Virulencia compartida

Tras clamar a Dios en vano, las contadas ocasiones de las que me acuerdo de él, sobre la enfermedad que me consume, tras un mes de recuperación y recaídas ocasionales, llevando a rastras el dolor de garganta, uno concluye: Dios es un virus. Supongo que no soy el primero al que se le ocurre la idea. Pero que ahora que surge y razono sobre ella, muchas condiciones se cumplen. Es casi invisible, se halla en todas partes, se sitúa sobre la vida y la muerte, existe a pesar de la evolución, e influye activamente en la evolución, las últimas teorías sobre ADN que los virus transportan y que inoculan en sus víctimas. Pensándolo bien los demonios y los espíritus benignos son cepas molestas e incordiantes, los ángeles exterminadores actúan sobre el mundo en forma de epidemias de gripe, los iluminados son alumbrados a causa del delirio de la enfermedad, los castigos divinos se formulan a través de seres incurables y casi invencibles que se transmiten por medio de la promiscuidad. Dios es un virus y comprende mi debilidad, mi ansiedad, que no me pongo nervioso porque la faringitis y otitis no remita, que en el fondo me da igual, sino porque quiero ver a mi reina dionisíaca y dudo si podré estar en condiciones de estar con ella. Pienso en sacrificarme, en cancelar la cita. ¿Cómo voy a exponerla al contagio? Tomo medicamentos, me encierro en casa, trato de evadirme del frío, los calefactores a toda potencia, abrigado con decenas de mantas encima. Llega el momento y la fiebre parece haber remitido. Me apresto a ir y descubro que ella está casi tan enferma como yo, asi como no le importa mi estado, lo comprende, es fruto de la fatalidad. Pero mi reina dionisíaca, esto que tenemos no es solo fruto de la pasión física, de la cohabitación emocional. Mi reina dionisíaca, no creas pero esto es lo más romántico que se me ocurre, no solo somos dos partículas elementales que eventualmente se unen, que discuten, que disputan, sino que en nuestro contacto y en nuestro contagio, estamos compartiendo a Dios. Mi reina dionisíaca, me encanta la cara que pones cuando practicamos religión.

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