La playa como escusa

Ciudades abigarradas de la costa, densas, repletas de edificios por doquier, con cada centímetro cuadrado de suelo ocupado por construcciones, aceras, calzadas y la naturaleza enlatada de los parques. Pero de repente llegas al paseo marítimo y es como un corte, da igual la barahúnda de bloques de apartamentos que quede por detrás, las torres de cientos de metros de altura, las casitas unifamiliares, las palmeras que solo sirven para decorar, inútiles para dar sombra, el derroche de jardines, de agua gastada, de terreno natural mancillado… En frente, hacia el mar, quedan los horizontes en lontananza, la posibilidad de mirar con profundidad hacia la lejanía, los paisajes cambiantes compuestos a base de acantilados de nubes y de efectos de luz. El turismo de playa como una escusa para disfrutar del panorama, la costa como una garantía de horizontes abiertos. ¿Por qué el mar atrae tanto? ¿Por qué no nos conformamos con quedarnos donde estamos tierra adentro? Porque alejados de la costa las posibilidades de contemplar el horizonte desnudo decrecen. Las urbes se extienden kilómetros y kilómetros, desde su interior hace falta coger el coche para adentrarse en la carretera y llegar a un punto en el que no quede nada que perturbe la vista, edificios, torres y cables de electricidad, carteles publicitarios. Es tan complicado a veces alcanzar la situación donde permanecer extasiado con la vista clavada en el infinito. En cambio en la costa bajas a la playa, al paseo marítimo, al acantilado y ya está.

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