Archivos Mensuales: marzo 2016

Los elementos (2º intento)

La pareja se adentra por el camino entre las marismas, con el fuerte viento agitando los cañaverales y surcando de olas la poco profunda laguna. La soledad es absoluta, en esas condiciones ellos son los únicos locos que se atreven a penetrar en el paraje. Como premio la naturaleza no se muestra esquiva. Ante la falta de hordas de turistas los flamencos y los patos no huyen en la distancia, los cangrejos y los peces pululan por el fondo del agua. Al principio ella se muestra escéptica. Las nubes que recorren el cielo raudas, el vendaval que arrastra el vehículo, y una pregunta insistente: ¿Por qué hoy en vez de un día con sol esplendoroso y aire calmo? La respuesta que recibe por el momento es exigua y parca en palabras: Porque es más romántico. Romántico en el sentido original del término, en el contexto de lo inhabitual y poco frecuente. Quizás en el norte de Europa el temporal sea la norma. Pero no se hallan en el septentrión, sino en el lado opuesto con la dictadura del sol radiante y los días anodinos de calor que hacen borbotear la sangre como un maligno reflujo. A él le gustaría estar en Escocia, en torno al lago Ness o los castillos de la verde costa occidental. Sin embargo, en casi ningún punto tan lejano, en el sur de España y en esas condiciones piensa que hay que aprovechar el vendaval. A veces se hace tan fuerte que casi los empuja. No obstante, el cielo, aunque despejado, toma un color ceniciento. Sobre las dunas se perfilan emocionantes dibujos y composiciones, y el oleaje contra los restos del antiguo faro acoge rasgos de dios poderoso y rugiente. Ella poco a poco se va dejando llevar, se concede permiso a sí misma de responder al éxtasis. Llega un momento en que baila de puro contento y avanza dando saltitos. Aunque la duda no deja de aflorar, tanto por parte de él como de ella. La magia del instante, la impresión indeleble que la experiencia les va marcando, ¿es solo producto de la singulares condiciones o también de la compañía? Si quisieran emular la emoción que les invade, la fascinación motivada por el experimento, ¿requerirán únicamente la intervención del otro, u acompañada de la furia de los elementos?

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¿Insomnio?

Creo que soy el único en España que se ha adaptado ya al cambio de hora. Con la soñaera por la noche me voy arrastrando por los rincones en cuanto oscurece. A las 11 ya estoy en la cama aunque antes fueran las 10. Por la mañana a las cuatro o las cinco listo estoy en planta. No me hace falta ni poner el despertador. Duermo cuatro o cinco horas, a veces menos. No sé si es la primavera porque el otoño e invierno me los pasé como un lirón, si son las horas de luz que se hacen cada día más largas, si tendría que echar la persiana hasta abajo. Sin embargo, me despierto y desvelo con la madrugada. El sol aún no ha dado su vuelta al mundo. No sé si es el comienzo del insomnio propio de los viejos. Tampoco en el caso de que sea así cómo aprovecharlo. ¿Leyendo? ¿Escribiendo?

Motivos para estresarse

Se acaban las vacaciones. Podríamos decir, estoy tranquilo, relajado, preparado para el nuevo trimestre. Pero la última noche y un batiburrillo de nervios me aflora y reconcome en el estómago. Toda la semana ha sido así, sin embargo se concentran en esta madrugada mientras trato de indagar las razones. Pudiera argumentar, mi padre se ha venido a vivir unos días conmigo, una persona que va a su aire, que actúa sin preguntar y lo trastoca todo. Por otro lado el hecho que me ha confiado sobre mi madre, la soledad que la envuelve, el síndrome del nido vacío, conmigo en Almería, mi hermana en Madrid y mi hermano que se va a trabajar todas las mañanas. Aparte la calle donde vivo, por alguna razón que desconozco, se ha vuelto muy transitada, con coches que pasan cada diez o veinte segundos. Eso me hace pensar en los gatos que morirán atropellados esta noche. También hay por ahí cuestiones personales, con amistades que no se aclaran con respecto a ciertos temas, imbuidas por las dudas y con la impostura del silencio alegando que prefieren no pensar. Y por si fuera poco, hay que presentar los papeles de la oposición, carburando cómo voy a hacerlo con los horarios restrictivos y reducidos, así como por la falta de medios.
En resumen, o son todas las causas o ninguna. Pero de materializarse el segundo caso, ¿a qué viene esta desazón?

Los elementos

El pacto que mantienen no tiene vuelta de hoja. Una relación puramente hedonista, sin implicar sentimientos, sin ir más allá del puro sexo, del puro compartir un momento iluminado. Tan solo existe el siguiente compromiso: que sin importar sin están solos, amargados, exultantes, o en el comienzo de una incipiente relación, correrán el uno al otro cuando los elementos se precipiten sobre la tierra, cuando se avecine la tormenta, el vendaval, la tempestad, la lluvia torrencial. La suya se trata de una relación basada en lo poco común. Salir de la ciudad, muy pocos están dispuestos a experimentar una experiencia similar. Lo demuestra la falta de compañía, no hay excéntricos como ellos que se adentren en la mina abandonada, en las ruinas del antiguo cuartel, que paseen por el sendero entre marismas con el viento que los arrastra. Su relación se basa en lo poco común, en el nuevo romanticismo, en el auténtico nuevo romanticismo, el sol brilla casi todos los días, la calma golpea con su puño de complacencia, y de algún modo hay que escapar. Contemplar el acantilado con el mar rugiente golpeando en su base, visitar los restos del faro junto a la costa con el viento huracanado, contar rayos eléctricos en lontananza dentro de la cabaña en el interior del bosque, compartir un momento de intimidad en la casona derruida junto a la carretera magnetizados por la humedad resguardándose del denso aguacero en el exterior a la par que sus cuerpos se aproximan. Su relación no está exenta de cierta locura, pero no por ello arriesgan su propia integridad. No se sitúan sobre el rompeolas con la galerna, no se emplazan bajo un árbol con la tempestad. Ella es más ducha en la fotografía, él en cambio es más volátil y caprichoso. Grabar los sonidos del cañaveral, introducir la mano en el oleaje de la laguna, meterse a explorar por entre las dunas. En el fondo son unos misántropos solitarios. Con su interés por adentrarse en el temporal se aseguran de contemplar los paisajes naturales ausentes de turistas, en la más íntima y personal austeridad. Únicamente la otra persona, su pareja en ese instante, no hay otro ser con el quieran compartir ese instante, no existe otro nombre, otro cuerpo, otro ropaje, con el que sentir el misticismo y la magia de los elementos.

Cuentos de Tokio

Leí en algún lado que varias clasificaciones situaban “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasujiro Ozu como una de las mejores películas de la historia, si no la mejor. Intrigado me puse a verla y confirmé lo que ya sabía: que los críticos ensalzan títulos que el común de los mortales quitarían a los diez minutos. No quiero decir que no sea bella, que no se trate de interés para antropólogos porque este tipo de cintas, al basarse en la realidad cotidiana, en concreto en la desconexión entre generaciones inmersas en el conflicto entre tradición y progreso, con el tiempo se convierten en testigos de una época. Las vestimentas, las costumbres, cómo eran las calles, cómo vivía la población, etc. Pero aburrida es para hartarse. Y simple. Aunque no puedo decir que no fuese revolucionaria. La palabra que un crítico, y un director gafapasta, emplearían para describir esta cinta es “sensibilidad”, y con ello se quedarían tan contentos. En cierto modo, observando “Cuentos de Tokio” uno descubre detalles en una obra de 1953 que los directores independientes de los ochenta y noventa como Jim Jarmusch imitaron hasta la saciedad. Planos fijos inamovibles con pretensiones poéticas, buscando dar una sensación de profundidad, de superación de las dos dimensiones, conversaciones anodinas pero que en conjunto adquieren forma, no hay grandes planes, no existen discursos, la verdadera trama y la tragedia (en este caso el desdén que los hijos urbanitas conceden a sus padres de pueblo) hay que identificarla en la acción de conjunto. En otras palabras, una película de 1953 se adelantó en casi treinta años al lenguaje habitual que usa el cine independiente.

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La diva moderna

La diva moderna es independiente, emprendedora, poderosa, capaz, dispuesta a romper los tabues y los clichés… Sin embargo ha desaprendido a saber comportarse ante el agradecimiento. La diva moderna por lo común dista de ser egoísta, es magnánima, solidaria, y se prodiga frecuentemente en agradar a los demás. Pero se ha vuelto tan independiente que no acepta que traten de corresponder sus gestos y que la inviten. Como una antigua conocida en Barcelona. En una comida un ingeniero mayor en sus sesenta trató de invitarnos y de pagar la cuenta. Pero la diva moderna movió cielo y tierra para que todos participáramos en el gasto. Por supuesto el ingeniero se mosqueo. Él había sido quien había organizado el evento. Lo había hecho para darnos las gracias por algunos favores. Pero la diva moderna le negó su derecho a congraciarse. Anda, no seas tonto, decía. Casi llegaba al punto de reírse de él. A mi me daba vergüenza ajena, pero no por él sino por ella. A mí el ingeniero me recordaba a mi abuelo que le gustaba convidar y era un firme defensor del: “es de bien nacidos ser agradecidos”. Me siento mal porque tendría que haber actuado de otro modo aquel día, tendría que haberle parado los pies a la diva moderna y haberle dicho: Relájate y deja que te trate como a una reina. Ya le invitarás otro día pero este es su momento.

En el fondo, puede que me equivoque pero a veces pienso que lo que le sucede a la diva moderna es un exceso de maternalismo cuando no tiene por qué. Lo digo porque a veces su comportamiento me recuerda a mi propia madre. Por ejemplo cuando yo o mi hermano nos ponemos a cocinar por su cumpleaños. Le decimos: Cálmate, siéntate y disfruta. Pero no puede, es incapaz. Se poner a husmear por la cocina, nos cambia los cacharros, si nos ve con el cuchillo, batiendo huevos o lavando los platos nos quita de en medio y se pone ella, nos altera los ingredientes y las proporciones. La diva moderna se comporta de un modo similar. En el afán por su independencia, en la lenta pero progresiva desactivación del patriarcado, inconscientemente se reivindica siendo matriarcal y maternal. Cuando es madre es madre, como amiga de sus amigos acaba siendo como su madre, y en sus relaciones sentimentales de su pareja es amante y a la vez madre. Muchas chicas dicen no gustarle que sus novios las tomen como sustitutas de sus progenitoras. Pero en su agrado por agradar, en su ímpetu por huir del arquetipo de princesas consentidas, acaban con la contradicción de ser tan madres de sus novios como sus propias madres. Y la cuestión es que no se trata de ser una princesita, sino de saber aceptar el agradecimiento. No es tanto machismo como reciprocidad.

Virulencia compartida

Tras clamar a Dios en vano, las contadas ocasiones de las que me acuerdo de él, sobre la enfermedad que me consume, tras un mes de recuperación y recaídas ocasionales, llevando a rastras el dolor de garganta, uno concluye: Dios es un virus. Supongo que no soy el primero al que se le ocurre la idea. Pero que ahora que surge y razono sobre ella, muchas condiciones se cumplen. Es casi invisible, se halla en todas partes, se sitúa sobre la vida y la muerte, existe a pesar de la evolución, e influye activamente en la evolución, las últimas teorías sobre ADN que los virus transportan y que inoculan en sus víctimas. Pensándolo bien los demonios y los espíritus benignos son cepas molestas e incordiantes, los ángeles exterminadores actúan sobre el mundo en forma de epidemias de gripe, los iluminados son alumbrados a causa del delirio de la enfermedad, los castigos divinos se formulan a través de seres incurables y casi invencibles que se transmiten por medio de la promiscuidad. Dios es un virus y comprende mi debilidad, mi ansiedad, que no me pongo nervioso porque la faringitis y otitis no remita, que en el fondo me da igual, sino porque quiero ver a mi reina dionisíaca y dudo si podré estar en condiciones de estar con ella. Pienso en sacrificarme, en cancelar la cita. ¿Cómo voy a exponerla al contagio? Tomo medicamentos, me encierro en casa, trato de evadirme del frío, los calefactores a toda potencia, abrigado con decenas de mantas encima. Llega el momento y la fiebre parece haber remitido. Me apresto a ir y descubro que ella está casi tan enferma como yo, asi como no le importa mi estado, lo comprende, es fruto de la fatalidad. Pero mi reina dionisíaca, esto que tenemos no es solo fruto de la pasión física, de la cohabitación emocional. Mi reina dionisíaca, no creas pero esto es lo más romántico que se me ocurre, no solo somos dos partículas elementales que eventualmente se unen, que discuten, que disputan, sino que en nuestro contacto y en nuestro contagio, estamos compartiendo a Dios. Mi reina dionisíaca, me encanta la cara que pones cuando practicamos religión.