Niños del demonio

Estaban por ahí los pensadores ilustrados del siglo XVIII, como Voltaire o Rousseau, sosteniéndose sobre el mito del buen salvaje, que si el hombre es bueno por naturaleza, que si se vuelve malvado por motivos sociales, y ahora me hallo yo aquí educando a niños para que abandonen sus vicios naturales y supuestamente integrarlos en la sociedad. ¿Cómo que el hombre es bueno por naturaleza? El ideario de por sí es contraproducente. El hombre es bueno por naturaleza pero a la vez es un ser social, entonces está condenado a ser malvado. Si no que se lo digan a Kaspar Hausen, un niño que a principios del XIX alguien encerró y maniató en un sótano sin permitirle moverse durante los primeros quince años de su vida y sin que se relacionara con nadie, de tal manera que cuando lo rescataron y lo devolvieron a la vida civilizada tras todos esos años de aislamiento no sabía hablar, pero es que tampoco tenía impulsos sexuales, ni siquiera era capaz de razonar, de pensar, de discurrir, de tener fe, nada. Resulta que todo lo que somos se lo debemos a la convivencia en sociedad, tanto lo bueno como lo malo. Es cierto que los celos, la codicia, la envidia nacen conforme nos relacionamos con otros, pero es que también todo lo demás surge en el entorno social. Entonces el mal no es tanto algo que se aprende sino una potencia del individuo, una capacidad latente que se desarrolla según las circunstancias. Y en cuanto al mito del buen salvaje, nació cuando los navegantes europeos arribaron en la Polinesia y descubrieron que los hombres de las islas no se mostraban celosos cuando sus mujeres se acostaban con los extranjeros blancos. Pero claro, es que no podían ser celosos en un entorno cerrado donde la endogamia y la degeneración de la sangre era un peligro más que probable. La inexistencia de los celos no era tanto una condición del hombre que nace fuera de la sociedad, como una necesidad de esa sociedad en concreto. Y ahora que acabo de demostrar que eso de que el hombre es bueno por naturaleza no es más que una patraña, déjenme decirles, estoy convencido, en clave de humor, que en mi instituto ha nacido el Anticristo.

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