Una vida de gatos

Vivo en el imperio de los gatos. En la ciudad costera tras el verano las ramblas aparecen repletas de felinos abandonados por sus dueños, o simplemente extraviados sin mala intención aunque sí con un poco de desatención. Son las víctimas de la promiscuidad de la temporada alta, del empeño de sus cuidadores en residir en edificios con balcones corridos, de ir y venir sin apenas recalar en casa, de la reducción considerable del esmero con que deben ser cuidados, etc. Escapan, se deslizan por los maceteros y parterres, bajan aferrándose con sus uñillas al blando y fibroso tronco de las palmeras, y después no saben regresar. Se suele decir como una refrán una vida de perros, pero la de los gatos es mucho peor. Supuestamente saben cuidarse con más independencia si se alejan de sus amos, pero la soledad y las dificultades tras los avatares de una vida sencilla les pesan. Es fácil saber quien de ellos ha vivido previamente entre humanos porque se acercan y maúllan de manera lastimera. Aunque los más sencillamente huyen por las persecuciones de las que son y han sido objeto. Cuando cundía la peste bubónica se echaba la culpa a los gatos, cuando sobrevenía el hambre de repente de amigos pasaban a ser un recurso alimenticio, en un vecindario si se aposenta una gata con sus crías, si el 99,99% de las personas se muestran tolerantes con que estén allí, basta con que solo una se queje al ayuntamiento para vengan los de la perrera a por ellos. Y ya se sabe lo que ocurre en la perrera, si en una semana no son reclamados inyección letal al canto. Probablemente sea la especie conjunto con los lobos y la de los propios humanos que más persecuciones haya sufrido. Pero de momento me hallo en una ciudad costera, aparentemente libre de ratas y de cucarachas, los felinos son tolerados por ello, desde mi balcón escucho de vez en cuando un gato chico llamando a la madre, y en ocasiones veo por el paseo marítimo a una niña con un minino de pocas semanas que forcejea en su mano. Una vida de gatos, sus padres fueron abandonados por los humanos para que ahora ellos vuelvan a ser adoptados y rescatados. Esperemos al menos que el ciclo no se complete, que sus nuevos cuidadores tengan más cuidado, que no les dé por dejar la puerta abierta del apartamento de la playa para que corra corriente, o simplemente se deshagan de ellos de mayores porque han dejado de ser graciosos. Esperemos que tengan una vida plácida, larga y mínimamente feliz dentro de lo que cabe.

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