Archivos Mensuales: febrero 2016

Por qué no suelo (suelo) ver cine español

Que conste que no me niego a ver cine español, solo que no estoy obligado a ver lo que no me gusta. Ahora mismo ando con “El crack” en la tele. No tengo problemas con el cine español, únicamente con la tendencia ideológica de gran parte de los cineastas españoles. Con esto no quiero criticar a quien tiene una ideología diferente a la mía. Lo que quiero dar a entender es que muchas veces, cuando en este país se hace cine, se filma pensando en una parte de la población pero no en toda ella. Al cine le ocurre lo que en la política, parece que solo hagamos películas para los que son como nosotros. Cuando se hace cine neutral, como “8 apellidos vascos”, o en cierto modo como “La isla mínima”, el público responde. Esto es algo que los artistas parecen no comprender. Las películas de la guerra civil hartan, pero lo hacen porque siempre se ponen del mismo lado. Existe el sesgo ideológico, la pretensión de reivindicar algo que muchas veces ha pasado demasiado tiempo para reivindicar. La enorme dificultad de hablar de la guerra civil sin mencionar las dos Españas. A mí no me molesta Pedro Almodóvar, únicamente cuando es preciosista y pretencioso. “Todo sobre mi madre” la considero una obra maestra. No satura, se desplaza por una gran variedad de temas, presenta el equilibrio adecuado entre comedia y drama. Estoy de acuerdo con que haya películas para todo tipo de públicos. En Estados Unidos ocurre esto. Está Hollywood y está Sundance. El problema del cine español es que domina una vertiente que a un enorme porcentaje de la población no gusta. Por ejemplo, dado mi perfil me es difícil encontrar películas españolas que me gusten. Busco, más que dramas humanos, la innovación conceptual. Historias que me sorprendan. Alex de la Iglesia, El ministerio del tiempo, El espíritu de la colmena,… Magical Girl la vi, era sorprendente, imaginativa, hasta cierto punto neutral, pero estaba tan llena de fallos argumentales, de situaciones absurdas, de infantilismos… ¿Y esa es la gran esperanza del cine español? Con la academia de cine habría que hacer lo mismo que con todos los partidos políticos, habría que disolverla y refundarla desde lo más básico.

Tres rosas amarillas. Raymond Carver

raymond-carver-tres-rosas-amarillas-121311-MLA20510378055_122015-ODecía Henry Miller que el relato autobiográfico era la novela del futuro. Si era así vaya vida se gastaba, como la de Charles Bukowski o la de Hunter L. Thompson. Raymond Carver no escribía sobre su propia existencia, ninguno de sus personajes, al menos no los de este libro, era alcohólico, todos se habían casado por segunda vez, guardaban relaciones extrañas de amistad-odio con sus ex-esposas o con sus madres. Pero el tono de Carver, aun así, resulta más cotidiano y conciliador que todos los autores que he mencionado. Carver es un narrador de tragedias cotidianas, de pequeños actos que para el conjunto de la humanidad pueden parecer insulsos, pero para una persona son importantes en ese momento y lugar, y quedan grabados para el resto de sus vidas. “Tres rosas amarillas” es una recopilación de cuentos, una retahíla de discursos resignados. Los protagonistas no se enzarzan, no luchan para modificar el planteamiento de partida, se dejan llevar por el transcurrir de los acontecimientos, son en definitiva unos cobardes. Pero la cobardía a fin de cuentas es algo tan humano. No me gustaría haberme metido en el pellejo de Raymond Carver. Tal como escribe debió ser alguien aplastado por la existencia. Más o menos, fue así. Leyendo su biografía uno descubre que justo cuando comenzó a tener éxito, justo cuando su vida se empezaba a solucionar, le sobrevino un cáncer terminal de pulmón. Asemejase sacado de uno de sus relatos.

El corto invierno

Con el cambio climático los inviernos son cada vez más cortos, especialmente en el sur de España. Aún así el invierno llega. Tres o cuatro semanas a las que no hay más remedio que sobrevivir. Se nota cuando comienza porque la ropa de cama no es suficiente, la piernas amanecen entumecidas y adoloridas, dependes en exceso de los calefactores, de la energía eléctrica, se te cae el mundo cuando resulta que la bombona se queda sin gas o se apaga el termo en mitad de la ducha. El problema lo achacas a lo de siempre. En el sur de España los edificios no están acondicionados, la cuestión no es tanto el frío como la humedad que se mete por puertas, ventanas y rendijas. Te congelas, estás encogido de frío, tienes que salir de casa y ponerte a andar una hora a la intemperie para entrar en calor… Quieras que no el invierno siempre llega, y lo hace por sorpresa. Aunque hayas tenido tres meses para acostumbrarte. Los días que eran cada vez más oscuros, la transición en la moda de las tiendas y en tu propia indumentaria. Pero no se notaba porque al final del camino estaba la navidad, te fastidie o no lo haga. Las luces, el consumismo, la alegría de unos y la queja amarga de otros. No importaba tanto porque las calles, la gente, tu mente, bullía de actividad, para incentivar la imaginación ya fuera para hacer regalos o para inventar argumentos para convencer a los que están a tu alrededor de que la navidad es una basura. Pero pasan las fiestas, se apagan las luces, y del entusiasmo o del coraje se pasa a una resaca en la que lentamente, demasiado, los días se engradecen en una espera angustiante, en una ansiedad porque por fin sea primavera. En el fondo el corto invierno es como entrar en un  puticlub. La iluminación mortecina de la ciudad por los faroles, tenuemente alegrada por los focos rojizos, verdosos o violáceos de los escaparates, las caras tristes o aburridas de los transeúntes paseando embutiéndose en sus abrigos tal como las de las fulanas sobre la barra, la melancolía reinante, la deprimente sensación de derrota, si estás ahí es porque nadie te quiere, si te has metido en el bar de alterne es porque no tienes otras opciones, como escapar al Caribe, o tener una máquina de rayos UVA con la que imaginarte que estás en la playa. En el fondo el corto invierno, es la época más sórdida del año.