustaría haberlo hecho. Y me he metido en una profesión donde, sí, me gusta enseñar, disfruto con ello, pero a unos críos que en muchos casos no valoran ni muestran interés en el esfuerzo que realizas. Desde luego la solución pasa por quitarle importancia al conflicto, acabar diciendo: “Son cosas que suceden”, y por si fuera poco todos los días. Está claro que este es el camino, que no te importe que la niñata de turno se niegue a sacar el cuaderno o que te tome por el pito de un sereno. Busca una situación donde no moleste a los demás, donde se la aísle, desactiva la bomba en potencia que supone, que no parezca que lo que hace tenga mayor relevancia, y luego por la espalda métele un expedientazo de la leche. Sin embargo, quieras o no siempre algo se queda ahí, la gente no lo comprende, los padres no lo entienden, consideran la profesión de profesor como algo baladí, y no lo es, la rabia y la impotencia que poco a poco se va acumulando. Lo dicho, descanse en paz.

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