Archivos Mensuales: abril 2016

Organico_Manuel Sierra

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El cisne negro. Nassim Nicholas Taleb

Libro de ensayo que se puede enmarcar en eso de las tesis sobre la complejidad, de la teoría de sistemas, que a pesar de lo popular que se ha vuelto, y que el nuevo pensamiento trata de basarse en esto, muy pocos en realidad comprenden y dominan. Taleb es uno de estos últimos. Un cisne negro es un suceso que cumple tres condiciones. Es una rareza, no es normal que ocurra, su irrupción es catastrófica (en el buen y en el mal sentido), de tal manera que se vislumbra capaz de alterar los paradigmas, las creencias y los protocolos, y solo puede ser comprendido a posteriori de manera retroactiva. Esto es, en su época nadie fue capaz de antecederlo. Como ocurrió con la telefonía móvil, el Internet, el 11S o el 11M. El cisne negro podría comprenderse como el triunfo de lo espontáneo sobre la convención, de lo revolucionario sobre lo ya escrito, sobre la tradición que se perpetua. Por ejemplo, en las primeras páginas del libro se indica con una frase reveladora: Podemos luchar contra lo que conocemos, pero nuestros rivales y competidores nos golpearan con lo que no conocemos. De ahí que los cisnes negros sean fundamentales en la historia, que no sea viable comprender lo histórico a ritmo de materialismo histórico o de estructuras mentales consolidadas. Podría comprenderse el cisne negro entonces como el triunfo de lo individual sobre lo colectivo, de lo novedoso sobre lo antiguo. No es cierto. El cisne negro ya estaba, ya existía, era una posibilidad latente, una opción, que aguardó hasta el momento preciso, el instante y las condiciones adecuadas, para explayarse y entrar en escena.

Dejarse abandonar

Me he quedado sin paciencia para ver “Cómo conocí a vuestra madre”. Sencillamente, no puedo soportar tanto almibaramiento, tanta ñoñería. Me chirría que lo más importante de la vida haya de ser el amor, y que por el romanticismo todo sea posible y agradable. Cuerpos jóvenes, felices, en la cima del mundo y de sus carreras. Siempre preferí “Matrimonio con hijos” a “Friends”, eso es cierto. Pero si se podía identificar una cierta afinidad, se me hacía llevadero, lo toleraba, ahora es que cambio de canal en cero coma. Lo que necesito es reírme de mi estrés, de mi precariedad en tantos sentidos. Sencillamente, no me puedo reconocer en esos personajes para los que de primeras todo acaba bien. ¿Puede que lo que digo se deba a que esté pasando por un altibajo? Puede, con la dificultad añadida de que hay que continuar, que proseguir. La oposición, el instituto, el piso… No hay tiempo para sumirse en la molicie. Quizás es lo que más me choque de estas series. Cuando se hunden, se deprimen, se permiten dejarse abandonar, y siempre tienen a alguien que los levante.

La vida de los gatos (II)

Vivo en el imperio de los gatos, ya lo dije a comienzos del curso. Sin embargo esto dista de ser una alegría para convertirse en una tragedia cotidiana. Es un dolor salir cada tarde para bajar la cuesta hacia el maravilloso mar que se encuentra ahí tan cerca pero con la expectativa de posiblemente contemplar a algún gato atropellado. Y es que no me puedo encariñar de ninguno. No tengo tiempo ni espacio para adoptar uno y atenderlo en casa. De vez en cuando voy para dejarles algo de comer. Una minucia. No me puedo encariñar de ningún mínimo. Hace meses estaba “Campeón”, al que se notaba que lo habían abandonado, con un pelaje brillante digno de un animal de competición. Sin embargo, deprimido, todos los días lo encontraba en el mismo sitio, como si no se moviera, alimentándose de las sobras que le dejaban, hasta que desapareció. Después estaba “Carey”, una tricolor carey, huidiza, esquiva, temerosa, al que mis hermanos cuando vinieron la reconocieron como demasiado parecida a nuestra gata “Ciruela”. Veinte días duró el idilio, cuando bajé y la vi en medio de un charco de sangre en la calzada. O los pequeños, una pareja de gatos chicos completamente negros, y las ganas que daban de llevárselos a casa. Pero una tarde de finales de invierno resultó que uno de ellos apareció aplastado y el otro sin señales de vida. O el último ayer. No le puse nombre. Es que ya no quería destacarle de los demás, es que sencillamente se trataba de un acto supersticioso, como si un demonio maligno fuera detrás de los mininos que me caen bien. Negro, con el pelaje largo, supongo que mezcla de persa, de cuerpo alargado, fibroso, y que ayer agonizaba sobre la hierba con la cabeza destrozada de un topetazo. La vida de los gatos, dan ganas de adoptarlos a todos, de encerrarlos en una casa para protegerlos de los energúmenos que van a setenta por hora en una vía residencial. Sin embargo, ¿no son más felices libres? O los amantes de los animales que aconsejan que lo mejor es caparlos y esterilizarlos. Como si no fueran animales salvajes, seres de la naturaleza que buscan reproducirse. Pienso en mis gatas esterilizadas y me da no sé qué, una ansiedad, por sus genes que dejaran de perpetuarse, su animalidad que desaparecerá de la faz de la Tierra.