Sigo siendo un niño con la nariz pegada a los cristales

Saint-Exupery marcaba que un niño era aquel que permanecía viendo el mundo con ilusión, aquel que seguía valorando la belleza de las cosas frente al precio, regodéandose de la importancia emocional de los objetos, de los pequeños detalles. Sorprendente es que en un tren lleno de gente, con un atardecer en el que la esfera solar desaparece por el borde de las montañas, en el paisaje del sureste peninsular prácticamente sacado del oeste americano, con los badlands, el desierto, las torrenteras, y las figuras caprichosas en las crestas, me reconozca como el único que mira por la ventana y que no puede dejar de mirar, torciéndose el cuello esforzándose por no perderse ni un segundo de la espectacular visión, atesorando la imagen en la memoria, y sin importarle que la niñata de atrás se moleste porque cree que es a ella a quien estás ojeando. Egoísmo por mi parte porque me evado del mundo, y egoísmo por el lado de ella como si lo único que importara estuviera dentro del vagón. Quizás no es que yo siga siendo un niño, sino mi compromiso con el paisaje del que me he vuelto un enamorado y un estudioso, dedicándole una tesis, un par de novelas, un sinfín de escritos y hasta un blog hace bastantes años. La lástima que no pueda viajar más, me explico, no a Londres, no a Nueva York o a París, basta la carretera, basta cualquier rincón del planeta siempre que esté ahí los fulgores del atardecer, en el tren, en el autobús, en el coche. Es suficiente con tener ojos y disfrutar de la luz sobrenatural.

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