Cuentos de Tokio

Leí en algún lado que varias clasificaciones situaban “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasujiro Ozu como una de las mejores películas de la historia, si no la mejor. Intrigado me puse a verla y confirmé lo que ya sabía: que los críticos ensalzan títulos que el común de los mortales quitarían a los diez minutos. No quiero decir que no sea bella, que no se trate de interés para antropólogos porque este tipo de cintas, al basarse en la realidad cotidiana, en concreto en la desconexión entre generaciones inmersas en el conflicto entre tradición y progreso, con el tiempo se convierten en testigos de una época. Las vestimentas, las costumbres, cómo eran las calles, cómo vivía la población, etc. Pero aburrida es para hartarse. Y simple. Aunque no puedo decir que no fuese revolucionaria. La palabra que un crítico, y un director gafapasta, emplearían para describir esta cinta es “sensibilidad”, y con ello se quedarían tan contentos. En cierto modo, observando “Cuentos de Tokio” uno descubre detalles en una obra de 1953 que los directores independientes de los ochenta y noventa como Jim Jarmusch imitaron hasta la saciedad. Planos fijos inamovibles con pretensiones poéticas, buscando dar una sensación de profundidad, de superación de las dos dimensiones, conversaciones anodinas pero que en conjunto adquieren forma, no hay grandes planes, no existen discursos, la verdadera trama y la tragedia (en este caso el desdén que los hijos urbanitas conceden a sus padres de pueblo) hay que identificarla en la acción de conjunto. En otras palabras, una película de 1953 se adelantó en casi treinta años al lenguaje habitual que usa el cine independiente.

Ahora bien, yo no la catalogaría como una de las mejores películas de la historia. Una rareza, un punto de vista diferente, una precursora para cierto de tipo de cine. Pero existen muchísimos tipos de cines, con guiones mejor labrados, con un dominio de la cámara monumental sin punto de comparación con la simpleza de Jasujiro Ozu que por mucho que resulte poética a veces, siendo malvado, lo que uno llega a pensar es que se tiende hacia la sensibilidad por la incapacidad técnica de hacer algo mas elaborado. Es el reduccionismo típico del intelectual, aparenta que rechace lo que a la gente le gusta para darse aires.

Por otra parte, habiendo visto otras películas japonesas, y he visto unas cuantas, lo que uno se pregunta es si la obra de Jasujiro Ozu, el que sea así y no de otro modo, no es tanto producto de una manera personal de tratar el arte por parte del autor como una cuestión cultural. Es decir, que un director japonés, por ser japonés, por haber crecido en esa cultura y no en otra, presenta una tendencia a que cuando hace una película destinada a un público más culto lo que le sale es eso: Cuentos de Tokio. Como si se tratase del templete de San Pietro in Montorio del estilo, el ejemplo ideal de película japonesa. Falta de dinamismo en los planos, la cámara no se mueve, pero el fondo es elegido estratégicamente para mostrar acciones a diferente profundidad, inexpresividad característica de los personajes, sus rostros son una tumba, de tal manera que cuando hablan parece que estallaran de repente, el interés por reflejar acciones aparentemente insulsas de la vida cotidiana como comer o ver cómo se corta un tomate, lentitud en la narración, dos horas para contar lo que otros harían en media. Casi todo lo que llega desde Japón, o al menos mucho de lo que recibimos desde el país del sol naciente, es así. A excepción de algunas estrellas rutilantes pero anecdóticas como Kitano o como Hayao Miyazaki en sus buenos tiempos.

Porque hablando de Miyazaki, su última película, “El viento se levanta”, se aproximaba a esto. Se alejaba de la belleza salvaje de “La princesa Mononoke”, de la capacidad e inventiva de “El viaje de Chihiro”, de la ironía existencial de “Porco Rosso”, para desembocar en una supuesta poética que yo tildaría más bien de insulsez. Y qué decir de sus sucesores. Ayer fui a ver “El recuerdo de Marnie”, una de las últimas obras de Estudio Ghibli con Miyazaki ya retirado, y por catalogarla, por mucho que la alaben los críticos, un Cuento de Tokio con fantasmas de por medio y confeccionada con dibujos animados. Pesada, soporífera, con una incapacidad para sorprender congénita, cuyo único argumento a su favor es la poética y una sensibilidad que a mí, francamente, me son accesorias.

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