Archivos Mensuales: noviembre 2015

Aplicando la lógica

La pregunta que se me viene a la cabeza es, si me rechazas, ¿cómo puedes después decirme que debe haber por ahí alguna mujer esperándome? Porque no es que me rechaces por alguna razón lógica, porque no tenga trabajo, no pueda sustentar una familia, me niegue a tener hijos, porque sea feo o poco atractivo, me trate de una persona violenta o irracional, sea uno de esos que te arrebate la libertad que requieres, o que estemos todo el día discutiendo, que seamos incompatibles. Si me rechazas es por algo que se halla en tus entrañas, algo que proviene de ese batiburrillo mental que todos tenemos en la cabeza, me rechazas porque no te apetezco, porque hay algo en mí que no te agrada del todo. El motivo no es lógico, sino que pertenece al caos, a lo que no se puede determinar, al humo sensorial e inconsciente de tu interior. De este modo, mi siguiente interrogante sería: ¿eres capaz de ponerte en lugar de una mujer que estuviera dispuesta a aceptarme? ¿Podrías decirme cómo es? ¿Cuántas hay? “Tiene que haber alguna”, sería tu respuesta, es la contestación común, el mar está lleno de peces, alguien tiene que haber por simple probabilidad. Pero en teoría de sistemas esa respuesta no es plausible. Cualquier número entre uno e infinito es absurdo, porque si puede haber dos pueden existir tres y así sucesivamente. Como la vida en el planeta Tierra. O bien es un caso excepcional en el universo, o bien las galaxias están llenas de incontables ejemplos. Entonces, no es tu parte racional la que me rechaza, sino la animal, y como no eres la única con quien me ha ocurrido, existen innumerables ejemplos de mujeres que rehusaran mi presencia sin ninguna razón clara. ¿Y podrías por consiguiente meterte en la piel del caso excepcional, de la única en el mundo? ¿Dónde se encuentra? ¿Cómo es? ¿De qué manera contactaré con ella? Porque aplicando la lógica, o sucede que una mujer me acepta por motivos racionales, y de ese modo lo hará a medias, o bien me puedo morir en el intento de hallar a la única que de manera inconsciente llegará a admitirme.

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Una duda existencial

A ver si la resuelvo porque me va a estallar la cabeza. Si resulta que me gusta la música trance, dance, tecno, etc., pero no soporto el reggaeton ni otros ritmos latinos, ¿se debe a mi naturaleza, a la particular composición de mi oído? ¿O a la época en la que nací? Porque vaya si son pesados mis alumnos con el dichoso soniquete, estilo por cierto que no existía en mis tiempos. Aunque después está mi vecina de más o menos mi edad que también es profesora y que como una adolescente no alberga compasión a la hora de llenar su apartamento, y por contacto del mismo modo el mio, de la melodía infernal. ¿Es que no se cansa? Horas y horas con el mismo ritmo machacón. ¿Es que no le podría gustar, qué sé yo, otros tipos de sintonías con variaciones, con cambios de ritmo que permitan descansar, respirar? Porque el reggaeton es un continuo sin parar. Y dale, y dale, y otra vez a lo mismo, el puñetero ritmo interminable como si se iniciara un ciclo. Sencillamente no hay derecho. Es que si voy a la discoteca y ponen reggaeton la culpa es mía por insistir en estar allí, por masoquista. Pero en mi espacio privado donde pienso, existo, elaboro, compongo… es que no hay escapatoria, no puedo ir a ninguna parte y siento cómo el cerebro se me reblandece sin ser capaz de evitarlo. Y no puedo dejar de pensar: ¿es a causa de mi naturaleza, o como consecuencia de la época en la que crecí?

El deseo me hace ver fantasmas

Fuera de lo paranormal el deseo o el ansia porque ocurran cosas me hace ver situaciones extrañas. En la soledad de ni cuarto a oscuras a las dos de la mañana, de repente la voz de una mujer que no alcanzo a entender lo que dice. Podría pensar que viene de la calle, y es lo más probable pero vivo en una cuarta planta. Por la puerta del bar pasan sombras, las veces que de ellas me imagino entrar a quien aguardo. Una sombra que me acecha en el paseo marítimo mientras ojeo el móvil, como si alguien mirara en la pantalla a mi espalda. Me asusto pero percibo de que no es más que el anhelo de que a alguien le interese lo que hago. En definitiva, ya no es el miedo sino el deseo porque ocurra algo fuera de lo corriente lo que me hace ver fantasmas.

Una vida de gatos

Vivo en el imperio de los gatos. En la ciudad costera tras el verano las ramblas aparecen repletas de felinos abandonados por sus dueños, o simplemente extraviados sin mala intención aunque sí con un poco de desatención. Son las víctimas de la promiscuidad de la temporada alta, del empeño de sus cuidadores en residir en edificios con balcones corridos, de ir y venir sin apenas recalar en casa, de la reducción considerable del esmero con que deben ser cuidados, etc. Escapan, se deslizan por los maceteros y parterres, bajan aferrándose con sus uñillas al blando y fibroso tronco de las palmeras, y después no saben regresar. Se suele decir como una refrán una vida de perros, pero la de los gatos es mucho peor. Supuestamente saben cuidarse con más independencia si se alejan de sus amos, pero la soledad y las dificultades tras los avatares de una vida sencilla les pesan. Es fácil saber quien de ellos ha vivido previamente entre humanos porque se acercan y maúllan de manera lastimera. Aunque los más sencillamente huyen por las persecuciones de las que son y han sido objeto. Cuando cundía la peste bubónica se echaba la culpa a los gatos, cuando sobrevenía el hambre de repente de amigos pasaban a ser un recurso alimenticio, en un vecindario si se aposenta una gata con sus crías, si el 99,99% de las personas se muestran tolerantes con que estén allí, basta con que solo una se queje al ayuntamiento para vengan los de la perrera a por ellos. Y ya se sabe lo que ocurre en la perrera, si en una semana no son reclamados inyección letal al canto. Probablemente sea la especie conjunto con los lobos y la de los propios humanos que más persecuciones haya sufrido. Pero de momento me hallo en una ciudad costera, aparentemente libre de ratas y de cucarachas, los felinos son tolerados por ello, desde mi balcón escucho de vez en cuando un gato chico llamando a la madre, y en ocasiones veo por el paseo marítimo a una niña con un minino de pocas semanas que forcejea en su mano. Una vida de gatos, sus padres fueron abandonados por los humanos para que ahora ellos vuelvan a ser adoptados y rescatados. Esperemos al menos que el ciclo no se complete, que sus nuevos cuidadores tengan más cuidado, que no les dé por dejar la puerta abierta del apartamento de la playa para que corra corriente, o simplemente se deshagan de ellos de mayores porque han dejado de ser graciosos. Esperemos que tengan una vida plácida, larga y mínimamente feliz dentro de lo que cabe.

Demasiado repentino para un 1 de noviembre

La fiesta de Todos los Santos y la víspera previa siempre han supuesto una ocasión especial, única en el calendario. La visita ritual al cementerio para velar por los parientes difuntos y después la comilona en familia, la noche previa en la que ir a contemplar una versión de Don Juan Tenorio al teatro, o la reunión con los amigos para hablar en corro de fantasmas, de espectros, situaciones paranormales y enigmas por resolver. Creo no haberme americanizado, pienso que no hace falta hacerlo, que la fiesta vernácula tiene suficientes significados y connotaciones como para tener que imitar costumbres foráneas. Hasta donde yo recuerdo únicamente me disfracé una vez, en un rol en vivo de crímenes y misterio que organizamos entre varios, y tampoco es que pusiera mucho afán. Me basta con saber que los espíritus están por ahí rondando y sentir el temor sobrenatural, místico, de la ocasión. Pero este año, en una tierra extraña, sin muchas amistades, no teniendo con quien preparar algo especial… En mi periodo de adaptación no he contado con tiempo para hallar con quién celebrar en condiciones el día y la víspera de Todos los santos. Y ahora que estamos ya a cinco de noviembre es como si me faltara algo, como si el otoño no hubiera comenzado y diera paso al invierno. Sí, salí el sábado por la noche, estuve por ahí de tapas en locales ambientados a la americana para la ocasión, con telarañas, las camareras disfrazadas de brujas y ellos de frakenstein. Pero es que lo vuelvo a decir, la celebración anglosajona la siento descafeinada. Mucha calaverita, mucha calabacita pero no se percibe la presencia cercana de la muerte. Es más, contemplo Halloween precisamente como una fiesta diseñada para alejarse de ella que otra cosa, diversión, jolgorio, caramelitos, sin la parte ritual que nos acerca a nuestros seres queridos en el más allá. Los disfraces… para disfraces ya hay mucha gente en los carnavales que se atavía de zombie o de cosas mucho más siniestras (como de drugos de La naranja mecánica). El día de Todos los santos, al menos es mi opinión, es para otra cosa. En resumen, que este año el 1 de noviembre me ha llegado demasiado pronto.

Ponga a un tímido en su vida

Ponga a un tímido en su vida, a uno de esos de talentos ocultos, callado, taciturno, que no acose, que no resulte coartante, que espere a que le hablen y le den pie, y aún así se sonroje cuando se presente en público. Un tímido no insistirá, ten por seguro que aceptará un no por respuesta, difícilmente se convertirá en un pesado, en uno de esos que ponen la cabeza como un bombo para que te acuestes con él o que le firmes la póliza del seguro, incluso si resulta que le dices que no porque quieres parecer interesante, comprobarás que tendrás que ser tú quien dé el siguiente paso ya que él ya ha retrocedido marcha atrás. No te preocupes si no sabe combinar colores como un amigo gay, si no se halla a la última moda; si le pides que vaya contigo de compras lo hará, simplemente por el placer de tu compañía; no te aconsejará sobre ropa de Zara, de Primark o de Kiabi pero a cambio te hablará del bikini de la princesa Leia, de lo excitantes que resultan las vulcanianas con el uniforme de la Federación, de los estrafalarios vestidos que no se sabe si son de inspiración rococó, de la época victoriana o estilo Imperio de las magic girls japonesas. Existe la probabilidad de que si sales de tiendas con un tímido acabes ataviada como una superheroína de los cómics, pero en ese caso te quitas la preocupación de que haya otra chica en la fiesta con el mismo vestido. También que comiences a hablar de cosas raras y poco prácticas como de las diferencias entre hobbits y enanos, o de las distintas clases de escobas en el Quidditch, no obstante si lo haces descubrirás que algunos hombres realmente escucharán y pondrán atención en lo que dices. Con un tímido comprobarás que los valores anticuados todavía siguen vigentes. Como la lealtad, la fidelidad, la nobleza, la consideración, la empatía. Han leído tantas novelas históricas sobre caballeros andantes, sobre damiselas en las cruzadas, han absorbido tantas lecciones moralistas, aunque sean en clave de guerras espaciales, sobre el honor y la distinción entre el bien y el mal, que como don Quijote han terminado por tenerlas presentes en toda su vida. Y por si fuera poco con un tímido te reirás, no tanto porque sean especialmente achispados y lenguaraces, sino porque tan diferente es su manera de hacer las cosas, tan distinta de la habitual a la que se pueda tener costumbre, que aunque no quieras soltarás una carcajada cuando se te ponga a hablarte sobre su rutina cotidiana y te comente acerca de los sucedáneos de espadas láser que tiene en su cuarto, la colección de muñequitos de magia y hechicería perfectamente ordenados en sus vitrinas, que se levanta a las siete de la mañana aunque no tenga que hacerlo sencillamente porque su gata se pone a arañar en la puerta, el ritual con que cada amanecer le sirve el tazón de leche al animalito, el prístino cuidado que le pone al vestirlo con el chalequito de Batman, el aburrimiento que le acomete en la reunión de trabajo con los compañeros por la simple razón que nadie habla de dragones. Te cuenta todas estas cosas y al principio crees que se está riendo de ti y te está tomando el pelo. Pero resulta que no. Esa soberana ingenuidad de la que hace gala, esa sinceridad inquebrantable a prueba de bombas, la educación y el respeto que le proporcionó su dominante madre, y lo mono que se pone cuando se azora sin razón…