Julieta, de Almodóvar

Almodóvar en las últimas décadas ha adquirido una sensibilidad especial para retratar el inconsciente individual del país. No tanto el colectivo porque se trata de cuestiones personales, no obstante compartidas por un gran número de personas. La importancia de la familia, la relación de amor-odio de la simiente con los progenitores, el no aguantarlos y a la vez no poder vivir sin ellos,  el ascendiente que estos tienen sobre los hijos, la soberana entrega de los madres y padres. Puede que se le tache de almibarado, de excesivamente recargado con referencias continuas a lo artístico, pero el hacer de Almodóvar con sus personajes grandilocuentes, con profundidad moral y metafísica, cala mejor en el espectador que la sosería que en su momento demostró Jaime Rosales con “La Soledad”. El dolor a la pérdida, ¿quién no teme al momento en que muera su padre o su madre,  o siendo uno mismo un progenitor el instante en que se irá el hijo o la hija? Esto es lo que no se enteran los que tratan de imitar a Almodóvar pero sin conseguirlo. Lo que más duele no es el acto en sí, la tragedia, el vástago que muere, el padre que fallece en el mar. Sino la incertidumbre. La tragedia sucede y no tenemos más remedio que hacernos a ello. Lo malo, lo que realmente nos consume, y de lo que verdaderamente padece este país, es de incertidumbre. La madre lo pasa peor esperando al niño o a la niña a que vuelva de la discoteca, que cuando de repente le dicen que ha sucedido algo malo. Y es que se ama tanto que el peor sufrimiento es la ausencia.

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